Diario del Norte - Primer Periódico de la Región Caribe

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Soñar no cuesta nada, para algunos vale mucho

A mí me encanta soñar y para mí los sueños a veces son frustraciones, utopías o avisos premonitorios. Además de soñar también me encanta recordar, y es que recordar es vivir.  Sueño con mi pueblo, con mi Dibulla del alma, ese Dibulla promisorio lleno de oportunidades donde su gente se sienta bien y pueda realizarse aprovechando todos los dones naturales y la sabiduría del hombre aplicada en mejorar las condiciones de vida de todos los dibulleros.


Sueño con un Dibulla grande donde la bendición de Dios y la voluntad política permitan desarrollar proyectos como lo es el Malecón. Se me asoma una sonrisa al pensar que un mañana no muy lejano, me vea caminando por ese malecón junto a mi familia y a mis amigos. Pero también me lleno de emoción cuando cierro los ojos y miro sobre el puente que atraviesa el río pareciéndome encontrar con un nuevo Dibulla, con calles y carreras adornadas con zonas verdes, como antesala a hoteles, urbanizaciones, lindas edificaciones que la conviertan en el sitio ideal para volver a nacer (este anhelo no es solo mío, Pepe Palacio Coronado se siente más dibullero cuando del tema futurista hablamos).

Puedo decir también que me entretengo imaginándome ubicada en avenidas de doble calzada que van desde la entrada de la ciudad, bordeando el camino sobre la playa de Dibulla a La Punta (como dirían Sixta Rosa Mejía de Amaya y Graciela Campo: “¿Quién nos aguanta?”). Pero mis cavilaciones no se detienen allí, me emociono cuando en tertulias dibulleras dejamos al descubierto nuestro sueño (así se lo he escuchado en una de ellas a los doctores Miguel Murgas y Edmundo Cerchar Bueno: se imaginan helicópteros aterrizando en pistas frente al mar donde se encuentren los más modernos restaurantes, y que turistas de todas partes del mundo puedan llegar no solo de las Islas del Caribe, sino de todas partes a degustar nuestras gastronomía en desayunos y almuerzos, o parrandear con los deleites que se ofrecen de la mejor calidad mundial; y es que no dejo de soñar, soñar y soñar. Sueño en que un día no muy lejano estemos todos los dibulleros, cuando digo todos es todos, venidos desde los lugares más lejanos de donde se encuentren a rendirle homenajes, agradecimientos, bendiciones a Nuestra Señora del Pilar.

En mis sueños vislumbro a un pueblo unido donde todos cabemos; donde los más notables de sus cambios, avances y logros sea la transformación de su gente, gente amable, sincera, trabajadora, con un gran sentido de pertenencia, soñadoras, pero sobre todo gente buena; todos estos sueños tendré que verlos hechos realidad.

Anotaba que recordar es vivir, me lleno de nostalgia cuando el recorderis me sitúa en mi mente vivencias de mi infancia, infancias sanas cuando disfrutaba de ese río que era el más grande placer que sentía, porque allí era como el gimnasio del pueblo, jugábamos, charlábamos y hacíamos encuentros amistosos. Mis recuerdos me llevan más tarde después de la muerte de mi padre a ese tiempo donde me fui a estudiar interna con solo 8 años de edad y, aunque me sentía feliz, la nostalgia me tocaba por la falta que me hacía Dibulla.

Dibulla ha sido siempre una de mis grandes pasiones, cuando estudiaba contaba los días y las horas para que llegaran las vacaciones; y es que… siempre añoro el saludo cordial de todos mis paisanos y esa emoción de poder expresarles mis sentimientos porque siempre me he caracterizado por querer conocer a todos y a cada uno de mis paisanos, vivan ellos donde vivan.

Recuerdo con amor aquellas noches y días cuando en la radiola de trinche y Santiago Pimienta no cesaban las lindas rancheras que aún hoy todavía escucho, y es que en aquella época con las películas mexicanas aprendí sobre la cultura azteca de la cual asimilamos muchas costumbres.

Cómo no recordar a nuestros varones todos direccionados al campo, que se iban por las mañanas y regresaban por las tardes, cansados de sus labores campesinas. Pero aún tengo en mi memoria la imagen de los pescadores que se perdían en la desembocadura del río entre el vaivén de las olas, abrazados por la luz de la luna en la inmensidad del mar.

Cómo no añorar las fiestas patronales de hace muchos años; era una fiesta para todos, las mejores galas, el retorno de los dibulleros que habían salido del pueblo, esos encuentros familiares, las primeras comuniones, las celebraciones de matrimonios, la oportunidad de los colegios para lucirse con sus presentaciones pero sobre todo la demostración de fe amor y devoción por Nuestra Señora del Pilar.

Recuerdo que todos los hombres para asistir a misa lo hacían de vestidos enteros, algunos de dril o lino blanco (qué bellos tiempos aquellos). Por todo lo anterior, una vez le escuché a una amiga decir: Dibulla no se entiende, hay fiesta en todas las casas. Añoro cómo se trabajaban los procesos políticos conservadores versus liberales que después del proceso seguían con la misma amistad.

Recuerdo con mucha emoción los primeros festivales del plátano, qué alegría, qué integración con otros pueblos, recuerdo cómo le cantaban a sus poblaciones de donde provenían, canciones costumbristas, recuerdo esas visitas de esos pueblos circunvecinos que en comitivas espectaculares muy especiales se disputaban con alegorías y arengas la corona para su reina y ese primer puesto en canción inédita.

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