Luz

No puedo imaginar una tierra más soleada que la península en donde crecí. Los rayos del astro rey nos acompañan eternamente fuertes y perpendiculares, recordándonos la cercanía con el Ecuador y los claros de luna, cuando llega la noche, también son fuente preciosa de luz.

Dios hizo lo suyo a la perfección y nos regaló una posición geográfica privilegiada, así que este cuento no es con Él. El lío es con la otra luz, la eléctrica.

Esta ha sido siempre intermitente en toda La Guajira y hace con nuestras vidas lo que le da su reverenda gana.

Se sabe apreciar cuando no debe y así sin son ni ton, se desaparece en el momento menos indicado:

En la final de la Copa Mundo, por ejemplo, cuando se está en la cardiaca definición por penalti; a la espera del último capítulo de Topacio, dejando así a las matronas de mi tierra con los crespos hechos, plantadas en sus mecedoras.

También en un 11 de noviembre, cuando casi que a medianoche Cartagena está en suspenso esperando reina nacional o, no menos grave aún, cuando la quinceañera baja las escaleras con su vestido rosado, rebordado por horas y horas con canutillos y lentejuelas e inician las primeras notas del Danubio Azul; justo en cualquiera de estos instantes se escucha como una sentencia de muerte el fatídico anuncio: “se fue la luz”.

Y así aprendimos a hacer peripecias y a estudiar la tabla del 7 con cabitos de vela que no ayudaban para nada a la concentración.

Es que no es por justificar la flojera escolar pero ante las sombras reflejadas en la pared de una noche oscura, cualquier muchachito se entretiene y, en vez de los números, lo que aprende a temprana edad es a hacer figuras de sombras con los dedos de las manos y es ahí donde se desarrolla la imaginación de los cuenteros y escritores de leyendas y canciones de esta península.

La falta de luz nos obliga a estar despiertos hasta altas horas de la noche en la puerta de la casa, hablando con los vecinos, para no sucumbir del calor y esperarla con ansia.

Soplamos con periódico, tapas de cajeta o de ollas y hasta con nuestras manos, con el intento fallido de refrescar nuestra existencia o espantar la mosquitera en los días y las noches calurosas.

Aún recuerdo aquellos tiempos en que esperábamos impacientes el carro de la electrificadora para que, en el mejor de los casos, solo subiera una de las 3 indómitas palancas que se había bajado e hiciera regresar, entre coros de victorias de voces infantiles y madrazos de adultos, la tan esquiva luz.

Pero siempre no era así de sencillo; algunas veces se trataba del estallido de un transformador y ya se sabía que la cosa iría para largo y resignados y sudorosos nos disponíamos a dormir, envidiando a los huéspedes de los edificios de los hoteles que desde lejos se divisaban iluminados por las plantas eléctricas que poseían.

Y luego viene la paradoja de los recibos caros en la tierra del gas y el carbón, sin contar con los electrodomésticos dañados y la cuadrilla de villanos de la empresa eléctrica con la desagradable misión de cortar la luz… los vemos llegar como los malos de la película e inicia el debate de un “ya está pago el recibo”, “la señora salió a pagarlo” o un suplicante “se vence apenas hoy”, pero no hay pero que valga e implacablemente te cortan la luz.

Los cortadores oficiales que se van por un lado y el conectador profesionalmente informal que entra por el otro y en esta tierra de Macondo, donde aprendimos a sobrevivir como sea, reaparece de la nada la luz, porque reconectarla también es una profesión tal vez no muy legal pero sí muy digna porque devuelve sonrisas.

Y han pasado decenas de años y se repite la misma ecuación, anhelando que el servicio se preste como debe ser a ver si así, por fin, dejaremos en paz a la pobre mamá del gerente de turno.