El reino errante de Hernando Díaz Escobar

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Son las diez de la mañana, es sábado y una romería de personas está de compras en el mercado viejo de Riohacha, ubicado en la calle 13 con carrera 8. Esta ciudad está amurallada por las voces de los vendedores ambulantes. 
Hernando Díaz Escobar sale a mi encuentro y me hace sentar en una modesta silla, mientras él mira a posibles compradores en su negocio de telas: ‘Barranquilla viste bien’.  Estoy precisamente en su local, y se me ha olvidado tomar agua en casa. Pretende atenderme en la entrevista sin dejar de vender. Mira a los transeúntes y los atrae con el susurro de su voz y les ofrece cortes y retazos de telas: “A buen precio”, afirma como si me dijera un secreto. Mira la peregrinación de una muchedumbre que se agolpan como abejas africanas en un almacén de todo a mil. 
Se sienta en una mecedora, taciturno, pensativo. Comienzo a tirarle anzuelos para sacarle las palabras. Manifiesta que nació en el año 1940 en Barranquilla.  Luego le pido que haga un inventario de sus hijos, y no me deja terminar cuando me dice: Hernando, Carola, Rosy, Rina y Juan Camilo Díaz Nájera, y su hija de crianza, Fabiola Mieles Nájera.
Tiene a la mano varias fotos de sus hijos cuando eran pequeños, y me las muestra tratando de identificarlos en un pasado casi borroso. Hernando Díaz es un hombre de anécdotas. “Si tuviera 20 años”, dice, “viviría de pueblo en pueblo vendiendo telas de dril, de paño,  gabardina,  telas de pantalón, de cotón, de chifón, etaminas, lycra, yorye, bordadas, belino, popelina y estampados con flores”. Allí está su mundo, en los retazos de telas, retazos de vida.
Yo miro un cielo gris que se desploma. Evoca  su juventud, cuenta que a los 17 años se fue para Medellín, durmió en un camión, luego fue a dar a Puerto Berrío con dos amigos de aventura y montaron el tren hacia Bogotá. No tenían dinero para el viaje, entonces hizo el primer negocio de su vida,  negoció un par de mancornas por los tiquetes de dos compañeros y el de él. Llegaron a Bogotá a la 1:00 a.m. Afirma que hay gente buena, le dieron desayuno gratis en la estación de trenes. Entonces, dieron con la dirección de un amigo de Barranquilla, Augusto Charry Fontalvo. Le buscó trabajo en una fábrica de textiles. 
Desde allí su vida estaría marcada por las telas. Asevera con vehemencia que se llamaba ‘Textiles Monterrey’, propiedad de unos cubanos que habían salido de la Isla de Fidel Castro mucho antes de la revolución cubana. Duró 3 años trabajando en Bogotá. Luego regresó a Barranquilla. Vino a La Guajira en el año 1962 trabajando mercancía con su papá. Paradójicamente conoció a su papá a los 21 años. Alega que su padre era descendiente de palestinos que vendían telas. 
Provocado por mi presencia trata de recoger los pasos indelebles de su vida. Hernando enumera sus negocios en voz alta. Durante 3 años anduvo en los pueblos de Dibulla, Las Flores, Matitas, Choles, Trigueras, Tomarrazón. Sostiene  que la gente era muy amable,  él  iba de casa en casa ofreciendo sus productos. Luego iba a Maicao, traía mercancía y la vendían en los pueblos. También experimentó el comercio por Mompox, Planeta Rica y El Carmen de Bolívar. Él dormía en los colegios públicos y llevaba como todo un arriero, hamaca y cosas personales. 
En La Guajira se instaló en el municipio de Fonseca, en un sitio  conocido  como Los Higuitos, en el año 1965. Colgabala telas y hasta allí llegaban los compradores. Vivía como pensionado. Luego se iba a los corregimientos de Conejo, Los Haticos, Pondores y Cañaverales a vender las telas. 
Después de estar por el sur de La Guajira se vino para Riohacha. Compraba mercancía en Maicao y la vendía en el mercado viejo de Riohacha. Consiguió un puesto ahí y le puso por nombre  ‘Almacén Barranquilla’. Allí vendía pantalones, camisa y telas. Consiguió  buenos amigos como los Gómez, entre ellos Gerardo, dueños del depósito ‘La  Amistad’, oriundos de Rionegro, Santander. También los Colmenares, quienes tenían un local de vivires. 
Para 1972 realizaron una junta comunal del mercado, luego organizaron el grupo llamado: ‘La Colonia amiga’, conformado por las: Abigail Martínez, Rafael Puente, Humberto Ramos, Pedro Ariza, Jaime Colmenares y Hernando. 
En enero de 1973 conoció el amor y la pasión en Carola Nájera Polo. Dice que fue a primera vista y con el acontecer de los años, llevan 40 de vida matrimonial. Ha sido su compañera y su  todo. 
El sol también hace su agosto, son la 10:15 a.m. y una leve brisa refresca un tanto la conversación. Él se toma un vaso de agua casi helada y continúa. Yo, tengo sed.
“Otras de mis aventuras en esta tierra fue montar veladas de boxeo.  Era para un título nacional de pesos ligero. Junto a Caleb Sierra logramos dicha velada con su pupilo Jesús Vega, quien que perdió en el 6 round y desde allí se acabaron las veladas de boxeo”. Según Hernando, la gente quería entrar gratis.
Le tocó trabajar bien duro, exclama su esposa Carola de repente. Suena una frase sorpresiva por el hecho que su mujer no había intervenido durante toda la conversación. “Jamás había trabajado tanto”, alega Hernando como reforzando y reafirmando la intervención de su esposa. Ella toma las labores de seguir cortando telas para hacer banderas de Colombia.
Me cuenta sus hazañas  para vender. “Monté un negocio de telas ambulantes. Iba por trochas, caminos  y veredas. Hacia comercio puerta a puerta llevaba una carreta a pleno sol, con lluvia o con barro vendiendo mis productos”.  
Hernando  sonríe  y recuerda: “una vez se me cayó la mercancía al río Magdalena  yendo para  el municipio de Pinto, como pude, las salvé y logré secarlas con el sol. Muchas veces la gente me compraba un corte de tela y otras veces las cambiaba por gallinas, patilla, plátano, pescado, cerdo, suero y queso. Hasta Mompox iba adar donde cambiaba telas por muebles”. 
Se pone de pie y avanza entre las telas. De repente se detiene en seco. Agacha el rostro y me pide que escriba un agradecimiento: “Le agradezco a la gente  de Pijiño, de Pueblito, a los de Pinto y Santa  Ana por la acogida y el respaldo que me dieron”.
En el 2013  llegó a Riohacha, cuidad que nuevamente le abrió las puertas. Le da otro ataque de nostalgia y me dice  nuevamente, “escriba eso que le voy a decir”: “Le agradezco a Riohacha  y a sus habitantes por la acogida y el amor que me profesan. Como el hijo pródigo vuelvo  a casa”. 
Ya son las 10:30 a.m. y ha vendido varios retazos de tela. A mí la sed me abruma, pero resisto. La  multitud se toma las calles, están de compra en el mercado viejo de Riohacha. Hernando los sigue  atrayendo con el secreto de su voz palestina que dice tener, y les invita a mirar los cortes y retazos de telas.
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