Con la llegada del Año Nuevo nos seguiremos preguntando: ¿Qué es el tiempo?

Un efecto macro universal es la noche vieja, desde las más sencillas celebraciones a las colosales que producen los países ricos. Dado que los horarios en los continentes y regiones son tan variados, puede uno encender el televisor y participar visualmente de los espectáculos que se ofrecen en esa noche singular que despide la vejez y aplaude la renovación, cual ave Fénix. Esta celebración toca las fibras más íntimas de las personas y de las colectividades. Abrazos, besos, deseos, tal vez bendiciones, copas al aire, brindis bulliciosos, comidas suculentas. Voces entrecortadas, lágrimas de emoción. Es un acontecimiento porque llega cada 365 días.

Noche vieja despierta sentimientos que alimentan la esperanza, afloran deseos específicos de bienestar. Fecha nocturna en el que los abrazos funden personas derrochando detalles de afectividad.

Cada celebrante se da cuenta que algo se desprendió de él, algo que vivió se desvanece en la oscuridad del tiempo. Cada celebrante, con cierta perplejidad, siente que el tiempo inexorable le abre la puerta de nuevas expectativas, con la seguridad que llegarán, pero desconociendo la forma y manera cómo lo afectarán. El tiempo que pasó es una lección aprendida, el tiempo por llegar es estar disponible al aprendizaje. Frente al tiempo todos nos sabemos ignorantes.

Dada la importancia del tiempo es una “realidad” de las más estudiadas e investigadas. Múltiples ciencias en el quirófano de la gnoseología tratan de adentrarse para tratar de traducir y descubrir cuál es el origen de tan magna y simple sensación. Será la cronología, la cosmología, la antropología, la sicología, la ingeniería electrónica, la literatura, la astronomía, la historia, la matemática, la religión, cada una de estas, y más ciencias, procuran acercar nuestro conocimiento mediante definiciones, análisis, percepciones de lo que es el tiempo.La experiencia del tiempo la medimos desde el amanecer al anochecer; de la belleza juvenil a la decrepitud de la vejez; de puntos de referencia al olvido total; la memoria de sucesos impresionantes que marcan hitos personales, familiares, sociales, mundiales.

El tiempo es un ente, una virtualidad de la energía vital, que no se ve, no se palpa, solo se percibe porque a la hora de la verdad el tiempo es mi existencia y la realidad demi acontecer. Mi vida es la acumulación de sucesos, anudados por mi conciencia intelectiva y mi espíritu despojado de materialidad con tendencia a la eternidad, sea la que vivimos los católicos o aquella utópica de la eterna juventud. La ciencia nos aporta conocimientos más o menos acertados, las creencias religiosas ofrecen algo más. Cómo calificar de histeria religiosa al argumento contundente de millares de grupos humanos que vivieron con intensidad y prepararon con emotivo entusiasmo su partida del tiempo, al inframundo, al océano de lo inmaterial para atracar en el puerto de los dioses, del olimpo, del encuentro con la divinidad.

El instante de la pérdida del dominio corporal, nos asegura que dejamos de ser ciudadanos terráqueos para entrar en la ciudadanía de las esperanzas conseguidas. El tiempo es esperanza en desarrollo, la eternidad es conquista y posesión de bienes superiores, que aquí en la tierra solo atisbamos y allá poseeremos como señores de la vida, que aquí en el tiempo es tan mezquina, y allá, en el más allá, es luz indecible de gozo y satisfacción. Cada segundo es un fenecer y cada instante un renacer. No obstante, el tiempo no es absoluto ni pleno y puede ser manejado, nuestra inteligencia abierta a la programación, permite que el tiempo se someta y se canalice según nuestros proyectos. El tiempo nos es impuesto en el instante de la concepción y nuestra liberación en la agonía de la siempre burlona parca, muerte.

Se acerca la noche vieja, pasando antes por la noche buena de la Navidad que revalora lo humano, florece lo afectivo, pondera lo universal, nos abre a la divinidad que nos da la seguridad que cuando nos llegue la última noche vieja personal, el Remero nos conducirá al buen puerto de la eternidad. A ese Remero lo tenemos que conquistar aquí en la tierra, pues es el único, solo y exclusivamente Él, quienllevará nuestra barca existencial, sin espasmos, al puerto de la eterna felicidad. ¡Feliz año nuevo!