El florero

Cuando la gota está a punto de  rebosar la copa, ya no hay más nada que hacer y si bien uno está como un caucho: aguanta y aguanta; hay un día en que se llega al límite y con la excusa del florero,  al primer zaperoco se esmigaja un jarrón y se exige libertad.

El esmigaje del florero aplica para la independencia de cualquier yugo, no solo el español, porque la autoridad debe radicar en la razón y cuando esta no te asiste y se impone, tarde que temprano hay rebelión y entonces no solo nace una canción bonita “no le pegue a la negra”, sino que también se liberan las naciones.

Como cuando el joven pide permiso a sus mayores, en sus ansias de libertad y encuentra como respuesta un rotundo e inamovible NO y como explicación absurda a la negativa, solo se recibe un “porque no me da la gana”…

En ese momento al pelao le hierve la sangre y  solo por un respeto adquirido acepta “momentáneamente”  la explicación.

Al minuto siguiente, respaldado por ese amigo “Tribuno del Pueblo” que nunca falta, se arma el cabildo no tan abierto y se decide una fuga por la ventana para no perderse del fundingue…

Pero ese modelo autoritario no cede con facilidad y mucho menos se rebaja a firmar  acta de independencia y de seguro que al descubrir la fechoría, correa en mano impondrá sus razones, justas o no y como el pueblo, al fin y al cabo, oprimido está, se recibe el castigo y se arrastran los grilletes hasta que el opresor lo estime conveniente.

Los cocotazos, correazos y reglazos llegaron oportunos a enderezarle el camino a muchos y aquí nadie se traumatizó o necesitó de psicólogo.

La susodicha bien puede ser un ejemplo, pues desde las monjas y hasta una vecina entrometida, pasando por tíos y padrinos, bastante que me estacaron porque siempre fui atrevida, atrevida y media y cuatro onzas más, merecedora indiscutible de más de un castigo y aquí estoy, vivita y coleando.

Quién te ama te corrige, a las buenas si entiendes rápido y a las malas si terqueas y armas berrinches.

Me encanta ver esos adultos abriendo ojo y al menor, cogiéndola al vuelo y enmendando la falta; pero me encanta aún más cuando veo a un bojulerdo de casi dos metros, agachar la cabeza a una madre que le llega al ombligo pero que con chancleta en mano y agigantada por el respeto  y la autoridad,  sacar a su grandulón de una parranda o una manifestación, así este no entienda que esa chancleta es un inmenso escudo protector y quizá de que mal lo está librando.

El castigo que te sacó lágrimas por el rojo del boletín y que te motivó a estudiar y hoy llegar hasta donde llegaste, el “tú no vas” que te impidió caer redondito en una situación peligrosa que con los años entendiste, el jalón de oreja que te regresó a casa lejos de esas compañías a quien nadie corregía y quienes, por fortuna, no le seguiste los pasos,  nos hablan de protección y de amor.

Hoy por hoy agradezco todo eso y hasta siento que me falto penca por aquello de ser  “fuerte en su mandato” y quisiera tener ese valor  y coraje de mis  mayores al ejercitar autoridad ante esta generación quejumbrosa e insatisfecha… pero bueno, esto es lo que hay,  aunque eso sí: a mí no me vengan con cuento, culicagados, que cuando ustedes iban con el maíz ya yo lo traía tostao.