Tokokoo

Luego de ingresar por una calle larga y ancha como un teatro que revienta en un cementerio y tomar un costado en donde se escabulle una vía sinuosa, alzada al margen de la laguna como un desierto de agua y sal, sitiada por una arena amarilla y salitrosa, el camino nos conduce a la Boca después de atravesar el pueblo, territorio de mulatos altivos donde abundan ojos claros de mestizajes antiguos.

Camarones la tierra de Robles, el primer parlamentario de color de Colombia, al que acusaban de oscurecer los recintos de la democracia con su piel y que blanqueaba con su verbo fustigante la negra conciencia de los blancos de su época.  Tan liberal como todos los alcaldes que le deben agua y dignidad al pueblo, pero sin su vergüenza perversa. El corregimiento dista 17 kilómetros de Riohacha y dos mil metros de la desembocadura de la laguna, un humedal sobre el que serpentean islotes y en el que en días diáfanos se ven los picos de la Sierra Nevada de Santa Marta y en donde se pueden avistar los coloridos flamencos Rosados en su cíclica y nutricia migración mientras persiste el caudal de agua luego de las lluvias.

Nativos del lugar como Pushaina ofrecen una guianza integrada. Transportan en cayucos o botes de remo con improvisadas velas de sacos sintéticos, con capacidad de hasta 8 pasajeros para el trayecto de casi una hora hasta el santuario -bella palabra que significa refugio, donde no llega la mano del poder-. Pushaina es un wayuú de mediana estatura que a sus 60 años tiene la contextura y vitalidad de un muchacho de 20. Piel cobriza tostada, cabello lacio y cano, sonrisa fácil y desdentada; ataviado con un suéter de la selección Colombia de fútbol, pantaloneta y descalzo.

Con sus brazos impulsa el bote para introducirlo en las aguas calmas y poder embarcar a sus guiados: -solo son 90 centímetros de profundidad en la parte más honda- comenta para dar tranquilidad a los paseantes que no observan chalecos salvavidas dentro de la embarcación. El lento itinerario inicia. Pushaina, no se protege del sol, no lleva gorra, su organismo no se insola y tampoco estima necesario hidratarse con la frecuencia con la que lo hacen sus pasajeros. Cuando la brisa amaina, el viento es sustituido por la fortaleza de sus brazos que se fusionan con el largo remo para imprimir la tracción humana. Al agotarse desembarca y con su humanidad empuja el bote en su destino de asombro. 

Se sabe de memoria el trayecto para evadir los bancos de arena y juega con el viento para ir orientando la vela como motor natural de la navegación. Interviene en la conversación llenando los vacíos con su experiencia. Cuenta que los flamencos viajan desde isla Margarita, Bonaire, Aruba y Curazao todos los años en búsqueda de minúsculos crustáceos y de la artemia salina de la que se alimenta y cuya ingesta les da el pigmento rosado que lucen en su plumaje dándole esa vistosidad fantástica en medio del verde turbio de las aguas del humedal, el amarillo de la arena de los bordes y las grises nubes que como tren, pasean por el cenit.

Un silencio exuberante se ensancha en el epílogo del viaje a expensas de las 7 mil hectáreas del estuario para dar paso a la línea rosada de aves zancudas que rompen la quietud con su aleteo y el repetido Tokokoo, onomatopeya con el que los wayuú de la zona los nombran con su voz propia.

Pushaina afirma que mucha gente viene de lejos en romería ininterrumpida todos los años, pero pocos son de aquí. Nos falta descubrir nuestra maravilla interior, como dice Carpentier en su final de punzón en el Viaje a la semilla “nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte”.