La flojera

Que “el ocio es la madre de todos los vicios” claritico está, pero hoy se me antoja, no para hacerle un odas, más bien para contarla, hablar de esa cuestión propia de la gente del Caribe, lugar mágico donde el tiempo transcurre sin prisa, donde las “en punto”, los “y cuarto”  y las “y media” no existen.

Ellos ceden el paso a los “de aquí a un rato”, “ahoritica” y a los imprecisos pero aceptados “después”, ingredientes indispensables al hablar de su majestad “la flojera”.

Ella se pasea campante por nuestras vidas sin  ningún problema y solo la notamos cuando los foráneos nos visitan y se sorprenden con un juego de dominó, debajo de un palo e’ mango, en un día de semana a las 4 de la tarde; dos pipones en pecho de camisa acostados en el piso de cualquier terraza, con el sol caliente y rascándose la barriga, que de allí no se mueven ni a ver si la puerca puso; las comadres hablando a la hora del almuerzo, en cualquier ventana, de la inmortalidad del Cangrejo, indiferentes al zumbido apremiante de una olla pitadora; la abuela que se mece y remece en su mecedor, al compás de un antiguo bolero que tararea al infinito y cuya letra a duras penas si recuerda etc., etc.

Despacio y sin prisa, son los mejores amigos de la gente de estos lados, sazonados con salitre y brisa marina que frenan el tiempo y ponen en pausa a los afanes y es por eso que cuando los capitalinos nos visitan, o se adaptan y se dejan contagiar o se desesperan y aumentan las posibilidades de un ataque cardiaco.

Sin embargo, bastante que los vemos en la primera comprando mochilas, para ocupar el tiempo que les avanza de las citas retrasadas o canceladas y así empiezan a relajarse o más bien a rendirse y a bajarle el colorao a los cachetes a son de cervezas y pastelitos, sucumbiendo a los encantos del tiempo suspendido, junto a la casa de Ada Luz la de Escalona… en el aire.

Así es el Caribe, lo apremiante no apremia porque se resuelve en el último minuto y por arte de magia, porque se aferra la solidaridad como si fuera una obligación, se confía en la mano  que nunca se deja tendida y las manecillas del reloj no le ganan a la resolución repentina de cualquier problema.

Lo que llaman “procrastinar” al aplazarlo todo, aquí lo llamamos flojera e intentamos sacudirla a última hora para mostrar resultados. Como la cartulina que hay que llevar el lunes a clases y la recordamos el domingo en la noche; la mamá, además de poner el grito en el cielo, nos la hará llegar al colegio, pelándole la cara a la maestra e inventando quizá que excusa, porque desde que ellas se inventaron, nadie queda mal y aunque se amenace al crío con una puñera bien dada, él sabe que antes que suene la campana de la hora de la tarea, por la puerta del salón atravesará la cartulina procrastinada, como testimonio de la flojera dominical y del amor incondicional de su progenitora.

Con el pasar del tiempo, se entiende que en el Caribe no tenemos tiempo para hacer las cosas a tiempo; así que no te afanes, cógela suave, con su avena y su pitillo, que  la carrera lo que trae es cansancio y con este sol picante e inclemente, la gota gorda  se suda  es facilito.