Freddy Rincón: una “espiga” que el viento nunca rompió

Freddy Eusebio Rincón Valencia, nacido en Buenaventura, el 14 de agosto de 1966, encarnó eso que hoy se llama “resiliencia”, pero que no es otra cosa que pararse siempre que se cae, enfrentar las adversidades, y en colombiano, la “berraquera” para asumir los desafíos, como en las canchas donde jugó al fútbol.

Su fallecimiento en Cali, es lamentado por el país entero y por el mundo del deporte.

Rincón saltó al profesionalismo con Independiente Santa Fe en 1986, y en 1987 conformó ese equipo que terminó en tercera posición al mando de Jorge Luis Pinto, cuando los torneos duraban un año y el fútbol era otro.

En ese año, y conservando la tradición de poner sobrenombres a los jugadores del balompié, acción que inmortalizara el ‘Campeón’ Carlos Arturo Rueda C., el también locutor Sergio Ramírez García lo llamó “La Espiga” Rincón, por lo alto y resistente; como las de trigo que el viento puede doblar, pero nunca romper, dijo el narrador en su momento.

Pero tuvo otros motes radiales más prosaicos, como el “Kilométrico” Rincón, por su misma contextura alargada y con la fortaleza de “aguantar” (O recuerden el uso extremo que se les daba a los esferos de esa marca comercial).

Y vino su consagración en el Mundial de Italia 90, con ese grito, al hacer el gol del empate ante la poderosa Alemania, en la última jugada de un partido que nunca se olvida.

Un grito salido del alma, puños bien apretados y más de 30 millones de gargantas desgarrándose de la emoción. Un país unido por un sentimiento. La figura de Freddy Rincón corriendo hacia uno de los banderines de esquina del estadio Giussepe Meazza, de Milán, y detrás de él, Luis Alfonso ‘El Bendito’ Fajardo, Carlos Valderrama y, al final, toda una selección abrazada, celebrando un gol antológico frente a la Alemania de Franz Beckenbauer, que, en ese mundial saldría campeona invicta, y tan solo Colombia fue la única selección que le supo empatar, y casi ganar (El gol que desperdició la ‘Gambeta’ Estrada no se podía creer).

Ese martes 19 de junio el sol brilló en toda Colombia, un país que sonrió gracias al pase milimétrico, entre líneas, de Valderrama hacia Rincón y la definición del 19 entre las piernas del arquero alemán, Bodo Illgner. Un día de júbilo; un 1-1 que hizo que el pecho de toda una nación se inflara de orgullo; un marcador histórico para el balompié colombiano, que hasta esa fecha en la historia de los mundiales tenía como máximos logros el empate 4-4 contra la Unión Soviética, en Chile 1962, y ya en Italia 90, la victoria 2-0 frente a Emiratos Árabes Unidos.

En adelante, Rincón, ‘El Coloso’ de Buenaventura, un hombre de 1.94 metros de altura como si hubiera sido esculpido para el deporte, de mirada serena, nariz ancha y sonrisa fácil, se metía en los libros de fútbol en el país. Ese gol se convertía en el más importante de la historia, por encima del icónico olímpico de Marcos Coll, en Chile. Una anotación que servía para que el seleccionado nacional clasificara, por primera vez, a unos octavos de final de un campeonato del mundo y el fiel reflejo de que, para cumplir sueños, el camino se labra con trabajo y dedicación.

Su vida

El menor de los siete hijos de Rufina Valencia y Rafael Rincón nació ese 14 de agosto en la Ciudad Puerto. El fútbol fue esencial y permanente en su vida, gracias a este deporte expandió su camino, comenzó a jugar en el Atlético de esa ciudad, allí demostró su gran potencia, técnica, velocidad y esa inteligencia que siempre lo caracterizó en los diferentes estadios a nivel nacional e internacional. Era un delantero envidiable, con talla y buen pie. Fue el abrebocas de lo que sería una carrera llena triunfos y muchas alegrías.

Con apenas 19 años llegó a Bogotá para hacer una prueba en Independiente Santa Fe, equipo en el que potenció sus habilidades con Alfonso Sepúlveda. Fue el inicio de su carrera deportiva en serio, porque fue donde aprendió a jugar en diferentes posiciones y entendió la importancia de hacerlo. Así que, sus presentaciones en la zona defensiva, de ataque y en la mitad del campo siempre fueron notables, abrió los ojos de propios y extraños, que aprendieron a aprovechar esa capacidad de saber ubicarse. Sin embargo, en el lugar en el que más brilló fue como volante mixto, siempre en un constante ida y vuelta, laborioso de principio a fin, como la vida misma le enseñó: ‘Trabaja duro, en silencio y deja que tu éxito haga todo el ruido’.

Debutó como profesional en 1986 y sus zancadas y su entrega constante hizo que los seguidores del cuadro cardenal lo subieran a un pedestal. Precisamente, esa forma de jugar hizo que Francisco Maturana pusiera sus ojos en él, solo a un mes de jugarse el Mundial de Italia. Tan bueno fue su rendimiento con el combinado nacional, que se ganó un puesto para el campeonato y el partido contra Alemania fue su consagración. Después, las puertas del mundo se abrieron de par en par: su camino lo llevó por el América de Cali, Palmeiras, de Brasil, Nápoles, de Italia y Real Madrid, de España, se convirtió en el primer colombiano en jugar en el club merengue y, además, en el primero en debutar en la Liga de Campeones, en la temporada 1994-1995.

También pasó por Corinthians, Santos y Cruzeiro y fue considerado como uno de los mejores futbolistas extranjeros que han pasado por el balompié brasileño. Un ícono que hizo latir con fuerza los corazones de millones. Un referente que marcó historia. En total, jugó 675 partidos oficiales, en los que anotó 169 goles, 17 de ellos con la selección de Colombia, con la que jugó los Mundiales de Italia 1990, Estados Unidos 1994 y Francia 1998. Además del gol a los alemanes, abrió el camino esa tarde del 5 de septiembre de 1993, en la eliminatoria para el Mundial de Estados Unidos, con el primero de los cinco goles que se comió Argentina y a la que mandó al repechaje con Australia. Fue su tarde soñada porque hizo otro tanto.

Su carrera estuvo llena de grandes gestas, la más importante de ellas el título de la Copa Libertadores, en 2000, cuando era capitán del Corinthians, el ‘Timao’, que llevaba décadas de sequía campeona.

Colombia lamenta la partida de un coloso que fue el responsable de muchas alegrías, de días de encanto, de ensueño y que llevó el nombre del país a lo más alto e hizo que sonara a lo largo y ancho del planeta. Se va el profe, el amigo, el compañero. Se va Freddy Eusebio Rincón, un grande e histórico del fútbol colombiano.