Dilia María Hinojosa Sierra

La crónica de esta semana viene con el contenido de un homenaje que hace algún tiempo le había hecho a mi progenitora por cumplirse seis años de su sensible fallecimiento, el 18 de diciembre.

Mi mamá nació en La Jagua de Ibirico, Cesar, en el año de 1933, de allí se traslada a Patillal y a la edad de 14 años llega a La Junta a convivir con su abuela Helena Sierra (Nene).

Su madre fue María Sierra Oñate y su padre Luis Camilo Hinojosa Daza. Si ustedes, queridos lectores, no conocían la bondad y la nobleza, el desprendimiento y el amor por los suyos, les presento a mi madre abnegada y querida. Ella tuvo hermanos que amaba y nunca permitía que hablaran mal de ellos: Luis Manuel, Algemiro, Victor Julio, Alfonso, Tobías, El Negro, Cristobal, Gustavo y Gloria. De padre : Alfredo, Laureano, Tilcia, Jael, estos también nacieron en La Jagua de Ibirico, en jurisdicción de Las Palmitas, muy cerca de su finca San Antonio nacieron Orlando y Gloria, en Rincón Hondo Jesualdo y Hugues, y en El Paso Hugues.

Cuenta la historia que mi abuelo Luis Camilo, tuvo más de 20 hijos, como diría ‘Poncho’ Zuleta, con la misma pero con diferentes mujeres, jajaja.

Recuerdo la vez de mi primer día de clases que yo no quería asistir a la escuela y con decisión de mando, con una varita de totumo en la mano, me dijo: “vas a estudiar pues yo deseo que aprendas a defenderte en la vida con tus conocimientos y seas alguien de servicio para tu familia y para la sociedad”, sabias palabras que se cumplieron tal cuál y cuánto agradezco esos pencazos que más tarde me hicieron cogerle mucho amor a los estudios y a mis profesores.

Mi mamá desde su adolescencia se radicó en La Junta, y a los 19 años contrajo matrimonio con Laudelino Daza Mendoza, joven apuesto y picaresco que vivía gallinaceando con muchas mujeres, pero que cuando se enamoró y se casó con mi bella madre, se ajuició y como dicen por ahí, encontró su media naranja, la mujer que lo hizo feliz hasta el fin de sus días.

De esa unión nacieron 5 hijos, 3 varones y 2 hembras: Jairo de Jesús, Armando José, María Elena, Carmen Alicia y seis años después, cuando ya pensaron que la cosecha solo era de 4, nací yo, el vejé, el pechichón de mama.

Doy verdaderas gracias a Dios por haberme regalado una madre tan especial, ella era servicial, amable y muchas veces las cosas que le daban a ella, las regalaba a otras personas, y cuando le preguntaban por qué lo hacía, decía simplemente: “ella lo necesitaba más que yo, eso no importa, Dios me dará más” y así se cumplía, nunca le faltaba, pues su generosidad era infinita y todo lo que repartía siempre se le multiplicaba.

Mi madre luchaba por el bienestar de sus hijos y se esmeraba fervientemente porque no nos faltara nada, era incansable, tenía a su cargo los quehaceres de la casa, le gustaba hilar cabuyas de Fique y tejía lindas mochilas, pues esto además de divertirla, le ayudaba para los gastos de la casa.

Nunca olvido mi viaje a Maracaibo, Venezuela, al grado de mi hermano Armando, me confesó que estaba dichosa, pues ya teníamos médico en la familia, ese día, junto a mi papá comentaron que era un día para no olvidar jamás, pues se recogía el fruto de tantos sacrificios y se hacía realidad el anhelado sueño de tener un profesional en la familia.

En La Junta todos le decían Yiya y su misión era servir y ayudar a todo aquél que lo necesitara.

Le doy gracias infinitas a Dios por haberme regalado una madre Santa y buena; cuando inicié a trabajar en el Cerrejón procuré siempre satisfacerle en todo lo que estuvo a mi alcance, su felicidad era la mía, y si volviera a nacer, seguro que quisiera ser su hijo nuevamente.

Quién tenga la dicha de tener su madre viva, les invito a quererla y cuidarla mucho, lo cierto es que Yo hasta el fin del fin de mi vida viviré agradecido y orgulloso por esa gran mujer que Dios me regaló como madre. Te amaré eternamente Dilia María, como le decía algunas veces, o ‘Yiya’, como siempre le decía. Descansa en Paz madrecita querida, tú vejé que siempre te amará.