La Troncal

A la gran ciudad  de vez en cuando van mis paisanos a abastecerse de aquello  que en la provincia no hay,  sean bienes o servicios, muchas veces de índole médica o de cualquier tipo.

Lo que realmente acomuna a todos estos viajeros, es esa alegría que se siente  apenas  las 4 llantas del vehículo que  los transporta,  besan el asfalto de la Troncal y el paisaje les ofrece todos los accidentes  geográficos aprendidos en la elemental: río, mar, ciénagas, montañas, nevado, desierto etc., etc.

La golosidad de un viajero supera el hambre  real de su tripa y se antoja de todo el mecato  que en la Troncal circula y se abastece, además, de sus frutos y es entonces  cuando las migas de galletas griega empiezan a esparcirse en el carro,  casi siempre ajeno, porque si fuera propio Dios lo libre de aceptar a alguien comer dentro de él y no osarían meter en el baúl del carro ajeno una mano de guineo de las fincas de Guachaca.

En Buritaca un plátano asado con queso le pica el ojo y en Perico Aguao, sucumbe al olor de los chorizos con arepita cachaca. A la casa se llega cargado, hasta los teques,  y por eso la libra y media de queso chillón, debidamente probado, también entra a engrosar la lista  de encargos o regalos del viajero, junto a los plátanos de la Punta de los Remedios  y los mangos que en pila y con cocá invaden el borde de la carretera.

Se viaja pindongo, con la sonrisa de la barriga llena y con vallenatos viejos en el pasa cinta, se recuerdan anécdotas de paseos en cualquiera de los caudalosos ríos y a veces también se torna melancólico por un momento, al pasar junto al lugar donde pereció algún conocido, de esos que de tanto  en tanto se llevan las curvas traicioneras de la Troncal.

La tristeza se disipa con los dulces de Tigrera y se compran para  la casa y para el compadre diabético que los pide a escondidas de la comadre y que, a la fija,  los devora con desespero  y de un golpe y sin pensarlo, para después, en absoluto remordimiento,  atormentarse con el temor de un coma diabético.

Y lo cogió la hora del almuerzo en pleno viaje, propone la carne de palomino servida en bolsas de papel pero la mayoría de los viajeros ya tienen claro lo que quieren y telepáticamente acordaron hacer una parada técnica, recarga  tripa, en Puente  Bomba,  donde las alegres Mindiola para deleitarse con el arroz de camarón más exquisito de la comarca.

Vencido por la democracia el compadre se resigna y con el orgullo herido de los ahogados en elecciones, ni se baja del carro, y se le salen los ojos viendo a los vencedores tragarse una montañita colorá de arroz de camarón y cuando ya están por embarcarse  para proseguir, divisa unos pasteles y le compra  a las mampanas 4: 2 de masa y 2 arroz y los exhibe orgulloso a los demás cual trofeo de campeonato.

Ya Kille, el dueño del carro, también goloso, se resigna al desorden y popurrí de olores gastronómico y al llegar a Riohacha  con un calabaza, calabaza los despide para descubrir con alegría, que el compadre olvidó su gajo de guineo verde en el baúl,  el cual  no piensa devolver y entre cayeye y cayeye se burla de él y le agradece el detalle.