¿Dizque los colombianos somos felices?

Para medir la felicidad tal vez haya especialistas. Los hay para todo. Existen profesionales que basan sus estudios en el comportamiento humano. Buscan y encuentran las causas o razones por las que actuamos de una u otra manera. No hay que menospreciar los aportes que nos brindan para que podamos entendernos y valorar a los demás en este inmenso “valle de lágrimas”.

Según esos estudiosos, existen comunidades donde reina la felicidad. Uno de esos conglomerados es el pueblo colombiano. Sin embargo, nos resistimos a aceptar lo que se pregona a nivel mundial: “¡Después de Vanuatu, somos el país más feliz del universo!”.

¿Dónde queda ese lugar? Es un archipiélago de la Melanesia poblado apenas por un poco más de 200.000 habitantes; antes se llamaba Nuevas Hébridas.

Según la calificación que nos endilgan, deberíamos salir a mostrar nuestro subcampeonato en el ‘ranking’ de la felicidad. Nadie nos cuestionaría y el nombre de Colombia resonaría en todos los continentes al tiempo que generaría un deseo incontrolable de conocernos.

Los gobiernos nuestros podrían explotar este renglón o rubro para incrementar el turismo internacional, con el señuelo de campos y ciudades apacibles, en donde los visitantes ‘recargarían sus baterías’ para regresar a sus regiones de origen con la paz espiritual que solo en este paraíso podrían conseguir. Somos, pues, una veta turística muy prometedora para la economía del país.

Parece que nuestra tozudez no nos deja disfrutar de la privilegiada clasificación que nos ha colocado en el segundo lugar entre los países más felices del mundo. Podríamos, incluso, indagar en donde sea necesario, para ver si nos corresponde el primer puesto.

Tal vez haya ocurrido un error y en realidad seamos los líderes en esa apreciación y quieran escamotearnos la envidiable distinción. Si los que saben de eso dicen que somos felices, no hay manera de refutar sus afirmaciones. No es culpa de ellos que nosotros no alcancemos a darnos cuenta de nuestra encumbrada condición. Tal vez eso se deba a que el estruendo de las armas en campos y ciudades es tan atronador, que opaca el bullicio permanente de nuestras celebraciones interiores.

No estaría de más invitar a quienes se han tomado la molestia de observarnos tan detalladamente, para que comprueben in situ lo que afirman desde la distancia. Al final, nos explicarían las razones por las cuales nos consideran felices.

Seriamente hablando: no confundamos la fugaz alegría que nos llega, como ráfagas pasajeras, con la universal felicidad, desesperantemente esquiva para nosotros. Basta ya de considerarnos subcampeones entre los países felices del mundo mientras nos rodea una pobreza que promete convertirse, a corto plazo, en miseria.

Si se puede considerar feliz a un pueblo en el que familias enteras han llegado a ingerir, como parte de su alimentación, caldo de papel periódico, entonces sí que merecemos el primer lugar en el podio. Si se puede ser feliz mientras se reclama por la desaparición forzada de un familiar sin tener siquiera ante quién acudir en busca de respuestas, entonces sí estamos en ese privilegiado lugar que tercamente nos dan en la escala de la felicidad.

Los profesionales de las encuestas, para medir la felicidad de los colombianos tal vez tuvieron en cuenta solo a quienes bailan en las terrazas de sus casas o en la tienda de la esquina al ritmo de un potente ‘pick-up’ mientras engañan a su estómago hasta el día siguiente.

Dice la sicóloga, investigadora y periodista Florence Thomas: “Un país que tiene que ingeniarse reinados, ‘realities’ y factores X para ocultar masacres, asesinatos, corrupción y pobreza, no puede ser un país feliz”.

Estamos de acuerdo con la periodista, quien agrega: “¡Alegres, sí! ¡Felices, imposible!”.