La apuesta cierta en Colombia es la de un nuevo país

Hoy más que nunca, Colombia necesita de sus mejores hijos y de sus mejores ciudadanos para escribir las mejores páginas de la historia nacional. Desde los extremos todos son conscientes que el país requiere un cambio extremo. Todos anuncian que atrás debe quedar el escenario de violencia, terrorismo, narcotráfico, guerrilla, paramilitarismo y corrupción administrativa. Igualmente, la pobreza extrema en las regiones periféricas apartadas y de provincia.

No más muerte de niños por desnutrición e inseguridad alimentaria y nutricional y todas sus patologías asociadas. También debe quedarse atrás ese centralismo aberrante que convierte a las regiones en la otra Colombia, como si viviéramos en dos países, uno de la realeza y la rancia aristocracia del páramo de las papas, y otro, de la plebe y el pueblo raso.

Pero no se trata de tomar decisiones con los arrebatos de una vida loca, llenos de ira y rebeldía, sino más bien, con cabeza fría y poniéndose la mano en el pecho y el corazón, pensando en el futuro de la patria. No tomando decisiones con rabia ni por pasión, sino con la razón de por medio.

 Todos queremos vivir mejor y en un mejor país, y todo lo que hacemos, es atesorando fundamento para el porvenir, y en búsqueda de un mejor bienestar. Pero recordemos que el futuro se construye hoy para vivirlo mañana, y visionarlo, y planificarlo, nos evitaría padecerlo. Porque recordemos que, después de árbol caído no hay magnificas que valgan como dice el viejo refrán.

Hay que encontrar el camino correcto, aprendiendo de los errores del pasado. Sin estigmatizar a unos e idolatrar a otros. Todos sin excepción me atreverían a afirmarlo, tenemos dibujado a ligeros pincelazos un país en nuestra mente. Pero ese escenario no es así de fácil lograrlo, poner de acuerdo a unas mayorías tampoco, pero la apuesta cierta, es la de un nuevo país desde todos los extremos. Seguro estoy, desde el punto de vista de la doctrina más sana y con un alto sentido humanístico del desarrollo, que todos los colombianos sueñan con un país nuevo y decente, donde quepamos todos, con nuestras diferencias y coincidencias.

Un país con nuestra gente maravillosa viviendo en paz y con seguridad, sin odios ni rencores ni deseos de venganza. Un país donde se reconozca al otro en medio de las diferencias. Un país de regiones que debe focalizarse con políticas públicas con enfoque diferencial y gobernarse desde los territorios, y no, desde los escritorios de la fría capital. Colombia requiere un moderno régimen presidencialista con una visión clara de país, alto sentido del pragmatismo y espíritu de desarrollo y progreso. Un régimen que no se quede en el diagnóstico, sino que se traslade al pronóstico con un plan de inversiones y un verdadero enfoque que no atomice los recursos en lo más cercano sino también en lo más lejano.

Colombia requiere un gobierno próximo con altísima representación de sus 32 departamentos y sus 1.102 municipios para que sus protagonistas hagan patria. Se requieren cosas extraordinarias para salirse de lo ordinario y el ostracismo en que ha caído la población esperando la redención del estado. Todos soñamos con el mensaje de nuestros símbolos patrios, la libertad y el orden de nuestro escudo. También la gloria inmarcesible y el júbilo inmortal de nuestro hermoso himno que no llega. Pero este escenario no lo encontramos, embarcándonos en el primer termo King que pase y lo abordamos, no. Debemos tener claro, de dónde venimos y para dónde vamos. Recordemos, que las ideas sabemos adónde nacen, pero no, adónde van a llegar.

Por eso, espero que estas reflexiones fortalezcan nuestras convicciones. Para no dejarse convencer de los encantadores de serpientes ni de aquellos que con dulces palabras y suaves lisonjas nos toman por incautos, sino que se mantengan firmes en la fe y sus fuertes convicciones.

Ladrillo por ladrillo, hombre por hombre, vamos a edificar el país en el que queremos vivir y que vivan nuestros hijos. Recordando que en vano trabajan los arquitectos y gobernantes, si Dios no edifica el territorio donde vamos a vivir, y también si comprendemos las palabras del que murió en la cruz y cambiamos interiormente, solo así, cambia nuestro país. Sin crear en el imaginario colectivo ídolos de barro que se desvanecen con el paso del tiempo, cercanos a Dios construimos mejor ciudadanía y mejores gobiernos para la posteridad.