Los de doble moral

El malo disfrazado de buena persona y, además, simpático, es casi un éxito de la naturaleza, que también ha hecho a los camaleones, tan irisados y cambiantes. Yo tiendo a descubrir la gracia mimética del malo. 

Lo que ahora se debiera reclamar por anuncio es: “Necesitamos personas malas, que quieran ganarse un salario secundando nuestras malas intenciones de ganar dinero trampeando y tendrán parte de los beneficios” se presentarían montones de personas deseando ponerse al trabajo. Pero realmente era eso lo que se decía en los antiguos anuncios, lo que se veía al trasluz. En los anuncios por palabras pueden verse al trasluz muchas cosas. Son los de doble moral, que pechean en las redes sociales y no se acuerdan cuando fueron sacristanes. Hoy si ustedes mis queridos lectores, los leen, pareciera que nunca hubieran quebrado un plato. Dan lecciones de moral, como los mismos fariseos en los tiempos de Jesús.   

Lo que más divierte es ver a esos malos llenos de encantos, simuladores y disimuladores, azacaneados en trabar relaciones, enredarlas entre sí, conspirar, confundir para sacar alguna tajada. Es su modo de ser. No tienen otra forma de vivir, creen firmemente que esa es la lucha por su existencia, el único medio de afirmarse el malo o la mala del pueblo, de la cuadra o de la tertulia; el malo o la mala de aspecto muy sociable son personas que nunca demuestran sus verdaderos sentimientos y a las que les repele que alguien las vea sufrir, aunque sus sufrimientos internos son a veces desmesurados. Se alegran tanto del sufrimiento de los otros, que no quieren ser pasto de lo mismo y disimulan cuanto pueden.  

Lo que no pueden disimular muchas veces, ante quienes los observan con atención, es su maldad. La maldad deja en el tejido del alma humana unos flecos que siempre la delatan. Son las imprudencias que comete su disimulo. Pero un disimulo tan obstinado cansa. No se acuerdan o no quieren acordarse cuando hacían del delito un trofeo. Extorsionaban a gente honorable, ponían bombas, se disfrazaban en el pueblo de buena gente y en la serranía pechaban con sus uniformes de guerrilleros. Siempre han sido de moral laxa, son propensos al delito ese es su hábitat natural y su tendencia y la vida no los cambiará nunca.   

En ciertos ambientes mundanos y competitivos se ven muchas caras trabajadas por el disimulo, como la que pueden tener algunos políticos de provincia. Las pasiones muy fuertes marcan. La maldad es a menudo una forma de pasión, una mala pasión. Quien es presa de una pasión no puede salvarse a sí mismo, ni tampoco puede ser salvado. Pero muchas veces lo que se muestra en la cara no es la mala pasión, sino el sufrimiento que procura. Por eso muchos malos tienen cara de buenos sufrientes, para poder descubrir esas cosas hay que ser un poco dejado, desinteresado. 

El malo se disfraza de gente buena. Pero en el fondo es mentira y en cualquier momento se quita el disfraz. Arena movediza que de una u otra manera se autodestruye y lo más grave que en este abismo de la moral se lleva consigo a personas inocentes que son arrastradas por su indecencia y su doble moral. 

A veces, los malos pueden ser decorativos, como plantas raras, y saber detectar su maldad constitutiva –sobre todo, para liberarse– es una forma de ejercer la inteligencia de los que son un poco mejores: aunque pasear por gusto entre malos es como jugarse la vida deportivamente, con la osada alegría que se debe poner en el juego. ¿Y dónde están los buenos? Los buenos son los bichos raros que pululan en este mundo de disfraces de malos aparentemente con cara de buenos.