‘Juancho’ Rois se nos fue muy joven

Aquella madrugada triste del 22 de noviembre de 1994, me desperté temprano, era martes, debía ir a trabajar y como de costumbre encendí mi pequeño radio para escuchar las noticias con el alma desolada dejé que el dolor brotara en lágrimas.

Inmediatamente pensé en Humberto Rois Fernández, no sé por qué mi conexión con ‘Juancho’ es ‘Humbe’, quizás porque era al único miembro de la familia que conocía muy bien, fue gran amigo de mi madre, copartidarios políticos, nos visitaba en Las Peña. De hecho, fue para un Festival de La Patilla, que ‘Humbe’ llegó con Juancho a La Peña y tuve la oportunidad de tratarlo. Hoy pensando en ese día concluyo que, ‘Humbe’ pretendía a Rosa mi hermana, bailaba con ella, Tomasa y Rocío (mis hermanas mayores) debían tener novio y estar bailando con ellos, siendo Vicky tan alta, quedaba yo, jajajaja creo que por eso Juancho bailó conmigo, recuerdo que no era el gran bailarín y bailaba tan apretado que me ahogaba.
Siempre veía a Juancho desde muchacho, yo de niña, donde Rosa María de Rois, su abuela, los caprichos de mi memoria antigua registran a un muchacho con pantaloneta azul, bastante corta, y los pies descalzos, uno en el suelo y el otro sobre un banquillito, y sobre esa pierna levantada, el acordeón.
Quise escribirle una crónica a este gran músico, que sin duda ha marcado un estilo entusiasta, festivo, alegre a cada obra que interpretó y sabiendo lo que Juan Humberto significa para su tío y figura paternal Humberto Rois Fernández, voy a llevar esta desde el corazón de ‘Humbe’, así que le pregunté: ¿Cómo fue que tú terminaste siendo esa figura paternal y de autoridad en la vida de Juancho?
‘Humbe’ cuenta que a Juan Manuel ‘El Negro’ Rois Fernández, le gustó el asunto de los carros (su papá tenía varios, para el novio de mercancía), entonces no estudió y se dedicó a trabajar. “Andaba con plática en el bolsillo, con carro, con la mejores prendas, y de ñapa era muy festivo, bailador y en esas jornadas de disfrute de su juventud, se topó con Dalia Zúñiga, ella una mujer blanca, atractiva, también festiva y bailadora.
Allí nació ese romance y quedó Dalia embarazada, que se convirtió en un escándalo en la sociedad de entonces, porque la familia de la dama no se resistía a soportar semejante falta, de que la joven estuviera embarazada sin que mediara un matrimonio, eso lo superaron a través de los mediadores y finalmente ella se fue a vivir a una casa aquí en San Juan y él se comprometió a suministrarle todo lo que necesitara la mamá de Juancho, y para no alargar el cuento, el siguió viviendo su vida de soltero, con nosotros allá en la casa, no hizo hogar con Dalia, así que Juancho nació en un hogar disfuncional, al nacer no tenía la figura paternal y al final la maternal también porque en los primeros meses de vida, la mamá creyó que seguramente no tendría un futuro apreciable aquí en San Juan, para entonces la costumbre era ir a trabajar a Venezuela y Juancho vino a vivir con nosotros, con mi mamá, pero quién se responsabilizó de hacer el papel de madre sustituta, madre de crianza, que decíamos, fue Carmen Rois Fernández, mi hermana mayor. Así creció Juancho rodeado del cariño de todos”. Contaba Humberto.
Seguía Humberto Rois, su relato llegando al momento en que Juancho es llevado a estudiar su kinder a Bogotá: “Judith y Nelly, conmigo, nos llevamos a Juancho, tendría 5 o 6 años, salió de la custodia de Carmen para la nuestra, sobre todo de Nelly que era la pedagoga… a Nelly se le ocurrió que quería aprender a tocar acordeón y se valió del Negro, el papá de Juancho, que era el del dinero, para que le regalará un acordeón, recuerdo que era una concertina, un acordeón de esos de tecla, grandísima. Ella se metió a una academia a aprender música y ahí con sus primeras lecciones y su manera chapuciada de darle y darle más o menos iba aprendiendo algo, pero parece que no era algo de su dominio.
El señor Juancho Rois que estaba por allá con nosotros, el veía y veía, observaba y observaba y en algún momento dejo de ver y observar, del estuche sacó el acordeón de su tía y empezó; y oh sorpresa!! Ese si tenía el don y no necesitó de profesores, empezó a sacar notas y eso fue casi que instantáneamente, cuando contamos a la familia lo que estaba pasando, su papá de navidad le regaló un acordeón de dos hileras y era tan extraordinario ese acordeón, mira tú, recuerdo a Juancho Rois ya grande, sabiendo tanto de los instrumentos, que tomó ese acordeón y le sacó todos los pitos y se los puso a un acordeón profesional.
Quedó el esqueleto de su primer acordeón allí en la casa de recuerdo; bueno hasta que cuando llegó su esposa, está tía Nelly, ni corta, ni perezosa, se lo entrego a Jenny y ya después de entregado quien la iba a desautorizar. Está allá en manos de su hijo. Allí quedó su primer acordeón. Claro ese acordeón inmediatamente lo fue dominando, tanto que se impuso la necesidad de uno profesional, en una colecta de los tíos tantos por vía de consanguinidad, como de afinidad y se le compró un acordeón profesional y después le regalaron uno y otro, porque empezó a destacarse como un gran acordeonista.
En El Copey recuerdo en una época que mis hermanos sembraban algodón por allá, que hubo quien sorprendido por la forma en que tocaba Juancho, tuvo a bien regalarle un acordeón y así llegó a tener diferentes acordeones”.
Entre anécdotas y datos históricos llegó al punto, con gracejo encantador. “Ahora sí, yendo a lo que me preguntaste, no creas que me he olvidado, pues, yo era el hombre de la casa en Bogotá y me fui convirtiendo en su protector, en su figura paternal, teniendo yo 10 años más que el. Ahí vienen esas historias conocidas, que nacen del hecho que Juancho por su pasión por el acordeón ya no lo podíamos retener en casa, digo yo más bien que quería aprovechar cada oportunidad para tocar en público su acordeón; fue cuando se dijo que Juancho se escapó de la casa, que fue verdad, porque se fue sin avisar, pero yo que lo conocía, presumí donde podía estar y fui a buscarlo, ya él estaba en Bachillerato en el Colegio Militar Caldas por allá por el norte, allá fui a dar y de manera muy sutil hice creer que yo sabía dónde estaba Juancho, le pedí al rector el número del amigo de él, donde creía que estaba, un muchacho riohachero él, apellido Maya, lo llamé y le dije muy seguro que yo sabía que Juancho estaba con él, me dijo “Si como no, aquí está con nosotros”, me dio los datos y lo fui a buscar, allá lo encontré como cualquier parroquiano lavando sus propios calzoncillos en el lavadero, el se sorprendió y se quedó mirándolo con su carita de inocente, o de yo no fui como dicen, y me lo llevé, pero eso no duró ni tres semanas, a la segunda semana había un concurso en el programa de Animalandía, con Pacheco, los premios eran cosas menores, pero se fue y ganó, relata Juan Humberto Rois, tío de Juancho Rois.