Literatura barroca española: Góngora y Quevedo

Sabido es que el llamado Siglo de Oro de la literatura española en realidad abarca los siglos XVI y XVII. Coincide con el Renacimiento y en él florece el Humanismo. Es normal, pues, hablar de Clasicismo, Renacimiento, Siglo de Oro y Humanismo para referirse a una misma época en la historia española. Al final de este período, es decir, en las postrimerías del XVII, el Clasicismo se convierte en Barroco.

Frente al clasicismo renacentista, el barroco valoró la libertad absoluta para crear y distorsionar las formas, la condensación conceptual y la complejidad en la expresión; todo eso en la literatura tenía como finalidad asombrar o maravillar al lector. El barroco tiene dos formas o corrientes estilísticas: el Conceptismo y el Culteranismo. Ambas son, en realidad, dos facetas de estilo barroco que comparten un mismo propósito: crear complicación y artificio.

El máximo representante del conceptismo es Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645). El conceptismo incide, sobre todo, en el plano del pensamiento. Su teórico fue Baltasar Gracián (1601-1658), quien en la obra ‘Agudeza y arte de ingenio’ definió el concepto como “aquel acto del entendimiento que exprime las correspondencias que se hallan entre los objetos”. Para conseguir este fin los autores conceptistas se valieron de recursos retóricos tales como la paradoja, la paronomasia y la elipsis. También emplearon con frecuencia el equívoco, recurso que consiste en emplear un significante con dos posibles significados. El estilo de Quevedo es estructuralmente complejo, aunque utilizó siempre un lenguaje llano y a veces lleno de procacidades e insolencias.

El culteranismo, representado por Luis de Góngora y Argote (1561-1627), se preocupa, sobre todo, por la expresión. Sus características más sobresalientes son la latinización del lenguaje y el empleo intensivo de metáforas e imágenes. La latinización del lenguaje se logra fundamentalmente mediante el uso frecuente del hipérbaton y el gusto por incluir palabras que en esa época eran cultismos o neologismos; por ejemplo: fulgor, candor, armonía, palestra.

La metáfora es la base de la poesía culterana. El encadenamiento de metáforas o series de imágenes tiene el objetivo de huir de la realidad cotidiana para situarnos en el universo artificial de la poesía. En toda la obra poética de Góngora se encuentran neologismos y complicadas metáforas. Sus obras, ‘Soledades’ y ‘Fábula de Polifemo y Galatea’, contienen numerosos artificios y cultismos. En su época, Góngora fue muy elogiado pero también atacado por su estilo bastante enredado. Sin embargo, la importancia de este poeta es de tal dimensión que existe en una universidad española un doctorado en Góngora. Además, el culteranismo se conoce también como gongorismo.

Dentro del período del Siglo de Oro, particularmente en prosa narrativa, se sitúa a Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), considerado el padre de la novela moderna. Otra característica del barroco español fue la contraposición entre realismo e idealismo, que alcanzó su máxima expresión precisamente en ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’.

En la dramática del Siglo de Oro español se destaca Pedro Calderón de la Barca (1600-1681). Comenzó siguiendo las normas que Lope de Vega impuso para el teatro pero en su madurez enriqueció la escena con el aporte de rasgos personales. Alcanzó gran importancia en el empleo de novedosas técnicas escénicas. El decorado, el exceso de elementos en la escenografía para sus dramatizaciones es ejemplo de arte barroco. Sus obras importantes son: ‘La vida es sueño’ –conocida también como ‘Soliloquio de Segismundo’–, ‘El alcalde de Zalamea’, ‘El mágico prodigioso’ y ‘El gran teatro del mundo’. Después del Clasicismo y el Barroco, la literatura española se interesó más por las normas literarias, la creación de Academias y Diccionarios antes de que apareciera el Neoclasicismo, en el siglo XVIII.