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La Costa Caribe colombiana no se escapó de la violencia partidista que azotó la república en épocas modernas. Liberales y conservadores, en luchas fratricidas, ensangrentaron el suelo patrio con alevosía y depredación. El fanatismo atrasó la república. En la región Caribe existieron enfrentamientos de liberales y conservadores, todos los departamentos fueron azotados por este flagelo de fanatismo político, narcotráfico, paramilitarismo y subversión guerrillera.
El clima de fanatismo irracional y perverso encegueció a las jefaturas y turbas de ambos partidos y en la nación perecieron más de 300 mil personas en estas guerras fratricidas. La disputa por el poder, la escasa cultura política, falta de diálogo, conflictos de tierras, privilegios familiares y otros asuntos enrarecieron el ambiente de convivencia pacífica. El Bicentenario republicano ha sido sombrío en fanatismo político desde que terminaron las luchas libertarias. Bolívar en franco antagonismo con Santander. De la disputa por el poder nacieron los partidos liberales con el padre de las leyes y conservadores apoyando a los amigos de Bolívar. Violencia partidista, intolerancia, caudillismo clerical y religioso, violencia guerrillera y paramilitar con financiación de narcos y corruptos.
Duraron tiempos en entender que la guerra que se gana, es la que se evita, y que quien tolera gana varias veces. Liberales y conservadores perdieron los ánimos de reconciliación, hermandad y el atraso fue evidente durante décadas.
En Córdoba en el alto Sinú, Canalete y el San Jorge se conformaron grupos guerrilleros. En el San Jorge comandaban insurgentes, Julio Guerra, posteriormente, contrajo acuerdos con el Gobierno Nacional. En Tierralta Mariano Sandon, Evaristo Calonge, luego fueron amnistiados durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla. Guerrilleros liberales estaban diseminados por todo el territorio patrio, incluyendo la Costa. Curiosamente el alto Sinú ha sido durante décadas el bastión militar de guerrilleros, guerrilleros políticos y paramilitares. Esta triada funesta perjudicó a Córdoba y al Caribe durante muchos años, perjudicando el andamiaje tanto social como político y de seguridad.
La expansión terrateniente en Montelíbano, Puerto Libertador, Tierralta y Valencia, fue también aprovechada por las guerrillas izquierdistas para adoctrinar desalojados y campesinos sin tierras. Otros departamentos de la Costa con excepción de Sucre, Bolívar y parte del Magdalena no tenían terratenientes con grandes extensiones o señoríos feudales.
Ello no sucedió en el medio y bajo Sinú, porque tal vez no existían esos predios de miles de hectáreas, debido a las compras y expropiaciones que efectuó el Gobierno y las adjudicaciones por unidades agrícolas familiares a través del Incora (Instituto Colombiano de la Reforma Agraria) en la década de los sesenta. Sin embargo, esta institución, que durante 42 años de vida operativa, adjudicó más de 200 mil hectáreas, incluyendo las reservas y cabildos indígenas, no logró mitigar eficientemente el problema del atraso agrarista cordobés. La guerrilla secuestró, extorsionó y asesinó miles de colombianos, bolivarenses, magdalenenses y de otros departamentos. Apátrida y desestabilizadora, se olvidó de su ideario revolucionario y se convirtió en uno de los más poderosos carteles del narcotráfico del mundo, al igual que sus contradictores en armas, los paramilitares.
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