‘Beto’ Murgas, profeta en tierra ajena

“El acordeón tiene una sonrisa y una elegancia muy especial, es como una muchacha bonita de esas que tiene Valledupar”

El aparte transcrito corresponde a ‘Mi Acordeón’ con la cual ganó ‘Emilianito’ Zuleta, el título de Rey Vallenato en el año 1985, la cual he recordado por el tema que nos ocupa.

Todavía pasaba mis días contento y arropado con la falda de mi vieja, cuyo olor conservo para siempre en mi alma cuando ya escuchaba decir que “nadie es profeta en su tierra”, ya mas grandecito y después de repetir eso muchas veces sin entender su significado pude darme cuenta que tiene su origen en las santas escrituras, se refiere a aquella vez cuando Jesús estando en la Sinagoga en Nazaret, su tierra natal, les estaba explicando los alcances de la ley y les anunciaba que había sido ungido por el Todopoderoso para llevar consuelo a quienes no lo tenían y devolver la libertad y la vida a quienes la habían perdido, muchos nazarenos que allí estaban, algunos de ellos sus amigos y vecinos de infancia, la mayoría no creían que siendo su coterráneo fuera dueño de tanto poder y virtudes, uno de los presentes pregunto al otro asombrado: ¿Ese no es el hijo del carpintero? Fue cuando Jesús, el hijo de María y José, que estaba escuchando sentenció: “Está visto que ningún profeta es bien visto en su propia tierra”.

Como ha venido sucediendo, cada vez con más frecuencia en La Guajira y con los guajiros, como Mariannis Egurrola, desconocida en su Departamento y triunfadora en los Estados Unidos; ahora el turno es para ‘Beto’ Murgas, otro profeta en tierra ajena. Su Casa Museo es hoy un referente no solo en Valledupar, sino en el país y para el mundo, para conocer la historia del acordeón y conocer los acordeones que han existido desde la época de ‘Francisco El Hombre’. Igualmente, en ese lugar donde parece que se detuvo el tiempo y donde dan ganas de quedarse, es posible observar instrumentos, sombreros e historias de los juglares que abrieron la trocha para que la pavimentaran después quienes siguieron sus pasos en la interpretación de la música más bonita de Colombia.

Ese lugar que ya es emblemático en el Valle del Cacique Upar, pudo haberse quedado en La Guajira, en la cuna de acordeones donde ‘Beto’ vio la luz por primera vez, pero no encontró apoyo para  su idea, contrario a lo que sucedió en Valledupar a donde no solo encontró eco, sino centenares de filántropos, algunos muy pobres y otros no tanto que han colocado en sus manos laboriosas y responsables, verdaderas piezas de colección y de mostrar para permitir a la humanidad un repaso visual y melódico sobre los orígenes y evolución del acordeón diatónico, el cromático y sus parientes por parte húmeda el acordeón piano y la concertina.

Un viaje a Valledupar sin visitar ese lugar es como pasar por Monguí y no degustar sus dulces de leche imperdonable, allí están entre otros el acordeón de Luis Enrique Martínez, uno de ‘Alejo’ Durán, el primero que ejecutó este cuerpecito que habrán de comerse los gusanos de mi pueblo, el sombrero de ‘Colacho’, inéditas fotografías de los juglares y de los Reyes Vallenatos, muchos discos de Larga Duración, la grabadora Sylver de casetera y alto tablero entre otros, así mismo tiene la obra de ‘Gabo’ un rincón especial de invaluable valor cultural, allí están traducidas en múltiples idiomas de países inimaginables  las obras literarias del Nobel cataquero, de quien Freddy González Zubiría afirma que es riohachero y hecho en Riohacha, y le creo porque su investigación fue cuidadosa, documentada y creíble.

Le debe La Guajira un gran homenaje en vida por dejar en alto el nombre de su tierra y por su aporte para la salvaguardia de la música vallenata tradicional, seguramente si no hubiera nacido en Villanueva, sino en otro departamento ya le hubieran colgado el medallón en el pescuezo.