La encomienda

Y como todo tiene su precio, en estos lares se paga, y con creces, el crecer toiticos juntos y revueltos, como una sola familia.

El límite del deber ser y lo que efectivamente es suele perratearse sin remordimiento alguno, porque todos se sienten con derecho de poner y disponer en la vida ajena con ese cuentico trillado y heredado de nuestras matronas, de «él no me niega un favor a mí» y así: «como quien no quiere la cosa», decir ¡NO! es imposible, porque la crítica te cae encima y te tachan de nega’o, te sacan los favores ancestrales que obviamente, desconocías, y te amenazan con esperarte en la bajadita de las vueltas de la vida.

La encomienda es sin duda el más engorroso de los favores. Pedido sin pena ni gloria, y cuyo descaro es directamente proporcional a los años de quien la pide; pues por temas prácticos, la nueva generación difícilmente solicitará a otro lo que no quiere le sea solicitado a ellos: encartarse con cajetas.

En este orden de ideas, es mejor que guardes como un secreto de Estado la fecha y destinación de tu próximo viaje, porque entre los encargos y encomiendas que se te vienen encima, el diminuto espacio que tienes destinado para tu equipaje, sumado a las enormes restricciones que día a día crece entre las compañías aéreas, de vaina si te queda puesto pa’ un calzón y más te vale que no sea un matapasión, cachetero o culo contento.

La encomienda te llega a tu casa, con un aviso embustero, con la promesa de que es una cosita pequeña, que ni pesa y ni hace bulto… ¡Paja! Caíste derechito en la trampa: pesa, hace bulto, puya y huele a manío, pues hasta cazón y camarones, con todo y cáscara, son capaces de encomendarte y Ayayay de que te atrevas a decir que no, así que resígnate y prepárate para lavar esa ropa perfumada y almidonada que empacaste y que pestífera a tu destino ha de llegar.
Y uno con lágrimas en los ojos, hasta saca su frasquito de dulce, pa’ hacerle espacio a lo ajeno.

Eso no está en el orden mi tía, ¿cómo le va a mandar un gajo de guineo verde al primo? No hay puesto, tengo sobrecupo… ¡Nada! Me figuró; más me costará la multa que el mismo cayeye.

¿Y qué le vamos a hacer? Aprender a decir que no, yo no puedo. Me rindo y derrito ante la majestad de la autoridad de unos cabellos de plata y la profundidad de la mirada sabia de mis tercos y temosos mayores, y así sea en la mano, le llevo su encomiendita, que de ‘ita ita’ tiene pocón pocón, y me encarto, sin piedad, con el encargo y capaz y hasta me toca llevarlo a la puerta del pechugonazo y bojulerdo que estaba antojado de su arroz de camarón, así que los platos rotos, los pagué todos yo.

Ay ombe, resulta y pasa que me han invitado a una parranda capitalina, en la fría, y al llegar al apartamento y abrir la puerta me pega un olor sabroso de culinaria guajira. Pues resulta que en la parranda estaba también el primo y no dudó en compartir su encomienda con los paisanos, así que más rápido que inmediatamente, terminé raspando el cucayo del arroz, hecho con los camarones que viajaron cómodamente en mi maleta y en un santiamén la rabia de la necedad se me pasó con la primera cucharada de los sabores de mi tierra.