La marcha del hambre del magisterio

La historia no puede marchar hacia atrás. Así, pues, lo que ocurrió hace 55 años puede ser para unos un episodio; otros, uniendo los acontecimientos de ese momento a sus aspiraciones, satisfechas o no, opinarán favorablemente o con decepción sobre el objeto que motiva sus recuerdos. Pero, en todo caso, más de cinco décadas sirven para mirar con amplia perspectiva lo que no puede vivirse de nuevo.

El 26 de septiembre se cumplieron 55 años del día que un grupo de maestros del departamento del Magdalena emprendió una odisea que habría de conmover a toda la nación y despertaría la solidaridad por parte de las agremiaciones y sindicatos del país. Fue una hazaña grandiosa que a cada momento, como el fuego que alimenta los altos hornos, recibió la aireación necesaria para evitar el casi inminente desfallecimiento de los caminantes. Solo la fuerza de la razón pudo llevar de la mano al compacto grupo de maestros que inició en Santa Marta la travesía de medio territorio colombiano en el mismo sentido en que lo hiciera Jiménez de Quesada en 1538. ¡Ellos también iban en pos de una conquista!

Una movilización de la magnitud y la resonancia que alcanzó la marcha del hambre constituye el punto máximo al que puede llevarse una protesta. Las peticiones que la alimentaron no pudieron ser cuestionadas en momento alguno, por lo cual las autoridades de turno debieron soportar durante 27 días las repercusiones que el serpenteante desfile producía en todos los rincones de Colombia. No hubo una sola voz en contra de los objetivos que se proponían los maestros ni de la forma como se avanzaba hacia el final del camino. Solo en el último instante –concluida ya la caminata–, cuando algunos de los marchantes, extenuados, no se pusieron de pie en plena entrevista con el presidente Carlos Lleras Restrepo, algunos periodistas encontraron tema para criticar la epopeya de los maestros. En resumen, la marcha fue el acto gremial más destacado que jamás se haya realizado en el territorio colombiano.

Cumplidos ya 55 años, un balance desprevenido demuestra que esa determinación de un decidido grupo de maestros fue la primera piedra sobre la cual se afianzarían las conquistas sindicales del Magisterio colombiano. Se obtiene de ese balance la certidumbre de que si algo puede avalar en el presente el gremio profesoral en todos los niveles, gran parte del mérito pertenece a los maestros que en 1966 resolvieron pregonar por todos los climas de Colombia los problemas de la educación en el departamento del Magdalena, que eran y siguen siendo los mismos en todo el país.

El ejemplo que los maestros marchantes –con mayúsculas premeditadas– esculpieron en cada uno de los 1.150 kilómetros de su recorrido, debe revivirse en las aulas, dramatizarse si es necesario. En todo caso, hay que mantener vivo el espíritu combativo de los maestros del Magdalena, para quienes la desidia del Estado fue un verdadero desafío que este gremio aceptó y convirtió, al cabo de 27 penosas jornadas, en un hecho histórico ejemplar.

Loor a los marchantes que aún sobreviven y sentido reconocimiento a la memoria de quienes, por designio inexorable de la vida, emprendieron la marcha definitiva. Para lo que pueda servir, expresamos aquí la gratitud que debemos a quienes lograron merecidas reivindicaciones –que no privilegios– para los maestros de hoy. Y todavía hay por ahí políticos que pretenden y proponen acabar con los sindicatos en Colombia; con Fecode, principalmente. Entre tantos calificativos que les caerían bien a esos resentidos sociales, preferimos colgarles uno de los más benévolos: ¡Insensatos!