La mala herencia de la fiesta criminal PDF Imprimir E-mail
Martes, 03 de Agosto de 2010 05:00

emos recibido muchos correos, en los que casi al ruego, nos invitan a defender de la muerte al toro, esa que deleita clásicamente a la afición, en una tarde de luces llamada fiesta brava. Con una imponente iluminación del vestuario, adornado con lentejuelas y colores, se apresta el torero a sacar de las entrañas del bravío animal, todas las fuerzas, para dominarlo, previo, a unos cuantos pares de arpones bellamente decorados con colores de papel, llamados banderillas, como para hacer más dulce la criminal burla.

En un cuarto de hora de iniciada la fatal faena, suena tenebrosamente una trompeta, y sale un jinete apocalíptico, vestido con una coraza de hierro o de latón, parecida a la de Don Quijote de la Mancha y, desde el pesado y grande animal, el caballo, que está protegido por una pechera de gran espesor que lo cubre hasta barriga, el gordo jinete familia de Sancho Panza, desde arriba, provoca al toro, para que en la embestida se acerque y ponerlo en la mira de una afilada lanza, que zampa, sobre su lomo. No contento, le barrena el espacio muscular entre los omoplatos, para restarle fuerza y entregárselo débil al diestro "matao". Y, finalmente, entre verónicas y chicuelinas, pases de derecha y de izquierda, con aire clásico o tremendista, saca del manto rojo de agresión y pasión, una espada de acero toledano, con la que le cruza el corazón. Si hace diana o blanco, lo liquida, si erra con la empuñadura, le cruza el pulmón, y la espada sale de la barriga al aire contaminado de sevicia de la afición publica. Cae a la arena, en medio de tumbos y aplausos para el torero. La castiza bestia, que no se rindió y menos huyó del atropello, deja una estela de vómitos de sangre que como cascada, salía de la boca del animal. Aparece un hombre vestido como arlequín o payaso, y con un fino estoque, lo entierra entre los cuernos y el cerebro, para descabellarlo. Esto, para que el toro no sienta dolor. Después del tremendo y cruel viacrucis, la medicina analgésica de la estocada ya sin sentido, había que hacerla, para que crean, o para llenar el requisito ceremonial. La banda de la municipalidad entona un paso doble acompañado por las castañuelas mentales de los aficionados, que festejan la brillante jornada. Para terminar, le otorgan por la estupenda corrida, dos orejas y un rabo, es decir, parte del cuerpo: un trofeo. Por la falta de tiempo y compromiso, de pura chepa, o vaina, como decimos en este Caribe bello y sin igual, los carniceros profesionales que esperan como goleros al pobre toro lo descuartizan e invitan a un asado a la brasa. Después de este cruel itinerario, en que también en otra época participamos, con menos euforia y sí con lástima y remordimiento interior, hay que llegar a la conclusión, que los principales mecenas de la violencia somos nosotros mismos, empezando por estos espectáculos inhumanos de aberrante goce. Matamos primitivamente a una gallina, a un cerdo, a una vaca, y no sentimos el menor de los sentimientos de compasión. Y si vemos cómo hacen en algunos lugares para matar una hicotea, es peor aun, cuando estando viva, la echan en agua caliente. El circo Romano, otra de las herencias bestiales de la humanidad, es parte de nuestro acervo hereditario, no para nuestra gloria, pero sí para la vergüenza. Entonces, somos como somos, porque heredamos lo que no debimos heredar. Aún hay tiempo de reponer estos atropellos, no repitiéndolos. Que la fiesta brava se haga, sin las crueldades que la acompañan. Que el toro haga su demostración de casta, y se le devuelva a la manada, y si sale descastado, pues en el momento señalado deberá pasar a los mataderos para que, con los elementos técnicos, entre al sacrificio, sin burla ni dolor. Entendemos la razón del movimiento en defensa del toro.
 

 

 

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