Joaquín Sierra Cuello, un juntero con berraquera

Nació en La Junta,  La Guajira en el año 1899, hijo de Helena Sierra y Manuel Esteban Cuello; sus hermanos fueron: José Luis, Amira y Eloísa Cuello, María y Genoveva Sierra, también Luis y Rosa Elvira hijos de su papá Esteban.

Su infancia transcurrió normal, en La Junta, arriando agua del río, cortando leña, ordeñando vacas y gracias a Dios, lo mandaron a estudiar a San Juan del Cesar los años de primaria, siempre sobresalió en matemáticas, la materia que más le gustaba.

Inició trabajando con Erasmo y Juan Félix Lacouture y aprendió mucho todo lo relacionado con el ganado. A los 14 años tomó la decisión de irse a la Zona Bananera que era el boom del momento, la empresa era United Fruit Company, llamó mucho la atención el color de su piel, parecía un gringo, inició como cortador de racimos y con apenas 15 años, pero con esa buena pinta, ya era reconocido y asediado por muchas mujeres.

En cierta ocasión, estando en sus labores de corte, vio a un señor con un aparato que se sostenía de un trípode, le preguntó al susodicho qué era eso, y este le contesta: un teodolito; le llamó mucho la atención y jamás imaginó que en ese instrumento de medición estaría su futuro.

Uno de los jefes de la ingeniería del complejo bananero, el Sr. Enrique Uribe White, al verlo tan interesado en el asunto de la medición, lo nombró ayudante del topógrafo, se hizo amigo de este señor, quien le enseñó todo lo que sabía, miren como es la vida: al señor encargado de la topografía, le tocó regresar a su país de origen Honduras, por un problema familiar que se le presentó y nuestro personaje Joaquín quedó como topógrafo oficial en la sede bananera de la United. Cambió de estrato y desde ese momento, su vida dio un gran salto.

Su amistad con Enrique Uribe le marcó y ya vivía en el campamento con los gringos con piscina, canchas de tenis y demás.

Al cabo de tres años, ya culminaron los trabajos de topografía en la zona, y Uribe White lo invita a que se vaya con él a trabajar al Valle del Cauca donde lo habían escogido para construir la carretera Cali – Pasto, era un reto grande, pues se debían hacer muchos puentes, y existían muchos precipicios y montañas.

Allí demostró el tío Joaquín de qué estaba hecho y con creces pagó la confianza que Uribe había depositado en él, pues la obra no solo quedó bien hecha, sino que todos los que pasaban decían “¡Qué majestuosidad!” “¡Qué ingeniería de punta!” “Esto lo hizo un berraco” nada más que la topografía exacta de Joaquín era la responsable de semejante solemnidad, elegancia y grandeza.

Nuevos rumbos

Después de realizar esta magna obra, Joaquín es presentado en Tuluá como Ingeniero y conoce por intermedio de Uribe a: Carlos Sarmiento Lora, Alfredo Garrido y a don Santiago Rendón, los tres empresarios agrícolas más importantes en el Valle del Cauca, sembradores de arroz y de caña de azúcar. Con ellos trabajó arduamente y les organizó el riego de sus haciendas de una manera magistral, donde trabajaba, siempre quedaban satisfechos con su labor idónea, precisa y productiva.

En 1930, se casa con una hermosa mujer: Lucrecia Lucio, con la que lastimosamente nunca pudo tener hijos, los cuales él anhelaba.

Joaquín hizo adecuaciones espectaculares en todas las haciendas del Valle del Cauca y todo el que quería mejorar la productividad de sus tierras, lo contrataba, pues organizaba de una manera extraordinaria, el riego de los campos de arroz y caña, también trabajó en el departamento del Tolima, donde adecuó un área de 20 mil hectáreas para la siembra de arroz, una cifra que hasta en los días de hoy suenan estrambótica. Recibió como pago por sus servicios la hacienda ‘El Mojón’ y se daba el lujo de recoger dos cosechas al año con una productividad altísima por hectárea, que solo él, con su organizado riego, lograba. Todos quedaban abismados por la forma meticulosa y precisa para trabajar.

El retorno a su tierra

Al tío Joaquín le fascinaba ayudar a su familia, fue así como se llevó al Valle del Cauca a su sobrino Miro Hinojosa, a sus primas Enna, Carmen y Elvia Sierra, y a todas las relacionó con gente muy importante. También trabajó con su hermano Luis, con Lácides y Miro Sierra, algunos se quedaron allá y otros regresaron a Valledupar y a La Junta, su lugar de origen.

Fue amante de las peleas de gallo y del buen whisky, como de las mujeres bonitas, razón esta que incomodaba a su esposa. Un día cualquiera esta decide quitarse la vida.

Este fue uno de los motivos principales que motivaron al tío Joaquín a regresar a su tierra, eran los años de 1948 a 1950, y con la sabiduría que lo caracterizó, puso el ojo en Badillo y sus alrededores, y toda la zona aledaña al río, se ubicó estratégicamente y compró la finca que sería la redención de los junteros, peñeros y todos los pueblos aledaños: ‘Campo Alegre’.

Desde allí enseñó a toda la gente de la región cómo se riega un lote y cómo se cultiva el arroz.

Al principio lo trataron de loco, y poco a poco fue civilizando los campos de toda la zona de Badillo y organizándoles las acequias que todavía hoy existen, haciendo que estas tierras de trupío y cardón se convirtieran en los bellos y productivos campos de cultivar arroz, que tanto lucro y alimentos han generado desde entonces.

Cuando regresó de Tuluá, vivió en La Junta con Sara Martínez, en la casa que hoy en día es de mi madrina María Teresa Daza y su esposo Raúl Sierra (q.e.p.d.).

La casa de la niña Felicia Acosta, que todavía está intacta, la construyó él, pero su obsesión estaba puesta en el río Badillo, por eso hizo de Campo Alegre lo que es el Cerrejón hoy en día.

Era el único que pagaba prestaciones sociales y de La Junta todos los lunes en la madrugada salía un camión con personal que venía recogiendo trabajadores por todos los pueblos; compró también la finca La Despensa, por La Junta, y armó un emporio en Campo Alegre, hasta aeropuerto hizo y viajaba cada vez que quería en su avioneta privada de Tuluá a su finca Campo Alegre, en Badillo.