El mecedor

Dicen que cuando la vida nos concede la gracia de envejecer, volvemos a ser niños y nos deleitamos arrullando nuestra existencia trepados en un mecedor, evocando el movimiento que acompañó nuestra infancia en los parques, cuando nos encarapitábamos en los columpios, sin el temor a esmondingarnos, porque los huesos no se partirían con facilidad y, al máximo, lo que se arriesgaba era una ñoña que con una restregada de nuestra propia saliva, en ayunas, ni cicatriz nos dejaría.

En el mecedor inicia el día de nuestros viejos, probablemente con un tacita de café y tantas pastillas y jarabes por ingerir, para realizar el ejercicio matutino que, con los años, se vuelve un teorema complicado digno de Baldor: recordar las cosas por resolver, la lista confusa de todo lo que hay que hacer, creando la mejor estrategia para solucionar los problemas antes sencillos y ahora gigantescos, por el amilanar natural de las fuerzas.

Se desentierran los tesoros aún poseídos para apaciguar las afugias y sentirse útil, porque ese útil es lo que aún da sentido a la vida y es el ancla de salvación de las ganas de vivir.

Ese dondoleo es un mágico compás que serena el espíritu y alumbra la oscuridad de los laberintos mentales que llegan con los años y ahí, en ese va y ven regresa la lucidez de nuestros viejos, esa que a ratos se pierde y se recuerda lo olvidado, como si se tratara de la formula de Einstein, y con un brillo de satisfacción se gana una de las tantas batallas cotidianas por afrontar, porque cada recuerdo es una medalla concedida a un general perdido en sus laberintos.

En el mecedor nuestros viejos esperan el atardecer y contemplan los rayos de sol también apagarse, como el fulgor de su llama interior que tenuemente se refleja en su mirada,  al compás del balanceo y de las manecillas del reloj.

Esos son los momentos que deben ser aprovechados para extraer el néctar de la sabiduría de los años vividos y escuchar las mil historias que aún recuerdan y les apetece contar una y otra vez, observando atentamente que en cada vez nueva, agregan detalles valiosos que antes se habían escapado.

¡Que valiosos son esos ratos y que insensatos quienes lo ignoran!

La magia de ese accionar a péndulo es directamente proporcional a los años de quien lo ejecuta y escupen tesoros de sabiduría en lingotes de recuerdos que de generación en generación sobreviven, cuando quienes los reciben entienden su valor y atesoran con amor, agregándolos a sus memorias y trayéndolos a colación como ahora en esta narración.

Quizá si algún día tendré el privilegio de sentarme en el mecedor y el honor de ser escuchada. Por ello me aferro a mis letras para que sirvan de testimonio y memoria de esa tierra que cambia y de esa gente que se fue, con la esperanza intacta en que el nuevo año nos enseñe a arrullarlos mejor y que esas sillas vacías nos zarandeen con fuerza, para entender el valor de los años que nos quedan por vivir.

Buen inicio de año, paisanos, se vale soñar y el cielo es el límite.