La chupa dedo

“Chupa dedo, mama dedo, dale vuelta a los fideos”.

Este corito infantil martirizaba la inocente humanidad de la frágil criatura que, para aislarse del mundo que la rodeaba, se aferraba a ese vicio de transición por un tiempo superior al aceptable porque se chupaba los dedos: el del medio y el anular, desde cuando era un embrión feliz, nadando en el líquido amniótico de su adorada mamá y hasta que le dio su reverenda gana.

Ella observaba todo lo que le rodeaba con atención y almacenaba todas estas vivencias y visualizaciones detalladas en los compartimientos de su memoria, debidamente clasificados por las líneas imaginarias de los sentimientos, olores, sabores, en fin, de los 5 sentidos y es de ahí de donde echa mano a la hora de ejercitar su pasión: escribir. Escribir de todo: cuentos y canciones, cartas y reclamos, poemas y libros.

Para persistir en su vicio, sin ser regañada, la chupa dedo solía esconderse en rincones apartados: debajo de los muebles y en cualquier refundidero donde cupiere, por eso cuando aparecía de la nada, parecía una muñeca vieja tirá en arroyo, llena de telaraña y picada de mosquito hasta en el blanco del ojo.

La chupa dedo insistía en transportar objetos sin interrumpir su vicio y es así como vivía protagonizando accidentes domésticos, pues pretendía traer de la tienda media docena de huevos, sin usar las manos ocupadas dentro de la boca, así que los huevos se rompían, el café se derramaba, los tomates se caían y llegaban apachurrados a darle sabor al guisao y, obviamente, recibía los regaños y castigos que aumentaban las ansias, imprimiendo así más furor al acto y dándole vida al nacimiento de callos y llagas que no interrumpían la manía, pues cada regaño o castigo, en estos casos, reafirman la conducta, lejos de reprimirla.

Con la paciencia agotada, los mayores intentaban erradicar la mala costumbre con todo tipo de remedios: pimienta picante en los dedos, hiel amarga y hasta “cagá de gallina” sugieren algunos chambones Freud que lejos de ayudar, recrudecen el vicio y a la chupa dedo le bastaba una lavada de mano, para seguir oronda y babosa por la vida.

La mano hasta enyesada va y como si fuere poco, le implantaron un día aparatos con puyas dentro de la boca que, en más de una ocasión, le causó heridas dolorosas sin cumplir su cometido, con callo, pellejo y sangre, continuó con la manía.

Los dientes se deforman, los dedos también y hasta la columna vertebral, pero ni así.

Quien se chupa el dedo decide cuándo y cómo dejarlo, y un buen día, algún pelaito le empieza a gustar y le da pena ser vista con la mano en la boca y babosa y por la fuerza del amor, finalmente el vicio se detiene.

He aquí una chupa dedo, la suscita se acompañó del vicio hasta los 13 años y bueno, aquí estoy, eso sí, de la ortodoncia no me escapé, pero los frenillos hicieron lo suyo y derechito mi teclado dental quedó.

Dejen tranquilo a los chupa dedo ¡carajo! y más bien vayan ahorrando para los frenillos, ellos sabrán cuándo hacer el pare.