“Riohacha, una ciudad que sigue creciendo de manera desordenada”, arquitecto Alberto Gómez

Los años de experiencia como profesional de la arquitectura, pero también por crecer y vivir en Riohacha, le permiten al arquitecto Alberto Gómez Galue, mostrar su preocupación por la forma desordenada como sigue creciendo la ciudad de Riohacha.

El desorden sigue imperando en la ciudad, ante una administración que a pesar de los esfuerzos no logra avanzar en ese cambio que la comunidad está exigiendo para gozar de una mejor calidad de vida.

Para el arquitecto, Riohacha, es una ciudad que se ha desarrollado sin doliente, sin destino, sin identidad cultural o social, sin una brújula que indique el norte definiéndolo como su objetivo común y sin una autoridad visible en materia urbana, lo que ha permitido el crecimiento de manera desordenada, espontánea e irresponsable, donde cada quien hace lo que puede o quiere.

“No sé si los moradores lo hacen por necesidad, por desconocimiento o por oportunismo, querer apropiarse del bien común, porque ha faltado esa autoridad, el ente que exija la norma, la regule, defienda estratificación e imponga el orden urbano”, manifestó. 

Explicó que la capital de La Guajira, adolece de una estratificación correctamente definida, el perímetro urbano actual no se ajusta a la exigencia de la norma, que a la letra dice: “El perímetro urbano está sujeta a la extensión en materia de servicio públicos de la localidad”. 

Precisó, que existen hoy sectores urbanos o barrios que no cuentan con los servicios públicos básicos como se ordena, sin embargo, le preocupa que se esté pensando en ampliar el perímetro urbano por conveniencia social o administrativa. “El Distrito debe ser consecuente con sus capacidades socio-económicas para cometer tal despropósito”.

Indicó el arquitecto Gómez Galue, que el Distrito de Riohacha no cuenta con tierras propias o tejidos de expansión para su desarrollo, que permitan la conformación industrial, comercial, o disposición de tierras para la construcción de viviendas de interés social (VIS) como lo exige la ley, o terrenos para el equipamiento urbano como senderos peatonales, ciclorrutas, nuevas avenidas, parques o para la construcción del estadio, escuelas, colegios, hospitales, puestos de salud, en fin, que permita el bienestar y desarrollo de su comunidad.

“La precaria existencia de los servicios públicos e ineficientes y el costo de la tierra en nuestra ciudad han sido una constante para impedir, ayuntar o alejar a los grandes inversionistas que han querido instalar sus empresas especialmente de tipo industrial en este Distrito, porque ven en ella, una oportunidad de negocio pero ha sido una situación sin control, sin regulación porque el justiprecio de la tierra por me- tro cuadrado se tasa según marrano, desfasados de la realidad comercial inclusi- ve coadyuvado por peritos inescrupulosos que realizan asesorías o avalúos de predios sin tener en cuenta los parámetros y condiciones establecidos para ello, alejando cualquier posibilidad de inversión”, anotó.

A renglón seguido advierte, que actualmente existen terrenos urbanos que nunca han pagado impuestos, no les han invertido o realizado un mínimo de limpieza como ordena la ley, inclusive en las escrituras de compraventa realizadas y adjudicadas por el municipio, reza que de no ser intervenidos o construidos dentro de los 5 años siguientes a su perfeccionamiento, deben ser revertidos de manera automática al Distrito por la vía de expropiación para ejecución de obras públicas, por ser tierras improductivas y dañinas para el desarrollo de la ciudad. 

“Cada quien construye a su manera, de libre albedrío y al garete, sin importarle la afectación a su vecino y a la ciudad, se apoderan del antejardín, del retiro obligatorio, del andén peatonal o la calle; si pueden, se toman hasta los postes de energía incrustándolos dentro de los terrazas, no hay manera que respeten las normas urbanísticas, atribuyéndolos a la tramitología exigida a la hora de licenciar, aduciendo demoras, mucho papeleo y elevados costos”, precisó.

Agregó, que no hay eficiencia y mucho menos eficacia administrativa por razones normativas impositivas, deficiencias locativas, falta de equipos modernos o software que permitan el control urbanístico de la ciudad, que no tiene nada que ver con los funcionarios de turno sino porque además deben existir oficinas de carácter privada externa llamadas “las Curadurías urbanas” con un equipo humano y logística que atienda en esos asuntos según la Ley 388 de 1997.

Causas

Sobre el tema, el arquitecto indica que el sentido de pertenencia de sus ciudadanos, la desidia, la envidia, el amiguismo, la ignorancia acompañada con la politiquería que practican sus líderes y gobernantes, poco conocimiento administrativo y la falta de compromiso social de los que han gobernado y dirigido esta ciudad desde tiempo inmemoriales, han permitido con desdén ese subdesarrollo del cual no se encuentra el camino para superarlo. 

Esa situación, ha dado como resultado que la ciudad siga creciendo de manera desordenada en todo sentido, en lo económico, en lo ambiental, en lo social y en lo urbanístico principalmente; con una población desesperanzada, desilusionada, desempleada, ignorante, empobrecida, hambrienta y sin servicios públicos ajustados.

En razón de ello se propone: 

 1. La cultura ciudadana que debe ser un imperativo para los habitantes, aún más con el ejemplo y mostrar su pertenencia con la ciudad, afianzando el dicho “porque estoy en Riohacha, lo hago bien”.

 2. Ajustar el POT en lo referente al perímetro urbano real; considerando la disposición de tierras para las industrias o comercios, las viviendas de interés social, para la construcción del equipamiento urbano e implementación de las normas urbanísticas. 

3. Descentralizar la oficina de Control Urbano con la conformación y establecimiento de las Curadurías urbanas como lo establece la ley. 

4. Contratar con una entidad con experiencias en la actualización de la nomenclatura urbana e edificación de los bienes inmuebles mediante placas que las identifiquen; más ajustado a un distrito turístico