Al oído del ministro de Vivienda

El ministro Malagón alborotó el avispero nacional cuando habló de la determinación del gobierno Duque de implementar la denominada hipoteca inversa; aunque tratando de calmar las redes dijo que de todos modos era un mecanismo voluntario, pues a nadie se le obligaría a vender su casa para completar los ingresos necesarios para un mejor vivir. Se le olvidó decir al ministro que existen otras alternativas para un mejor vivir de la tercera edad: unas pensiones dignas o rentas básicas que permitan esa vida digna.

Con la hipoteca inversa, el suscriptor firma un préstamo hipotecario poniendo como garantía la vivienda, aunque no la propiedad de la misma, a cambio de percibir un dinero que generalmente suele estar entre el 25 y el 45% del valor del inmueble dependiendo de las condiciones particulares del interesado como edad, esperanza de vida, interés pactado, etc. Las formas de pago también son negociadas: un solo monto, partidas periódicas o sistema mixto. Y cuando el cliente se despida de este mundo, los herederos se encargarán de pagarle al banco y si no lo hacen, el banco se queda con el inmueble.

También existe otro mecanismo comercial “ideal” para apoderarse de las casas de los viejitos. Se llama nuda propiedad y consiste en vender la propiedad pero no los derechos de usufructo con lo que el o los dueños (máximo dos) podrán seguir viviendo en ella o alquilarla si así lo prefieren y al morir, simplemente cesa el usufructo y el banco recupera el inmueble. Entiéndase que una vez se firme el negocio se desheredan los hijos, por lo que no hay posibilidad de recuperar la vivienda.

Con razón se alborotó el avispero porque si hay algo sensible al colombiano medio, ese que trabaja de sol a sol, el que se ubica en los estratos 1, 2, 3 y 4 de la vergonzante clasificación que nos da el Estado, es la llamada casa propia, la que le hace ganar en seguridad porque ya tiene “donde caerse muerto” o la “casita para los hijos” para no “dejarlos en la calle”. Todos esos colombianos han pensado así en sus sueños y en sus realidades “Yo tengo ya la casita, que tanto te prometí…” dice la inolvidable canción de Rafael Hernández, el borinqueño que captó como ningún otro la esencia popular latinoamericana. Y esa es la casita que soñamos los colombianos. La construimos ladrillo a ladrillo o duramos media vida pagándosela al banco de turno. No nos cabe en la cabeza eso de que esa casita vuelva a quedar en mano de los bancos.

Que eso apenas es una opción, que es voluntario, que no es obligatorio, argumentó Jonathan. Pero, recuerde ministro, que el hambre y en general las necesidades limitan y hasta anulan las libertades. Nadie es libre de decidir entre dejarse morir de hambre o negociar un bien inmueble. El resto es carreta, Ministro.

A lo mejor, ministro, lo que hay que hacer para que nuestros viejos no pierdan su casita no depende de su cartera. Yo diría que se necesita un gran movimiento social producto de una sociedad civil fuerte que eche patas arriba las políticas neoliberales, que impulse pensiones dignas para cada trabajador o un ingreso mínimo de subsistencia también digno, para cada colombiano. Pero soñar es gratis.