Feminismo, sexismo y lenguaje inclusivo

En la lengua latina se utilizaban tres géneros gramaticales: masculino, femenino y neutro. Las lenguas romances, la castellana entre ellas, transformaron el género neutro en masculino; solo el rumano conserva la forma neutra del latín original. La pregunta que cabría formular, entonces, es: ¿por qué el género neutro se asimiló al masculino y no al femenino? La respuesta que nos da Irene Martín, licenciada de la Universidad Complutense de Madrid es: “Porque el mundo era fundamentalmente masculino”.

La polémica es vieja, y se extenderá por mucho tiempo más, a medida que las mujeres logren conquistas que tenían vedadas. Es justo que el género femenino reivindique sus derechos y rechace el tratamiento discriminatorio que ha soportado a lo largo de los siglos. Es justo, repetimos, y esa actitud merece el respaldo unánime de los hombres. Pero, para evitar construcciones farragosas en nuestro lenguaje, podríamos continuar con el uso del género masculino, como hasta ahora, sin que eso constituya una muestra de machismo.

Refiriéndonos solo al uso empalagoso del lenguaje, ilustremos con un ejemplo la observación antes mencionada. Veamos el texto de la siguiente nota circular, ficticia, por supuesto: “Los administradores del Club X invitan a los socios y ‘socias’ y a sus respectivos y ‘respectivas’ hijos e ‘hijas’ a la clausura anual de labores. Los asistentes estarán contentos y ‘contentas’, pues sus niños y ‘niñas’, vestidos y ‘vestidas’ con atuendos informales, alegrarán la velada. Solicitamos a los invitados e ‘invitadas’ estar atentos y ‘atentas’, puesto que algunos padres y ‘algunas madres’ serán premiados y ‘premiadas’ por su constante colaboración. No sobra advertir que el socio o ‘socia’ que por estar embriagado o ‘embriagada’ se haga merecedor o ‘merecedora’ de una amonestación por su comportamiento, no será admitido o ‘admitida’ en posteriores reuniones. Quedan notificados y ‘notificadas’ todos y ‘todas’.”

Podríamos alargar el texto anterior, ciñéndonos con rigor a la paridad y equidad para los géneros masculino y femenino. Sin embargo, al final nada conseguiríamos, aparte de enredar y cansar al paciente lector. Por todo lo anterior, consideramos necesario volver al uso del masculino con la idea de que este encierra también al femenino. No podemos concebir que a una obra científica, por ejemplo, se la titule de esta manera: “Historia del hombre ‘y de la mujer’ sobre la faz de la Tierra”. Hasta ahora se soporta la redacción de notas con el estilo antes citado; pero no puede negarse que al paso que vamos, muy pronto habrá textos casi imposibles de leer sin que nos produzcan, por lo menos, una sonrisa sarcástica. El feminismo a ultranza de muchos periodistas y comunicadores sociales, unido a los inflamados discursos de la mayoría de líderes sindicales ante sus gremios, han dado fuerza al uso de esa distinción, que los oradores públicos no se atreven a suprimir.

Tenemos el caso de “maestros y maestras…” en las asambleas de educadores. Claro que estas apreciaciones no harán mella en el lenguaje del exvicepresidente de la República, Angelino Garzón, a quien muchas veces le oímos decir “todos y todas”, “representantes y representantas”, al mejor estilo del presidente de Venezuela, verdadero innovador de la gramática española.

Es hora de que periodistas como Florence Thomas, de El Tiempo, y otras menos conocidas, comprendan que no hay discriminación cuando se cita al hombre como representante del género humano. Flora Tristán y Simone de Beauvoir, feministas auténticas, nunca se tomaron a pecho el tema que estamos tratando. Sus preocupaciones iban más allá de la simple expresión de las ideas.

Como dato curioso, observamos que cuando un orador comienza sus arengas señalando enfáticamente a hombres por un lado y a mujeres por otro, se pierde en su discurso y más adelante ya no es capaz de continuar estableciendo las diferencias que con esmero expresaba en sus primeros párrafos.