Édith Piaf: símbolo de la canción universal

Hace unos días vimos un anuncio atrayente que nos invitaba a un espectáculo cultural muy importante. Decía: “Con más de un millón de boletas vendidas y más de cuatrocientos conciertos en cincuenta países, llega a Colombia ‘Piaf! The Show’”.

Los organizadores de tal evento no han ahorrado esfuerzos para presentarnos de la mejor manera a la cantante francesa más famosa del siglo XX. Sin embargo, consideramos pertinente y de gran ayuda plasmar en esta columna una semblanza de esta cantante, compositora y actriz.

Detrás de la fama que no ha podido opacar el tiempo se esconde la vida de un ser a quien el éxito y el fracaso rodearon por igual. Édith Piaf vino al mundo bajo la luz mortecina de una farola en la calle Belleville, sórdido sector del viejo París. Se dice que la madre no alcanzó a llegar a un hospital cercano. Corría el año 1915; su primera cobija la tuvo en la capa de un gendarme que prestaba servicio en dicha calle. Era hija de padres alcohólicos: un contorsionista y una mujer italiana que actuaba en hoteluchos de mala muerte. El verdadero nombre de nuestro personaje destacado hoy era Édith Giovanna Gassion. Estaba muy niña cuando sus progenitores decidieron separarse; quedó entonces bajo la tutela de la abuela materna, extremadamente pobre.

Édith Piaf quedó ciega a los pocos años de nacida pero más tarde recuperó la vista. A los diez años empezó a cantar por la calle, especialmente La Marsellesa, himno nacional de Francia. Con su media hermana Simona, vivió de la mendicidad por algún tiempo. En 1935, cuando tenía veinte años, estaba cantando en una avenida muy concurrida de París cuando la descubrió el propietario del prestigioso cabaret Gerry’s, el señor Louis Leplée, quien se convirtió en su protector y le enseñó cómo dominar la actuación en el canto. Sin embargo, la suerte de Édith se terminó cuando apareció asesinado el señor Leplée y las autoridades asociaron su muerte con los amigos que ella había conocido en los barrios bajos de París.

Pocos momentos de felicidad tuvo esta famosa cantante. Uno de ellos se lo proporcionó el poeta Jean Cocteau, al escribir “Le bel indiférant”, canción que la envió al estrellato; sin embargo, más conocidas son “Hymne à l’amour”, “La vie en rose” y “Non, je ne regrette rien”. Un dato curioso: Cocteau y Edith Piaf fallecieron el mismo día, en 1963.

La cantante cada vez que sufría un fracaso se refugiaba en los vicios. De esa manera coleccionó una conocida serie de amantes y cayó con frecuencia en la prostitución. Esta alternancia de pequeños éxitos y fracasos convirtió en azarosa la vida de la artista. Acudió a socorrerla el letrista Raymond Asso, quien se convirtió en su amante. Por esa época recorrió Europa y América en giras exitosas. Entabló amistad con la actriz alemana Marlene Dietrich y se convirtió en gran dama de la canción francesa.

Un aspecto destacado de la famosa cantante fue su amplio espíritu de solidaridad. Tal desprendimiento la llevó a proteger y a prestar ayuda a jóvenes artistas: Yves Montand, Charles Asnavour y Georges Moustaki. Se convirtió en amante de todos ellos; pero su gran amor fue el boxeador Marcel Cerdán, a quien conoció en 1946 en Nueva York cuando ambos saboreaban el éxito. Sin embargo, Cerdán murió en un accidente aéreo y Edith Piaf volvió a caer en los vicios, cada vez con amantes más jóvenes. Alguien dijo de ella: “Inunda los escenarios interpretando canciones desgarradoras y crueles que conmueven al auditorio. Invadida por la emoción, casi siempre al borde del llanto, no necesita fingir; solo se deja llevar”.

El 10 de Octubre de 1963 murió la cantante a quien Leplée había llamado Môme o Pequeño gorrión. Su sepelio congregó a 40.000 personas que la acompañaron al cementerio de Père Lachaise, en París, no lejos del lugar donde un gendarme nocturno la había abrigado con su capa al momento de nacer.