La misión de Jesús y su Iglesia

Mientras más estudio la Biblia, más me convenzo que fe y política van de la mano como un matrimonio que se ayuda mutuamente. Duras son palabras del profeta Amós2, 6-8, con las cuales exhorta al rey y poderosos gobernantes de su tiempo, denuncia siete pecados de Israel, cinco de ellos referidos todos a la explotación de los más pobres e indefensos y los dos últimos son fechorías que paradójicamente después de cometerlas osan presentarse a la casa de Dios, para llamar o invocar su Santo Nombre, es como presentarse con las manos y conciencia manchadas de sangre, mientras se cree tener la boca limpia ante Dios.

Llegados al Nuevo Testamento, Lucas presenta el  programa de la vida y misión de Jesús sobre la tierra, encomendado por su Padre Dios, cuyo centro, no es otro, sino la Liberación Integral  de los seres humanos de todo aquello que lo aliena o esclaviza, sea una realidad personal o una estructura colectiva institucional, económica, social, política e incluso religiosa, que lo deshumaniza y hace menos persona,  Lucas 4, 16-20.

En dicho texto, se señalan cuatro aspectos que explicitan la Unción de Jesús por el Espíritu para realizar su misión liberadora: 1. Anunciar el Evangelio a los pobres, física y espiritualmente, es decir, Anunciar la Buena Noticia del Amor de Dios a todos, un amor que no es indiferente al sufrimiento humano, sino que se hace solidario, lo asume y redime; 2. Proclamar libertad a todos los que se encuentran bajo cualquier tipo de opresión, sea económica, social, política e incluso religiosa; 3. Devolver la vista a los ciegos, es decir, abrirles a un mundo más bello, justo, bueno, verdadero y digno como el que Dios ha deseado desde siempre para todos, pero que el hombre en su egoísmo ha destruido, excluyendo  a los más débiles y vulnerables; 4. Proclamar el Año de gracia del Señor, esto es el jubileo del amor de Dios, que según el Antiguo Testamento, ordena perdonar las deudas, restituir la tierra a los sin techo, restablecer su identidad y dignidad a todos.

Si esta es la misión de Jesús, será también la misión de todos sus seguidores dentro o fuera de la Iglesia. Jesús con su amor viene a liberar a todos: al rico, poderoso o ambicioso que pone los bienes por encima de las personas, Cristo lo libera de su egoísmo, avaricia e indiferencia ante los demás; y al pobre de su miseria física y moral. Bien y mal cohabitan al mismo tiempo en cada ser humano, sea pobre o rico. Esto nos deja ver claramente que Jesús no vino a promover una lucha de clases sociales y a instaurar una revolución que excluye a ricos para dar preeminencia a los pobres, sino a establecer un nuevo orden de relaciones humanas, en el que todos podemos reconocernos como hijos del mismo Padre Dios.

En consecuencia, podamos vivir como hermanos todos, sostenidos por la solidaridad, empatía, búsqueda del bien común, desarrollo y progreso integral de todas las personas en un mundo más justo, fraterno y humano. Por ello, desde la fe se ha de exhortar al poder político, sea cual fuere su ideología, izquierda, centro o derecha, a servir al pueblo y no a servirse de él. Así mismo, recordarles que la política es una forma sublime de hacer el bien, un instrumento poderosísimo dado por Dios para buscar el desarrollo de todos. Mal haríamos al ser indiferentes al mensaje central de Jesús. Porque Dios quiere salvación para el hombre en esta tierra y en el cielo, no podemos solo predicar un cielo futuro, mientras muchos viven un infierno sobre la tierra… Cristo trae una salvación “acá y ahora” que alcanzará su plenitud en la eternidad. Pues si no es así, ¿qué clase de Dios es uno, que se hace indiferente al dolor y tragedias de sus hijos?

Es errado depositar una esperanza ciega en un líder político como si fuera un ‘Mesías’ capaz de dar salvación plena a todos, porque esto solo lo hace Dios en su perfección. Pero tampoco se puede por ello, renunciar a causas políticas que anticipen en fracciones temporales, a través de justas obras de liberación humana, la salvación eterna deseada por Dios.

Invito pues a cada uno a ejercer su derecho y deber ciudadano al voto en las próximas elecciones, que cada uno lo haga de forma pacífica, consciente, voluntaria y libre. Porque como dicen los obispos de Colombia: “Podemos avanzar como país si en este proceso democrático participamos todos. A pesar de nuestras circunstancias, el voto es la herramienta sin violencia más poderosa que tiene una sociedad democrática para determinar su futuro; cuando votamos, hacemos que nuestras voces sean escuchadas”.