Quemaíto

Quemaíto por el sol que diariamente recibía, mientras que, sofocado y sonriente, empujaba su carretilla y nos refrescaba la vida con sus frutas tropicales.

No sé a ciencia cierta de donde era; siempre lo creí de ese paisito chiquito de Centro América, del cual venían todas sus frutas: «Naranjas dominicanas, anas, mamones dominicanos, anos» y por puro capricho lo imaginaba como un terrateniente, dueño de latifundios llenos de árboles frutales, en ese país.

No señor, ¡cuán equivocada estaba! Él era un hombre humilde que para ganarse el sustento diario, llenaba su carretilla con las frutas de cosecha de las veredas vecinas que llegaban al hoy mercado viejo, cuando era nuevo.

No eran dominicanas sus frutas, aunque sí al comerlas tarareábamos cualquier merengue, por la constante referencia que este hacía a esas guapachosas tierras.

Quemaíto recorría todas las calles de la provincia de Padilla a pleno sol.

Iba al barrio arriba, haciendo zig zag con su carretilla para no sucumbir en los enormes charcos que casi siempre lo inundaban y que le tendían trampas peligrosas tanto a él como a quienes se atrevían a atravesarlos, pues además del agua, también habían unas señoras zanjas de padre y señor mío, donde fácilmente podían caer. Pero él no se caía porque de memoria conocía cada obstáculo y podía atravesarlo con los ojos cerrados, respirando el aire pútrido de cañería y aguas negras, haciendo marabares para no contaminar la frescura de su producto.

Con sus frutas dominicanas regresaba del barrio arriba hacia el barrio abajo, pasando por el concurrido centro, donde, de tanto en tanto, hacía su agosto 7 al coincidir con la hora de salida de los colegios.

La muchachera antojada le compraba los mamones y, gracias a Quemaíto, se manchaban, para toda la eternidad, más de un uniforme del colegio, porque la mancha de mamón, así fueran «dominicano, anos», es indeleble, como lo es el recuerdo del cocotazo inmancable de la mamá desesperada con el descuido que, además de sumirte el cráneo, te quitan las ganas de otro gajo, de esos dulces que llegan de Cotoprix y que a veces traen mellos, haciéndote sentir afortunado del hallazgo y que, como un trofeo, lo muestras a tus amiguitos.

Quemaíto sonreía con cada compra y te dejaba ver un contraste perfecto de su piel con sus dientes, un blanco y negro de piano de cola, de tablero de ajedrez; negra y brillante la piel, por el sudor, blancos los dientes, por la genética.
Cuando estaba de buenas, te regalaba otra frutica, con ese hablaíto diferente de quien no es de por aquí y se desaparecía entre las calles con rumbo desconocido hasta que en otra oleada de calor, regresara a refrescarte el alma.
¿Qué se habrá hecho mi pregonero favorito?

Si ya no anda por estos lares terrenales, espero que no le haya manchado la túnica inmaculada a San Pedro y que, contrario a los cuadros renacentistas del medioevo, esté allá arriba como todo un alegre ángel negrito.