Envidia de la buena

Después de la emergencia sanitaria global más grave de la historia reciente, hay algo que tienen en común países como China, Estados Unidos y Chile: una apuesta ambiciosa y decidida por grandes transformaciones de infraestructura como motor de reactivación económica y social.

El caso de Estados Unidos es bastante representativo, pues el presidente Biden logró la aprobación de 1.2 billones de dólares -es decir 1.200 millones de millones- para proyectos de infraestructura, un presupuesto sin precedentes en el país. El paquete incluye, entre otras, inversiones de 110.000 millones de dólares para construcción y reparación de carreteras, puentes y autopistas; 66.000 millones para el desarrollo de ferrocarriles de carga y pasajeros. Además inversiones en puertos, aeropuertos, vehículos eléctricos y modernización del internet.

El mensaje es claro: la modernización de la infraestructura es clave para dinamizar la economía actual, pero, sobre todo, para sentar las bases de un futuro en el que la conectividad y la competitividad serán protagonistas. Esta es una lección de la que debe aprender nuestro país para orientar los esfuerzos en el mismo sentido.

Actualmente hay proyectos prometedores en materia de infraestructura en Colombia como, por ejemplo, el denominado “cruce de la cordillera central”, un sistema de 25 túneles -entre ellos uno de 8.65 km, el más largo del continente-, 31 puentes y 3 intercambia dores viales entre Calarcá y Cajamarca por 30 kilómetros de doble calzada, y que, después de más de un siglo de haber sido concebido, significó una inversión que supera los 2.9 billones de pesos.

La puesta en marcha de esta megaobra es un orgullo de la ingeniería colombiana y tendrá enormes beneficios, como el ahorro de hasta 850 horas al año en tiempo de cierre de la vía, el aumento en la velocidad de operación vehicular del corredor de 15 a 60 km/h en los 30 kilómetros de doble calzada reduciendo los índices de accidentalidad, el aumento de la productividad y el impulso de la competitividad de Colombia a nivel internacional.

Mientras todo eso ocurre, en el Caribe vemos con “envidia de la buena” toda esa evolución en el mundo y en el país. Por ejemplo, el trayecto entre Santa Marta y Barranquilla es de solo 100 kilómetros, pero puede tardar entre 2 o 3 horas debido a la gran cantidad de vehículos de transporte pesado que transita por una estrecha y peligrosa vía de una sola calzada. Por si fuera poco, la construcción de la vía Santa Marta-Barranquilla está detenida, especialmente la variante de Ciénaga que tiene 6 kilómetros construidos y 3 en eterna construcción. Tampoco se ha definido lo que corresponde a la nueva vía Ciénaga-Barranquilla y los viaductos que se re- quieren para preservar el Parque Salamanca y sus manglares, y permitir nuevamente el indispensable intercambio hidráulico entre el río y el mar para evitar la erosión, ni se han podido terminar las dobles calzadas Barranquilla-Cartagena y Montería-Sincelejo.

Todo esto nos invita a pensar en la necesidad de sacar adelante proyectos regionales importantes que conecten de manera intermodal las principales ciudades del Caribe, el Pacífico y los santanderes, como, por ejemplo, el tren de cercanías de la región Caribe, lo que contribuiría a hacer más eficiente el transporte de pasajeros.

En el Caribe recibimos las maravillosas noticias de construcción con envidia, pero de la buena; porque, más que un sueño, esta debe ser una realidad que requiere voluntad política, trabajo e inversiones; pero que, como ya se ha demostrado en el mundo entero, son la apuesta más segura para la reactivación.