Reconocimiento a los Maestros en su día

Cada año se celebra el día del Maestro o Educador, palabra que los estudiantes alternan con Profesor y muchos terminan convirtiéndola en el cariñoso ‘Profe’. Se ha escogido el 15 de mayo para recordarnos que en la niñez y en la juventud tuvimos personas que nos guiaron por esa senda llena de incertidumbre en la cual se confía más en el consejo sabio del Maestro que en las palabras protectoras de los padres.

Pero… ¿quiénes son los Maestros? Verdaderos Maestros son los siete sabios de Grecia. Tales de Mileto nos dice: “Rechaza lo deshonesto. Antes de mandar, aprende a gobernarte”. Esta enseñanza, promulgada en el siglo VI antes de Cristo, debería imperar entre los colombianos. Solón el Ateniense afirma: “Sé escrupulosamente honesto: vale más que la palabra dada. No mientas. Sea lo que fuese lo que sepas, acepta callar”.

Pítaco de Mitilene nos advierte: “No hagas lo que reprochas a los demás. Ama la instrucción, la moderación, la prudencia, la verdad, la buena fe, la experiencia, la habilidad, el arte…” Bías de Priene nos aconseja imponer lealtad a nuestras palabras, discreción en los silencios y equidad a nuestros juicios. Otros maestros de la antigua Grecia, como Quilón el Lacedemonio y Periandro de Corinto nos hablan al oído. El primero dice: “Conócete a ti mismo. Que tu lengua no se adelante a tu razón”. Por su parte, Quilón sentencia: “La ganancia deshonrosa es mancha contra la naturaleza”; y agrega: “No solo castiga a los culpables; impídeles que reincidan”. ¡Cuánta confianza tendríamos en las autoridades colombianas si los funcionarios respectivos, en su primera formación, hubieran encontrado orientaciones como las ofrecidas por estos Maestros de la humanidad!

Cabe preguntarnos si en realidad con los actos de cada 15 de mayo se valora la actividad de esos seres abnegados. Un extenso mensaje difundido por Internet hace algunos meses, dice textualmente: “Es imposible ser un buen profesor porque… si es simpático, es un confianzudo; si es serio, es un amargado; si es joven, es un inexperto; si es viejo, está pasado de moda; si bebe, es un borracho; si no lo hace, es un puritano aburrido; si conversa con todos, es un averigua-chismes, un parlanchín; si no es locuaz, es un creído; si concede permisos, tiene preferencias; si no los concede, es insensible e inhumano; si es estricto, no le satisface nada; si no es estricto, es un mediocre; si exige cumplimiento, es un mandón; si no lo hace, es un incapaz; si recorre la institución educativa, quiere exhibirse; si permanece en el aula, es un inerte profesor de escritorio; si defiende la moral, es un mojigato; si no lo hace, es un alcahuete; si busca mejoras, ‘no le gusta nada de lo que hay, es un anquilosado e indiferente’; si menciona sus títulos, es presumido; si no lo hace, es un analfabeta favorecido; si fomenta la investigación, ‘acosa a los estudiantes’; si no procede así, ‘le da miedo profundizar en los temas’; si se expresa con propiedad, es un sabelotodo; si no lo hace, no es idóneo en su materia; si trabaja a conciencia, es un regalado; si trabaja solo lo necesario, ‘roba a quien le paga’; si colabora, es un ‘cepillero’; si no colabora, es un egoísta; si hace amigos, ‘¡aquí se viene es a trabajar!’; si no los hace, es un asocial; si progresa, ‘quién sabe a qué más se dedica’; si no progresa, ‘quién sabe qué hace el sueldo’.

Conclusión: Para ser buen profesor se requiere la sabiduría de Salomón, la paciencia de Job, la sordera de Beethoven, la sonrisa de la Mona Lisa, la mansedumbre de san Francisco, la astucia del zorro, la actividad de la abeja y el valor del león”.

Aunque los maestros no esperan elogios ni agradecimientos por su perseverante labor, es pertinente en esta fecha citar las palabras de Albert Camus, premio Nobel de Literatura de 1957, dirigidas a su profesor de primaria, Louis Germain: “Cuando supe la noticia pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido”.