Así comienza la decadencia

Está registrado en la historia política mundial que Sir. Winston Churchill comenzó su decadencia cuando comenzó a mentirse así mismo sobre sus condiciones de salud y por esto comenzó a no ser tan estricto en el cumplimiento de sus compromisos.

La lectura que yo hago de esto es que así sea un icono mundial de la política y la administración pública como fue Sir Churchill, cuando no se es honesto ni siquiera consigo mismo, por las razones que sean, y cuando se miente sin escrúpulos, se pierden los más sacros valores de una persona como son credibilidad, dignidad, respeto por sus responsabilidades y por la palabra.

Eso, trasladado a cualquier región del mundo, es igual en consecuencias, es decir, se cae, se diluye y se pierde la majestad, la grandeza y la humildad.

Esto es equivalente a la decadencia del poder, de la autoridad y de la confianza en la persona, en el funcionario y en quien sea. Y cuando esto se circunscribe a la función pública, el funcionario público que se miente así mismo, que miente a los demás y que miente a la institucionalidad es capaz de engañarse a sí mismo, de cometer acciones delictuosas y de abusar del poder.

Incluso, generalmente usurpan funciones por querer brillar, halagar o “quedar bien”. Esto es nada más y nada menos que corrupción.

Esto se puede asimilar a la añeja expresión popular que dice “el que miente roba”.

Entonces, ¿qué se puede esperar de un funcionario público que esté en estas circunstancias? No cumplirá su misión y desmorona cualquier buena intención de una agencia, de una dependencia y de un gobierno porque promete, se compromete y no cumple, evade, y así marca el camino del descalabro de cualquier entidad, institución y personal. Construye decadencia.

Dicen que el que calla otorga, y si un jefe de una dependencia, de una administración territorial sabe que tiene un elemento así y no toma drásticas medidas, quiere decir o se puede inferir que le ordena a que actúe así y por lo tanto es autor intelectual de esas acciones criminales, inmorales y anti-éticas. Es decir: ¡lo apoya!

Estas oprobiosas circunstancias de un funcionario público le hacen daño es a la comunidad y a las esperanzas de la gente. Acaban con la fe de un pueblo, por eso, a él y a sus cómplices debe caerle sin miramientos, primero, el peso moral de la conciencia y el castigo social de los pueblos por mentirosos, deshonestos e indolentes, y después, el peso de la justicia si sus criminales acciones lo ameritan.

Pobres los pueblos donde sus gobernantes y representantes se solazan y recrean con las penas y sufrimientos de su gente.

Desdichados e infelices esos funcionarios insensibles que el dolor ajeno, de los que deben representar no les conmueven y se convierten en situaciones lúdicas para ellos mentir, ofrecer, comprometerse e incumplir.

Esta es una situación muy común en muchas partes, en muchos de nuestros pueblos, pero eso no es el deber ser de la administración pública, por lo tanto no tenemos ni tienen porque nuestras comunidades soportarlas y vivirlas.