La vacuna

La tabla del  7  siempre fue la más difícil y justo ese día era el turno de la muchachita para pasar al tablero y responder a quemarropa la interrogación de matemáticas. La niña se miraba las manos,  sobándolas con anticipación a los reglazos que a la fija llegarían, porque el 7 x 6 aún no lograba recordarlo y, de seguro, con los reglazos de la Seño,  finalmente se fijaría en su memoria, pues la letra con sangre entra y los números, también.

Pero no contaba con que la suerte estaría de su lado y así, sin tener la más mínima sospecha, cuando, a solo 5 minutos de que sonara la campana que anunciaba la hora de matemáticas, las clases fueron interrumpidas por otro anuncio más importante:  “hoy las vamos a vacunar”.

Es que así era la vacuna. Llegaba el día menos pensado a aterrorizar a los cobardes y alegrarle la existencia a los flojonazos, esos que barateaban el dolor por el ocio y que preferían un puyazo veloz, con tal de aplazar una  tarea, una previa o la interrogación de la tabla del 7, por ejemplo, y en todo caso, no dar clases.

Sí, porque el día que  ella llegaba a la escuela se formaba un alboroto de padre y señor mío; nos llamaban curso por curso, nos formaban en fila india y zuás, sin anestesia o pechiches nos vacunaban.

A duras penas si nos interesábamos por saber contra qué nos vacunaban, y obviamente, no teníamos la más mínima idea de lo que nos metían, y tanto menos conocíamos detalle alguno de la casa farmacéutica que la producía, hasta vencida y expirada podía estar esa vacuna, que nadie reviraba, revisaba o se informaba.

Y lo mejor del cuento es que ni en pandemia estábamos, así que el peligro de muerte no era tan evidente, como lo es ahora, cuando hemos visto partir a “un ya perdí la cuenta” de amigos y conocidos.

No habían redes sociales, así que si alguien moría de todas esas enfermedades cuya contra efectiva era las vacuna, no lo sabíamos, y así felices e ignorantes nos vacunaron a todos y aquí estamos, vivitos y coleando, sin tétano, cólera, fiebre amarilla y quizá que otra vaina.

Recuerdo que a más de un cobarde sacaron de la oreja de su escondite y justico y alineado quedó en la fila esperando su turno con los empleados de Salud Pública, que adiestrados a la bulla de los cocos, hacían caso omiso de las lágrimas, llanto y gimoteo y nos clavaban la aguja sin compasión y naitica pasaba, ni autorización por ser menor, ni prescripción médica, ni ná y ni ná, o te vacunas o te vacunas y aquí no hay tutía que valga.

Aún sigo sin entender la alharaca de los que no se quieren vacunar, a muchos de ellos aún se les nota la zípote cicatriz en el brazo, producto de un puyazo en la niñez y ahora, con el  Covid detrás de la oreja, es que tienen una jodentina, sin importarles que el interés general prime sobre el interés particular y la pila de muertos siga creciendo.

Quizá cuántos de los que se han ido se hubieran salvado si les hubiese alcanzado el tiempo para lograr la vacuna y aquí están otros regodeándose, despreciando como una sobra lo que a otros les salvaba la vida.

Y retomando ese lejano día, mientras la niña aguardaba su turno para ser vacunada e intentaba recordar el 7 × 6,  cuando la puyaron, la enfermera que contaba en voz alta para efectos de un control planillero, el número de vacunantes, la mira a los ojos mientras gritaba: 42.