Ahogados gritos de libertad

El día que este adolescente vino a mí con su historia cargada de abusos,  mi corazón se quebró más que de costumbre,  sentí ira, quería tener enfrente a ese primo que con solo diez años le acariciaba su miembro y al desarrollarse lo enseñó a penetrarlo.  Mi alma temblaba, él no pudo elegir, no descubrió su sexualidad en forma natural,  robaron su inocencia, su libertad.

 Ahora se define varón, pero no sabe cómo actuar con las mujeres. Quiere al crecer tener una esposa e  hijos, pero en su mente la imagen de sexualidad está relacionada con varones. “No soy Gay pasivo, jamás he permitido que me toquen…  He estado con mujeres, pero me gusta más con hombres…he intentado alejarme, me persiguen… termino complaciéndolos…  ellos me dan y la situación en la casa está difícil. Llevar algo para la comida me hace sentir mejor…no sé qué hacer…ayúdeme”. Identifiqué el círculo infernal que lo atrapó, sentí el hedor de las maldiciones ancestrales, los huevos de áspid explotar de generación en generación, la urgente necesidad de Dios de liberar a esta familia.

La experiencia me ha enseñado que todo caso de homosexualidad, tiene detrás un abuso, éste era el eslabón final, de una cadena familiar. Debía encontrar la raíz. Encontré en los ojos  afligidos de su abuela, como en una película, toda una historia de abusos,  estremeció mi alma, escuchar el dolor de una niña que ahogaba gritos, suplicaba libertad.  No soporté las lágrimas.   Le dije lo que Dios me acababa de mostrar y lo  que debíamos hacer. Sorprendida, pero aliviada de compartir su secreto con alguien, dejó caer una lágrima y recibió ayuda. Me dejó conocer la cadena completa: abusada ella, sus hijas, su nieto. 

“Tenía ocho años cuando murieron  mis padres… vivíamos bien, yo era la menor,  mi papá me consentía… nadie se hizo cargo de mi, cada quien se acomodó… Me quedé en la calle. Viví un tiempo con mi hermano mayor, empezó a tocarme mientras dormía, me despertaba asustada,  me fui a la casa de un primo, me abusó durante cuatro años; a los catorce, queriendo salir del infierno, huí con el diablo. Me fui con el primero que me enamoró.  Alcohólico, abusador en todas las formas, diez años de dolor”.

Un día llena de valor, tomó a sus tres hijas y se fue.  Al paso del tiempo la enamoró otro abusador,  creyendo estar enamorada, convivieron. “Yo creo que el amor no se dio para mi, creo que ya a mí edad, no voy a conocer el amor”,  me dijo con una tristeza tan honda, que yo misma la sentí. “¿Y cuántos años tienes?”  Me dijo 49.  “¿De cuántos te sientes?” pregunté, “como de 60”,  dijo bajando la mirada hacia sus manos maltratadas que daban vueltas en su regazo. El sufrimiento del abuso penetra hasta los huesos,  acelera el tiempo en la piel y pone triste la mirada. Comprendo los círculos de maldición, se que se rompen en Cristo, pero me duelen demasiado.

“Puedo ver la acción del que vino a robar, a matar y a destruir. Al apoderarse de ti la orfandad (terrible estado del alma, que nos vuelve presa fácil de la desolación) te robó tus posibilidades, mató tus ilusiones, destruyó tu vida. Pero estamos a tiempo de reedificar”.  Le dije.

Una vez más estoy al frente de las aberrantes secuelas del abuso sexual, el más terrible de los abusos. Mujeres frustradas, amargadas, que se sienten sin valor, castradas en su sensualidad, inorgánicas, infelices. Varones desviados de su naturaleza con una lucha interna entre quien es y quién debe ser. Insatisfechos, sin identidad sexual. Vamos avanzando poco a poco, madre, hijas y nietos, difícil, pero todo es posible, si podemos creer y creemos en el superior poder de la luz sobre las tinieblas. Hay situaciones del alma que no se arreglan con intervención profesional, sino divina.