Manuel Zapata Olivella: personaje de leyenda

Manuel Zapata sabía que nunca se iría de entre nosotros. Estaba seguro de que regresaría a los suyos, a sus mayores, gracias a una corriente bienhechora que finalmente transportaría sus cenizas al África negra.

Es muy difícil encontrar en la historia de Colombia a un ciudadano más orgulloso de sus orígenes que Zapata Olivella. Las obras del escritor no son sino un recorrido incesante hacia la semilla, en busca de sus ancestros.

Como pocos negros, se restregaba con esa palabra como si tuviera temor de que su piel se le aclarase si no procedía de esa manera. Cada charla o conferencia era una expresión explícita de su raza. No había queja, no tenía razones para quejarse, pues su talante y su recia personalidad eran argumentos suficientes para respaldar sus convicciones.

Era frecuente la presencia de Manuel Zapata en foros internacionales para argumentar sobre negritudes. Quince días antes de su fallecimiento había participado en una de esas reuniones en Senegal, África, su entrañable madre patria.

Y con el acervo adquirido en profundas investigaciones sobre su raza, recorrió el mundo varias veces, bien fuera con el grupo folclórico de su hermana Delia Zapata Olivella o por decisión propia, pues toda la vida fue un trotamundos empedernido; un vagabundo, como prefería que lo llamaran.

Cuando Zapata Olivella tenía 26 años publicó la novela ‘He visto la noche’. Es “el recuento de mis travesuras en Harlem”, solía decir en medio de estruendosas carcajadas. Además de mostrar el trato humillante y discriminatorio que recibían los negros en Nueva York, pone de manifiesto las angustias de los parias en la famosa urbe. Sin embargo, el autor descubrió allí la solidaridad entre los negros de diferentes países.

El año siguiente, el escritor colombiano publicó ‘Tierra mojada’, novela en la que describe los problemas que siempre han padecido los cultivadores de arroz en las riberas del río Sinú. Se aprecia nuevamente el estilo realista del autor y su compenetración con los padecimientos de sus coterráneos.

Para el prólogo de esta obra Zapata Olivella consiguió en Nueva York un concepto del consagrado escritor peruano Ciro Alegría, autor de ‘El mundo es ancho y ajeno’. Alegría, al final de dicho prólogo dice: “Que la tradición viva de la raza africana, la cual, a despecho de siglos de opresión, afirma con su sola presencia su indestructibilidad; que la actitud de respeto y defensa del hombre que abrigan los mejores, y el ejercicio continuado del difícil trabajo de escribir, hagan de Zapata Olivella el gran expresador, porque no solamente puede llegar a contar bien sus historias sino que comienza por sentirlas, convirtiéndolas de este modo en mensaje”.

Tenía razón Alegría, pues Zapata Olivella no escribió una obra que no sintiera; es más, su versatilidad le permitió utilizar el drama para representar muchas de sus creaciones: ‘Hotel de vagabundos’ y ‘El rey de los cimarrones’ son ejemplos de este género. Era, además, cuentista, ensayista, folclorista, documentalista y antropólogo. Había olvidado ya la medicina.

‘La calle 10’, ‘Detrás del rostro’, ‘Chambacú, corral de negros’ y ‘En Chimá nace un santo’, son otras novelas de Zapata Olivella.

Pero entre todas, la que mejor refleja la convicción del autor es ‘Changó, el Gran Putas’, que incluye cantos y ritos; es de carácter antropológico.

El contenido profundo de ese ejercicio literario no ha sido valorado como lo merece; sin embargo el conjunto de la obra de Zapata es motivo de estudios especiales en academias de América Latina, Estados Unidos y Europa. Los colombianos, como siempre, estamos en deuda con nuestros valores culturales.

El maestro Manuel Zapata Olivella nació en Lorica, Córdoba en 1920. Alcanzó a recibir en vida algunos premios por su fecunda labor literaria y cultural; nunca fueron suficientes, pero él no esperaba reconocimientos.

Su vitalidad solo pudo ser frenada por los achaques de la edad. 84 años de trashumancia realizando lo que siempre amó, lo llevaron tranquilo a la tumba en el 2004.

Por fin se doblegó su cuerpo, debido “al peso de mis utopías”, como él decía. Pero los acompañantes de su féretro ya habían tomado otra decisión: “Manuel Zapata nunca morirá”, corearon en sus cánticos fúnebres.