El destino irremediable de los dictadores

En la política, el poder es mal consejero, obsesiona y obnubila. Los dictadores en la Historia ocupan un sitial que ellos mismos crean. Allí pretenden perpetuarse. Muchos gobernantes encuentran en el poder una herramienta que les otorga la fuerza necesaria para someter, humillar y degradar a los seres que, por desgracia, padecen el rigor injusto de sus decisiones. El poder embriaga; por eso es difícil que quien lo detente considere la posibilidad de abandonarlo, esta es la razón por la que nunca encontraremos un dictador “en uso de buen retiro”. Las extravagancias de esos gobernantes los convierten en seres excéntricos, exóticos, ridículos. Pero todo eso no sería tan peligroso si no fuera porque dichos excesos –en muchos casos– poco a poco los conducen a la irremediable condición de asesinos.

En Colombia, el siglo pasado un gobernante, ante una coyuntura crucial que atravesaba el país, tuvo la oportunidad de utilizar –o de abusar– del poder y no lo hizo. En cambio, se preguntó ingenuamente: “¿El poder para qué?” En los tiempos actuales sus adláteres le habrían contestado: “Pues para poder…”

Cuando leemos las historias de estos déspotas encontramos muchos rasgos comunes entre ellos. La literatura está poblada de dictadores: ‘Tirano Banderas’, del español Ramón Del Valle-Inclán; ‘Yo, el Supremo’, del paraguayo Augusto Roa Bastos; ‘El señor presidente’, del guatemalteco Miguel Ángel Asturias; ‘La fiesta del Chivo’, de Mario Vargas Llosa y ‘El otoño del patriarca’, de Gabriel García Márquez, son unos cuantos ejemplos de narraciones en las cuales los dictadores aparecen de cuerpo entero. Ni para qué hablar de Juan Manuel de Rosas en Argentina, de Juan Vicente Gómez en Venezuela, de los Somoza en Nicaragua, de Pinochet en Chile y de otros sátrapas de ingratos recuerdos. Los dictadores dejan constancia de su desprecio por la vida de los demás mientras defienden la suya en medio de la mayor placidez posible. Siempre habrá gobernantes déspotas; pero también habrá esperanza de que la justicia los alcance, aunque sea en el tramo final de su existencia.

Cuando murió Jorge Rafael Videla, titular de la dictadura argentina desde 1976 hasta 1981, ¿habría quien dijera ‘paz en su tumba’? Ni siquiera mereció un funeral como jefe de Estado. Pero en todo caso, tuvo un deceso diferente al de los miles de sus paisanos que fueron lanzados vivos al mar, desde helicópteros, en cumplimiento de sus órdenes supremas. Videla nació en Mercedes el 2 de agosto de 1925. Cuando falleció, afrontaba un proceso por el Plan Cóndor, nombre con el que se conoció la coordinación de actividades criminales entre las cúpulas de los regímenes dictatoriales del Cono Sur (Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia). Este plan se llevó a cabo durante las décadas de 1970 y 1980, con la asesoría de Estados Unidos –siempre ellos, vigilando su “patio trasero”–. Dicho plan consistió en el seguimiento, vigilancia, detención, interrogatorios con tortura, traslados entre países y desaparición y muerte de personas consideradas subversivas por dichos regímenes. Pues bien, sin contar con la prisión perpetua que cumplía el dictador a la hora de su muerte, lo esperaba otra condena por lo del Plan Cóndor.

Son tan grotescos estos dictadores, y tan ignorantes en cuanto a conocimientos universales, que con frecuencia arremeten contra la cultura. Videla en su gobierno, mediante el decreto 2038 de 1980, prohibió la Enciclopedia Universitas, la Gran Enciclopedia Salvat y el Diccionario Salvat.  Ya había hecho quemar en un lote baldío miles de ejemplares de ‘Pantaleón y las visitadoras’, ‘La tía Julia y el escribidor’ y otras obras de Vargas Llosa. (Recordamos, en este punto, al exprocurador Alejandro Ordóñez atizando una pira semejante en Bucaramanga).

Con Videla, la misma suerte corrió novelas de García Márquez y poemas de Pablo Neruda. Se dice que también fue presa de las llamas el texto didáctico ‘Cuba electrolítica’, para estudiantes de ingeniería. Definitivamente, las figuras fantasmagóricas de tantos seres humanos desaparecidos por los dictadores podrían formar un ejército de vengadores, suficiente para no dejarlos descansar en paz.