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Quienes tuvimos la suerte de recibir lecciones de buena educación, de casa y de Carreño, hoy vemos con nostalgia, que la patanería en el hablar y actuar se han vuelto la nota predominante para la gran mayoría de jóvenes que no tienen pelos en la lengua para hablar deschavetadamente. Hablar de pudor, de caballerosidad, de buen lenguaje, de respeto a las damas, son cosas de viejos, o de gente con mentalidad de dinosauros.
La palabra H.P., que no son caballos de fuerza, sino hijos de la playa, es el calificativo, que con frecuencia un amigo se refiere a otro para saludarlo, o para reclamarle algo, así no tenga la menor intención de agredirlo. Muchas mujeres homologan iguales vocabularios, en una especie de mano a mano, con el novio o el amigo. No hay una palabra revestida de cortesía, todas llevan el ingrediente de un costumbrismo vulgar. La mayoría de muchachos adoptan ademanes, que muchas veces no están de acuerdo con su condición de varón, haciendo de la definición de unisex, algo indescifrable. Ahora dentro del concepto de nueva ola, está la de un estilo de peinado, degenerativo de su esencia, llamado ‘Emo’, en que se practican rituales diabólicos. Es una forma de implantar una moda, que no está de moda. Si a todas estas actuaciones le sumamos la liberación de posturas conceptuales, fácilmente se puede llegar a la conclusión que la vulgaridad, el vocabulario y las manipulaciones testiculares se volvieron una forma de expresar algo, cuya traducción trata de demostrar posesión, dominio, hombría o inseguridad. Y lo particular es que se connaturalizaron las mujeres con estos ademanes y con el toque toque de la región infraumbilical, que se ve para ellas y ellos, de lo más natural. Que no trascienda a la figura femenina esa mala costumbre, porque sería más que un curioso encanto, un desafío a la feminidad. La vestimenta, llamada también trajes con aire incluido, de cuyo modelaje cualquiera pensaría que se trata de un atraco en que le desgarraron las costuras y la textura, para un tradicional resulta cursi, cómico, pero para los expertos en diseño y moda, esos estilos son el último grito del buen vestir. De modo que uno no sabe cuál es el sentido que tratan de imponerle esas grandes empresas a la sociedad de consumo, en que la desesperación por reciclar y darle uso a lo que quedó mal hecho, regrese al mercado como una moda atractiva a los ojos del comprador, que sugestionado, paga mucho más que por las que sí son uniformes y bien elaboradas. Pero si el vocabulario, las vestimentas y las manías son impropias para exponerlas ante cualquier mujer, verlos sentados a la mesa, asusta y da una tristeza profunda. Comen mal, hablan con la boca llena, no saben manipular la cubertería y en ocasiones hasta un tenedor sirve de manito para rascarse la espalda o dirigir involuntariamente una conversación como si se tratara de un palillo de brochete o batuta para dirigir la amena conversación. Es decir, estamos en la revolución de las malas costumbres. Si a todos estos defectos le sumamos la injerencia de alcohol, observamos que se le hace honor al desafuero y la irreverencia. Lo grave de todo esto es que generaciones tras generaciones van repitiendo la misma historia con algunos ajustes y modernismos que establecen diferencias, pero que dañan y mal educan. Los colegios, universidades y el hogar tienen un compromiso con la sociedad para enseñar, regresando a las reglas de urbanidad.
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