Óscar Medrano: un joven víctima de la violencia sin reconocimiento oficial

Óscar Medrano, de 23 años, es un convencido de que nel problema no está en la silla sino en la mente, de allí su positivismo ante la vida.

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Desde la cima de los 23, Óscar Javier mira hacia atrás y alcanza a ver al niño de 15 años que fue. Que ya no es. Era inquieto. Veloz. Inteligente. El orgullo de su padre.

Estudiante del octavo grado del Liceo Nacional Almirante Padilla y con un amor que le producía delirio y desespero: el amor por la esquina en donde se reunía con sus amigos a hablar y hablar. Fue un amor fatal.

Eran tiempos difíciles. La violencia recorría las calles de Riohacha y particularmente las calles de los barrios populares como el barrio Jorge Pérez. Corría el año 2010 y apenas despuntaba el último mes del año. Era 2 de diciembre. Había en el cielo amenaza de lluvia.

Eran las 7 de la noche. A Óscar le picaban los pies y salió de su casa para su adorada esquina. Allí se sentó sobre una llanta y rodeado de sus amigos repartía bolis y galletas para todos.

Los recuerdos se le atropellan en la mente. Son imágenes rápidas. Ya en blanco y negro. Se recuerda sentado. Sin asombro ve a un hombre que se baja de una moto y otro se queda esperándolo. El hombre lleva casco. No tiene rostro. Sorpresa. El hombre saca una pistola y Óscar siente el frío del acero en su frente. Silencio. Hay un relámpago. Se escucha un ruido seco. Y, una sed, una sed terrible quema las entrañas de Óscar. Se siente extraño. Hay mucha bulla a su alrededor. Él cree que oyó al hombre decir: “ese no era”.

Extrañado se mira las piernas. Ve las piernas; pero, no las siente. “Era como si no tuviera piernas”, recuerda.

La dura vida de un paralítico

Óscar sigue hablando. Vea periodista. “Este hecho me cambió la vida. Bueno. Nos cambió la vida a todos. La vida de mi papá, de mi mamá y de mi hermano. La vida de la casa. La noche del 2 de diciembre era una noche lluviosa y en la moto de un amigo me llevaron al hospital. Yo sangraba; pero, no perdí el sentido. Como cosas raras de la vida, el médico que me atendió, fue el mismo médico que me recibió cuando nací. Él me entubó.

Estuve del 2 al 9 de diciembre en Riohacha y me remitieron a Barranquilla y allá estuve hasta el 30 de diciembre. Ya el médico le había dicho a mi papá: “El niño está vivo de milagro. Tiene una grave lesión en la médula y si logra cepillarse los dientes por sí mismo o levantar una cuchara para comer, repito, será un milagro”.

El tiro le había entrado a Oscar por la parte alta del hombro derecho con orificio de salida por la parte trasera del brazo izquierdo. En su letal recorrido, el proyectil le había roto la médula espinal dejándole las piernas sin sensibilidad.

Óscar y su padre trabajan unidos para lograr que el joven sea reconocido como víctima.

 

Hoy después de 8 años de terapia intensa, Óscar no camina. Pero, es un hombre independiente que hizo realidad varios milagros porque se cepilla sus dientes con sus propias manos y come sin la ayuda de nadie. Eso sí, recuerda con nostalgia la crisis que enfrentó en el año 2015. Una crisis que lo llevó al desespero y abandonó los estudios de contabilidad que estaba realizando en el Sena, después de haber logrado culminar sus estudios de bachillerato en la jornada nocturna del Liceo Nacional Almirante Padilla. En medio de la crisis buscó ayuda psicológica y con el apoyo de sus padres logró salir adelante y terminó sus estudios en el Sena.

Sin embargo no ha sido fácil. No es fácil para un hombre en silla de ruedas enfrentar la vida. Un día cansado de depender de otros, salió solo y dándole con fuerza a las ruedas de la silla llegó hasta la calle Primera de Riohacha. Y regresó solo a su casa. Con las manos sangrando y llenas de vejigas; pero, con una tremenda satisfacción. Se demostró y demostró a los demás que sí se podía. Y desde entonces sale solo.

Una luz de esperanza

Hoy la salud de Óscar no es la mejor; pero, él y sus padres son muy positivos. Siguen tocando puertas y haciendo gestiones. Óscar necesita con urgencia una costosa intervención quirúrgica para salvar sus riñones y con ello, su vida misma. Pero, la situación no se muestra fácil. Han tocado y vuelto a tocar las puertas de la Unidad de Víctimas de la Violencia; pero, a la fecha la respuesta ha sido negativa.

La respuesta que le han dado al padre de Óscar es que en la declaración de los hechos hubo, según ellos, un grave error. La declaración tenía que haberla hecho el mismo Óscar y no su padre y que en la misma declaración del padre los hechos son muy confusos y por ello se le negó al muchacho el reconocimiento como víctima y el derecho a una indemnización. Aún más, el rechazo proviene del hecho que no ha debido hablarse de atentado; sino, de lesiones personales. En fin, intríngulis semánticas del derecho colombiano.

Pero, queda una lucecita al fin del túnel y es que a través de una tutela, se pueda corregir el error y no solamente se le reconozca a Óscar su condición de víctima sino que se posibilite el reconocimiento de una indemnización económica y una ayuda monetaria durante un año que le permita cubrir los costos de la intervención médica que necesita y una cierta tranquilidad económica, dada su discapacidad.

El padre de Óscar es un hombre positivo y señala que “Mientras tenga vida y aliento seguiré luchando por un mejor futuro para mi hijo”.