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os duele que el departamento de La Guajira, cuna de acordeones, de poetas del vallenato, de hombres y mujeres inteligentes, de personajes ilustres, de valiosa cultura étnica, de ocurrencias, de dichos y dicharachos, de colorida y variada artesanía, que hacen honor al costumbrismo, experimente hoy reiterativos momentos de inseguridad, que contrastan con la alegría de su pueblo, cuyo vocero espiritual es el vallenato.
No hay derecho para que ese buen nombre, y esa tradición continental del ingenio musical, estén contrastados por factores abominables como la criminalidad. Nunca nos cansaremos de insistir, en pedirle al Gobierno central su intervención directa para que las fuerzas del orden se incrementen para ver si de este modo podemos controlar el sicariato. Bueno sería que las universidades, las entidades de salud y todas las que deseen intervenir lo hagan conjuntamente con el Gobierno local, realizando un estudio sobre la patología de las conductas asumidas por los criminales a sueldo o por los asesinos compulsivos, cuya intolerancia los hace perder la razón. Esos comportamientos anormales hay que estudiarlos, no venga a convertirse en un mal endémico, de estúpida solución para cualquier tipo de eventualidades. Casos se han escuchado de matar por mil pesos, de acribillar por un piropo a una mujer, por una deuda, en fin, actos inconcebibles que no tendrán jamás ninguna justificación. Siempre le echamos la culpa a la situación económica, a ese desespero de no tener el pan para el desayuno, por eso entendemos que un estómago vacío y unos hijos hambrientos podrían dar lugar a este tipo de situaciones. Pero entonces nos preguntamos, si ese el problema, es más fácil la solución, porque lo hemos ubicado, definido e identificado. Ahora bien, ¿qué piensan hacer la Gobernación y las alcaldías con ese fenómeno galopante del sicariato? Si las medidas coercitivas no están acompañadas de las fórmulas sociales, estamos perdiendo el tiempo, porque el castigo es para unos pocos, y el peligro es para la colectividad. En lo que va corrido del año, estamos seguros de que las estadísticas por ese concepto son altas, y si a estas se le suman las de los imprudentes conductores en estado de embriaguez, es fácil concluir que en el Departamento, queda el vacío por la ausencia de un ser querido, que por su edad tenía espacios y tiempo para vivir muchos años. Señor Gobernador, señores alcaldes, señores comandantes de Ejército y Policía, ¿qué se les ocurre que debamos hacer? Por el camino que vamos, le estamos poniendo una lápida al muerto y otra a Colombia, con una leyenda que dirá así: "Aquí descansan los restos de la inocencia, acompañados de las buenas intenciones de quienes no fueron capaces de velar por sus vidas. Cuna y llanto de acordeones, por la eterna eternidad".
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