Mi balón, recuerdos de aquellos tiempos cuando se vivía sabroso

“Recordé los tiempos de la bola de cristal, las noches bonitas cuando jugaba cacho; bonita es la vida cuando uno está muchacho, nada le preocupa ni tiene en que pensar”. Canción: ‘Recordando mi niñez’ de la autoría de Camilo Namen.

El tema que ocupa nuestra atención será irrelevante para algunos, pero para mí es trascendental, el amanecer del 22 de septiembre, está en mi primer pensamiento del día Evaristo mi padre, aquel día cuando yo había cumplido mis primeros nueve añitos, fue cuando mi padre regresó de Bogotá y trajo para mí un balón hermosísimo con un olor embriagador a cuero nuevo, era negro con blanco, de esos que solo veíamos en los periódicos porque no teníamos televisor, lo marqué con tinta china, “Este balón me lo trajo papá el 22 de septiembre de 1972”.
Fue aquella fecha diferente para mí, un acontecimiento importante para mi alma transparente como el agua, llena de inocencia supina, recuerdo que apenas lo sacaba de la malla en la cual me lo trajo para mostrarlo, y regresaba a su empaque especial, era una especie de mochila escarralada de curricán, lo mostraba y mis amigos de juego me pedían que lo sacara para jugar a lo cual yo no accedía para que no se ensuciara de tierra, mi padre enterado de la situación me insistió que lo sacara que eso era para jugar con ellos pero no me pudo convencer, le decía que si vino en esa tulita es porque la necesitaba, lo exhibía más orgulloso que las greñas de las muchachas de mi escuela cuando las peinaban con Aceitillo Ecla, después lo escondía de nuevo, tengo claro desde chiquito que las más grandes alegrías se reciben con los pequeños detalles.
Aquella noche septembrina, mi balón permaneció en el lugar más seguro que encontré para él, guindado de la cabecera de mi hamaca, si yo no me movía el tampoco lo haría, fue difícil conciliar el sueño pensando en aquel acto de generosidad de mi padre con el Nene de la casa, era la ratificación de su inconmensurable amor para este cuerpecito que le había prometido ya a su madre que estudiaría para ser Rey, así como ella lo fue sigue siendo la Reina mía.
Mientras las horas pasaban con desesperante lentitud, los grillos cantaban, los perros ladraban y unos murciélagos que de vez en cuando aparecían por el caballete de nuestra casa vieja con cubierta de zinc cuchicheaban, yo rogaba a Dios para que amaneciera, finalmente el sueño me venció, hasta cuando pude ver nuevamente las primeras hendijas con luz del amanecer, lo que indicaba que ya casi podría continuar en mi propósito de llevar mi balón al vecindario, pero solo para que lo conocieran, el gallo de pescuezo erguido que permanecía en el patio de la casa como celoso acompañante y pisador de las gallinas de mi vieja con su canto confirmó que mis deseos de un nuevo amanecer se habían cumplido.
Con mi alegría desbordante por ese regalo que vino para mí de aquel lugar lejano a donde solo mi padre era capaz de viajar, reinicie el disfrute visual del que creía seria mi compañero inseparable, lo cuidaba como un tesoro, pero una vaina piensa el burro y otra quien lo está enjalmando, sucedió que mi vieja me mandó a llevarle al medio día el almuerzo a “Mama” mi abuela experta hacedora de tabacos con las ramas que le proveía su amiga Arminda Gutiérrez, para que la preciada esférica no fuera maltratada por el sol la dejé encima del escaparate que con madera de Roble hizo al gusto de mi madre don Julio Reinoso, al regresar, mi corazón se aceleró, un vacío de indescriptibles connotaciones se apoderó de mi pecho, la boca quedó más seca que tinaja de adorno, el motivo no pudo ser otro, mi nuevo distractor había desaparecido de su lugar, gravísimo porque en aquel tiempo a los aposentos de las casas de los pueblos no entraba cualquiera, nadie daba razón, pero el primer sospechoso lo descubrí enseguida, Ángel, mi hermano estaba desaparecido, nadie supo para donde andaba, comencé a averiguar sin encontrar rastro, tiempo después, no supe de donde apareció, estaba sentado en la mecedora que permanecía en el zaguán de la casa leyendo un periódico, no le dije nada, lo observe con cautela, y dije para mi “Esa cara no parece del ladrón de un balón” , y seguí las averiguaciones, rato después desapareció otra vez, ahí mis alarmas volvieron a dispararse, y providencialmente llegó a la casa, el primo Eduard Medina “Chariscuto”, le pregunte si lo había visto, y me dio la noticia trágica que él se encontraba en el campo de futbol jugando y la complemento contándome “que estaba estrenando balón”.
Enterado donde estaba el cuerpo el delito, barajusté con la velocidad del perro envenenao con panela, allá encontré al ratero en flagrancia y pude ver con dolor en mi alma como golpeaban a patadas inmisericordemente mi bola pechichona, la que había pasado una noche placida colgando de mi hamaca rayá, emprendí las ritualidades para su decomiso, entré a la cancha y me aplicaron el jueguito de la gallina ciega, me hicieron una tocata, el uno le pasaba la bolita al otro y yo corriendo detrás llorando, me hacían gambetas, sombreritos y driblin hasta que cansado e impotente tuve que regresar a mi casa con las manos vacías, “lo acuse con papá” el con toda razón “se indignó por lo sucedido”, me consoló diciéndome que iría a Bogotá otra vez para traerme uno más bonito, que sería para mi solito, pero mi mayor satisfacción fue cuando me dijo que a Ángel por lo que hizo lo regañaría “Muy fuerte”, yo sabía que mi padre no le pegaba nunca a uno, pero cuando nos mandaba a sentar frente a él y nos decía “Oiga mi querido amigo” ya uno sabía que la vaina era grave, Ángel no escaparía al banquillo pa’ que respete.