Bellos recuerdos de mi pueblo natal

Es inevitable que los ojos se agüen por esta época en la víspera de fiestas patronales de mi pueblo. Ese pueblo al que muchos le han cantado y al que otros le han criticado su modo de vida y su idiosincrasia. Ese es San Juan del Cesar, mi pueblo natal, el pueblo de mi infancia y también el de mi juventud y mi madurez. Ese pueblo que se viste de fiesta todos los 24 de junio, para conmemorar el día de su fundación y rendirle culto a su santo patrono, San Juan Bautista. Como no recordar la fiesta de mi pueblo, con hombres y mujeres luciendo la mejor pinta y los mejores atuendos. El reencuentro entre paisanos y el saludo efusivo y obligado, de los que se fueron a buscar horizontes a otras latitudes del país y del exterior. Las concentraciones gallísticas, para recordar la memoria de Luisma, el eterno alcalde de mi pueblo. Pero también para recordar a Checha Urbina y a Burbay, galleros decentes, honorables y de grata amistad.

Pero igualmente, se siente la voz vibrante de Rafael Daza González, interpretando y sintiendo como en una declamación, esa canción que derramara el talento innato del indio de oro, Máximo Movil. Para gritarle al mundo con el más caro orgullo, que estaba de fiesta su pueblo y él se encontraba muy lejos, recluido en una clínica enfermo, mientras sus amigos bebían licor, para festejar un año más de la fundación de San Juan del Cesar. Esa es una de las más visibles costumbres de mi pueblo natal. Esa es una de las mejores formas de entregar el corazón. Queriendo su santo patrono, su himno y su bandera, y regresándose, desde donde esté, para volver a San Juan. Recorrer sus calles llenas de alegrías y de recuerdos. Un vallenato viejo en altos decibeles, cuyos versos describan poemas y poesías, cantándole a la tierra, a sus costumbres, a sus hermosos paisajes y a sus lindas mujeres. Pero de los más bellos recuerdos que hoy pasan por mi mente, como en una película, está esa escena concurrida por una multitud en la procesión de las cinco de la tarde. Allí, los hombres compiten por cargar al Bautista por las principales calles. Cuatro sanjuaneros sudando a chorros, se turnan bajo el sol inclemente, muchas veces con amagues de lluvia, cumplen su promesa de cada año.

El padre diciendo salve por la calle del embudo y rociando agua bendita a los curiosos que aprecian la procesión, aspeados en las aceras de las calzadas. Otros, igual que Rafael Manjarrez, el inmortal compositor de la provincianita sanjuanera, sienten que los carros nada andan y los relojes se paran cuando vienen de regreso para su pueblo. Mientras que, los paisanos más lejanos como producto de su ocupación y trabajo, en su ausencia sentimental manifiestan jocosamente, que cuando San Juan Bautista baje el dedo ese día regresan a la fiesta patronal. Terminada la procesión, por la noche se prende la velada con una fiesta tradicional que ofrece para los invitados la Alcaldía municipal. Mientras tanto, las celebridades y personalidades reconocidas, hacen sus propias parrandas privadas. Un desfile de talentos, compositores, cantantes, acordeoneros y verseadores de la más alta gama de la región, se dan cita en esta celebración. Como si reviviera Máximo Movil, con su letra y música se serenatea el pueblo, desde las cinco de la mañana por todas las calles, en una, dos y hasta tres voces. También se oye cantar, la Luna Sanjuanera por doquier, en voces de su autor o sus hermanos. La provincianita que se convirtió en la musa de su príncipe azul y así callada, dice más que mil palabras y hiere más que cualquier lanza, también se hace escuchar junto con la niña del pueblo, canción sanjuanera inolvidable.

Después de escuchar en horas de la mañana la misa solemne y el himno municipal en la voz tenor de Armando Mendoza, con esa vibrante energía patriótica, los sanjuaneros se disponen a mostrar sus calidades amigables y de hospitalidad. Deleitándose con grandes parrandas e inolvidables presentaciones artísticas que muestran sus dotes de músicos, compositores, verseadores, humoristas y ejecutantes del acordeón. Pero este año el coronavirus nos pone a evocar esos bellos recuerdos, a hacer reminiscencias de esos tiempos idos y que solo Dios sabe si volveremos a vivirlos. Esa ciudad creativa y naranja que vive en nuestros corazones, junto a esos emprendedores del campo, hoy miran con nostalgia el nuevo orden mundial y la nueva fiesta patronal.