Al rescate de la verdadera parranda vallenata

El reciente fin de semana recibí una afortunada llamada desde Valledupar, en la línea estaba nada menos que el mismísimo Crispín Eduardo Rodríguez Pinedo, un costeño de pura cepa, hombre de radio y gran compositor vallenato a quien Diomedes Díaz le grabó su más insigne canción: ‘Bajo el palmar’, y quien, disfrutando ya de sus mejores años, dirige y conduce los domingos bien temprano un programa radial en la emblemática emisora La Voz del Cañaguate.

Esa llamada fue para hacerme una de las entrevistas que yo he brindado con más satisfacción y emoción en toda mi vida, porque se trataba de un tema que me apasiona y en el que me siento en mi salsa: la parranda vallenata.

El maestro Crispín, junto con varios líderes del Cesar y La Guajira vienen trabajando hace algún tiempo en un proyecto que consiste en rescatar y promover la institución conocida como ‘parranda vallenata’, la cual se ha venido desdibujando y perdiendo su esencia con los embates de la modernidad, y quiso el domingo anterior que le contara en su programa cómo era la verdadera parranda vallenata para mí, y las peripecias que me había inventado para hacerlas en Bogotá, como si estuviera en el Caribe.

La parranda es para mí el más importante ritual que tiene el folclor vallenato, y es triste que permitamos que a cualquier reunión para tomar licor o escuchar música se le denomine ‘parranda vallenata’. Nuestra verdadera parranda tiene una connotación sublime en la cual el arte representado en las canciones, en el canto y en la interpretación de los tres instrumentos típicos del vallenato adquiere su mayor relevancia.

Hoy se le llama parranda a cualquier jolgorio, y lo que es peor, a nuestros hijos y nietos se les llena la boca diciendo: “estuve en una parranda vallenata”; cuando a lo que asistieron fue una simple fiesta. Claro que los licores y comidas en todas sus modalidades hacen parte de los ingredientes de las verdaderas parrandas vallenatas, pero no son sus piezas fundamentales, por eso yo me atrevo a afirmar sin ambages que puede haber parranda sin trago y sin sancocho, aunque se les tenga que llamar ‘parrandas incompletas’.

Por eso celebro y saludo ese movimiento, que me dicen también encabeza Joaco Guillén y al que Crispín me ha invitado a pertenecer, para que rescatemos y les mostremos a las nuevas generaciones cómo es que se hace una verdadera parranda vallenata.

Colofón: Para los verdaderos costeños no puede haber parranda vallenata que no sea en un patio con frondosos palos de mango, donde no se baile y abunde el licor y el sancocho. Yo me las ingenié para hacer verdaderas parrandas vallenatas en Bogotá con Luis Enrique Martínez, los hermanos López, Náfer Durán, Enrique Díaz, Leandro Díaz y su hijo Ivo, Adolfo Pacheco, Gustavo Gutiérrez, ‘Beto’ Rada y Vicente ‘Chente’ Munive, entre otros. Algunos interioranos como Guillermo Santos y Heberth Artunduaga, y costeños rancios como Ciro Quiroz y Aldo Cadena me acolitaban esa manera de mantener viva la principal llama de mi idiosincrasia. Ahora, en los albores de mi adultez, quieren que regrese al Valle para formarlas allá.