La perpetua pesadumbre guajira

“¡Yo no me la dejo montar de nadie!”, grita a voz en cuello un hijo de esta bella y mágica tierra mientras camina por las calles del barrio, despabilado y sin descuidarse porque, en la esquina, acaso un imprevisto atracador lo estará acechando.

Rodea un charco de agua pútrida en el que un niño semidesnudo y descuidado por sus padres juega para entretenerse y tratar de olvidar el hambre que le aguijonea las tripas. Al mismo tiempo, pasa zumbando un conductor mal hablado que insulta a todos a su paso; éste último es el típico individuo para quien el semáforo en rojo no representa más valor que el puramente ornamental y quien cree, con toda la inteligencia de que es capaz de usar, que si hace sonar el pito muchas veces tiene derecho a cruzar la calle cuando desee y a la velocidad de su preferencia; entre tanto, tira una envoltura plástica por la ventanilla y resopla quejumbroso pensando en que la ciudad está llena de porquería y que eso es culpa de los políticos porque son todos unos rateros.

Puede ser un defecto o tal vez una virtud, la tendencia que tenemos los humanos a buscar culpables de nuestras desgracias, creyendo que así, de algún modo, las suprimimos y —con dolor hay que decirlo— las desgracias cunden en La Guajira. Este no es un grito de insulso victimismo, sino la constatación de la desgarradora realidad. Pero, si hay que acusar a un culpable, éste no es uno de carne y hueso y me atrevería a decir que ni siquiera es una estructura macabra que mueve los hilos tras bambalinas, porque la corrupción, la pobreza en todas sus formas, la violencia, la tragedia ambiental y el atraso social tienen una causa primaria tan terrible como disimulada.

Yo acuso a la falta de educación, esa que degenera en incultura, indisciplina, conformismo y le cierra los ojos al ciudadano para quien es impensable el mundo de otra manera, a quien le han negado el horizonte de posibilidades de progreso.

Yo lanzo un grito desesperado: ¡una perpetua pesadumbre se aloja en el corazón de La Guajira! El esfuerzo por rebelarse contra la fatalidad sigue resultando vano; los deseos de avance humano, cultural y social desembocan en estéril desasosiego; el civismo parece una extraña enfermedad padecida por unos pocos y de la que hacen mofa los que se inflan de orgullo por su incultura; la única defensa ante los aprovechados colonialistas de otras regiones del país consiste en echar mano de los igualmente aprovechados autóctonos, quienes resultan a veces ser más funestos que los primeros; el edificio social se cae a pedazos y, mientras la corrupción acampa, enmudecen los taimados y reciben su mísera ración los que se comen las migajas que caen de la mesa, suficientes para calmar el hambre durante los siguientes cuatro años cuando el ciclo tendrá que repetirse.

Hambre que no van a poder satisfacer los millares de niños desnutridos para quienes no alcanzan a llegar ni aquellas migajas. La torta ya se repartió —piensan los señores que son importantes e intachables—, si algún resto queda en el plato, será para nosotros, los importantes, los de apellido con pedigrí.

A simple vista, es fácil culpar a estos clanes políticos y, por supuesto, tienen su cuota enorme de responsabilidad en el desastre, pero virtualmente sus miembros también son víctimas de la carencia de educación. Sí, tienen mucho dinero y poder y hacen gala de ellos mientras sacan provecho para sí mismos, pero su pobreza mental tampoco les deja ver que, como afirmaba un hombre noble de apellido Salah y quien plantó cara en La Guajira a estas élites años ha, la educación es la que puede sacarnos de tantas calamidades sufridas por nuestro pueblo. Sin ella estamos perdidos y seguiremos dando tumbos hacia el abismo sin fondo de la miseria social, mientras nos vanagloriamos de que “no nos la dejamos montar de nadie”.