El ‘Club de la Salud’

En el año 2008, acostumbraba a tomar todos los periódicos de las salas VIP de los aeropuertos, como una especie de Alí Babá, iba acumulando mis trofeos en un cajón para leerlos en algún momento, meticulosamente organizados de acuerdo con la fecha de “adquisición”.

Esta mañana de domingo, el turno correspondía a un diario nacional que incluía una sección ‘especial’ para el Caribe de un par de páginas, y podía tener dos meses de diferencia con la publicación. El título llamó mi atención ‘El Club de la Salud’, imposible de ignorar para quien arrastra al mismo tiempo complejo de sobrepeso y deportista frustrado.

El artículo no era muy profundo, se trataba de un grupo de la tercera edad para el que estaba abierto desde las primeras horas de la madrugada, todos los días el Estadio Romelio Martínez, acceso ilimitado y gratis.

De inmediato me imaginé allí, quedaba cerca del hotel de nombre francés de la 72, en el que vivía y pagaba por meses, además podía aprovechar un par de horas de la madrugada que destinaba a mirar el techo, además del honor de pisar uno de los primeros estadios del país, construido en 1935 concreto puro, cuando el resto del país usaba madera, sin mencionar el diseño art déco de la tribuna norte, la misma arquitectura de South Beach, como una premonición de la comunión entre Barranquilla y Miami.

La fachada del Estadio Romelio es ahora Patrimonio de la Humanidad.

 

Sin mucha vuelta, empecé a correr en el mismo estadio que una vez pisó Manuel Francisco Dos Santos ‘Garrincha’ doble campeón del mundo, la pista atlética tenía menos de 500 metros, arenilla; ideal para no maltratar tanto mis rodillas; hora de llegada era tipo 4:00 a.m. Imposible correr tan cerca de las gradas sin imaginar la presión que debía sentir el visitante tan cerca de la parcial barranquillera cuya pasión atemoriza a cualquiera, dicen que había que llegar hasta seis horas antes para encontrar puesto. Junior no ganaba títulos, pero era campeón de asistencia y taquilla, más que un equipo, se trataba de un fenómeno social, que alentaba sin importar rival, técnico, nómina o inversiones.

Dicen que los ‘pares’ se buscan, incluso un ‘none’ como yo encontré a quienes les picaba la cama desde temprano. Hoy es más fácil: Facebook conecta con el grupo ideal a los que padecen los mismos males y hasta submales, al que asiste tu vecina y de otra forma nunca hubieras sabido.

En El Caribe reconocen al cachaco, de lejos, sin necesidad de hablar, en la playa, de día, en la madrugada, supongo que hasta encueros por obvias razones. Confieso que una vez me fui en la dirección contraria y sólo me di cuenta de mi error en la Vía 40. En mis primeras sesiones conocí al señor César, gordo bonachón con un bigote simpático, oriundo de algún pueblo del Magdalena, quien al verme perdido me explicó lo básico: el gimnasio, el cuarto de pesas con esa luz amarilla no inspiraba visitantes, la hora del fútbol, la rutina de los boxeadores, los diferentes grupos de acuerdo con la velocidad en que daban vuelta a la pista, el tono en que se hablaba, los que dirigían los entrenamientos, creo que hasta mencionó aeróbicos en las gradas.

Como referencia para contar las vueltas a la pista usaba las pinturas de inmortales del fútbol como jugadores y técnicos que adornaban la tribuna: Roberto ‘El Flaco’ Meléndez, primer jugador colombiano contratado en el exterior, en 1939 el Hispanoamericano Centro Gallego de Cuba le pagaba 50 dólares mensuales. Marcos Coll, autor del gol olímpico a la Araña Negra, el 3 de junio de 1962. Confieso que cada vuelta en su nombre traía a mi memoria mis vacaciones en San Marcos, pueblo al que, con el fin de que escampara del tiempo, de la velocidad, y del olor a muerte de ciudad, me arrojaba mi mamá desde niño, en cada diciembre, junio y Semana Santa. Como si fuera hoy, veo a mi primo hablando con total seguridad de la ‘Araña Negra’ (Lev Yashin), decía que nunca había recibido gol y remataba su fascinante relato afirmando que el hermano le partió el hígado en un penal.

Lev Yashin, considerado uno de los mejores porteros de la historia; y Marcos Coll, autor del gol olímpico a la ‘Araña Negra’ en Chile ’62.

 

No había Google para corroborar, entonces había que creerle al mayor. Jesús ‘El Toto’ Rubio, increíble marcador izquierdo. Efraín ‘El Caimán’ Sánchez arquero, contratado por San Lorenzo en 1948 y tercer futbolista colombiano en el exterior. Dulio Miranda, defensa, con 445 partidos es quien más veces se ha puesto la rojiblanca. Antonio Rada, quien hizo un gol y puso 2 en aquel partido contra Rusia, dicen que le pegaba durísimo al balón. Cómo hubiese transformado la historia, de haber sabido de los goles de dos colombianos en plena guerra fría al mítico arquero; aún más barranquilleros; que remontamos un partido que perdíamos 3-0.

A veces la mentira es tan maravillosa que la verdad sobra, no se le hace daño a nadie, además creo que ninguno de ellos ha vuelto a pensar en eso y tal vez lo tengan en una esquina del subconsciente para uso en algunos sueños. Arturo Segovia: inmenso lateral derecho, y curiosamente figura también entre los inmortales de Millonarios.

Yo relacionaba mis vueltas con los jugadores, y controlaba la velocidad con el chip que tenía en los tenis y conectada de manera inalámbrica con una manillita roja que mostraba los datos de carrera. Había un grupo de caminar rápido, pero sin prisa, al que no le importaban ni el peso, ni la grasa, ni la velocidad, ni las manillas, si caminaban en el sentido de las manecillas del reloj o en su contra, ni ritmo cardíaco o minutos por vuelta: allí iban todo el tiempo hablando y riendo entre ellos. Cuando creemos que sesenta o setenta años significan canas, sillas de ruedas, lentitud al andar, señores peleando por no ser uno más de los que sobran, olvidados por el sexo, el sueño, el estado, los hospitales y la sociedad, como que ni Dios ni el diablo pelearan por su alma. Estos definitivamente eran y vivían diferente.

En las siluetas y voces de la madrugada los empecé a identificar: a uno le decían el eléctrico, Pedro, Álvaro, Marina, y por supuesto don César con esa alegría y picardía costeña tan característica, yo lo escuchaba atentamente cada vez que lo alcanzaba. Hablaba sin parar de sus hijos y de su nieta, que le habían mordido la cara en la guardería, que el papá era cachaco y para rematar del Nacional.

Yo preparaba alguna broma para cada encuentro, multiplicaba por 5 o 10 el número de mis vueltas, preparaba el chiste y la respuesta antes de encontrarlo, tenía que alistarme para sus ágiles y agudos comentarios, lógicamente llevaba ventaja: mientras yo estaba completamente sólo y lejos de mi manada, todo su grupo iba a acompañar con risa su comentario, hasta compañeros de fiestas eran, una vez me enteré de los cuentos del asado en Puerto.

Nunca supe como lo hacía, a veces lo creo capaz de reconocer el “olor a cachaco”, pero siempre me salía adelante, su última y más letal arma era recordarme la final de 2004, que 15 años después todavía me arde.

Ya en el amanecer empezaban a tomar color las siluetas descubriendo camisetas y pantalonetas de todos los años, ediciones, categorías y patrocinadores del Junior, de hombre, de mujer, de entrenamiento, de presentación, de gala, manga sisa, buzo de arquero… Puedo asegurar que una vez vi una del Cali marcada con el ‘Pibe’ Valderrama

Al año cerraron el Romelio para reparaciones, hoy está reservado para otro tipo de eventos, incluso la fachada es Patrimonio de la Humanidad, ahora corro en la Electrificadora mi mujer me sacó del hotel y me llevó a vivir a Riomar, la batalla contra el peso sigue perdida en cada asalto, los jugadores de fútbol tienen uniformes fosforescentes del mismo color y entrenan en la cancha del Sagrado Corazón (el parque, no el colegio), la publicidad del club se hace en YouTube, los ágiles boxeadores ya se van al Elías Chegwin, por la 46 circula el Transmetro, en el Suri Salcedo con la remodelación ya no hay espacio para tanto travesti, don César migró con los cuentos de sus hijos y nietos al parque Venezuela, otros ya se han ido para el “otro lado” incluyendo a Freddy Durán y el ‘Club de la Salud’ lucha como todo ser vivo por seguir respirando a pesar de las inclemencias del mundo moderno.

Así quedó el Estadio Romelio Martínez luego de su remodelación.