Carlos Manuel Romero Gnecco

Por Pedro Ramírez Romero

18 de diciembre de 1940 y la familia Romero Gnecco se preparaba en Riohacha para recibir al niño Dios. Y en medio de esa espera, llegó como un haz de luz, Carlos Manuel Romero Gnecco. Quizás no venía con un grito de guerra como el guerrero David, pero sí llegó con un don especial. El sólo hecho de nacer en año bisiesto ya vaticinaba que algo de magia iba a manifestar en el trasegar de su vida. Carlos, creció en el seno de una familia unida y con principios muy claros que le permitieron desde muy temprana edad forjar el carácter, disciplina y compromiso que pudo atestiguar cuando se fue a terminar sus estudios de bachillerato a Bogotá y logró graduarse con honores en el colegio José Celestino Mutis y ganarse el reconocimiento de bachiller Coltejer. Y es que no hay duda de la magia de Carlos Manuel; con su elegancia, generosidad y honestidad, logró plasmar las estampas de La Guajira y algo más en suelo Capitalino.

Charles como de cariño le decían, sabía que aquello de bachiller Coltejer era el pico de una montaña de la sabana. Y es así como decide convertirse en médico veterinario en la Universidad Nacional de Colombia. Y sí había algo que lo identificaba, era que no se conformaba y siempre quería más en el plano académico. Y es por eso que decide estudiar Administración de Empresas en la misma institución.

Pensar en Carlos era la posibilidad de conjugar tres palabras que nacen de la primera letra de su nombre: CreerCrecer-Crear. Él creyó firmemente en la educación como camino para lograr la transformación social que tanto añoraba. Es probable que esa intención de su corazón lo haya llevado a cruzar los mares y llegar a Italia para realizar la especialización en Gestión de la producción en el centro de la producción de perfeccionamiento profesional y técnico en la Universidad de Torino. Él dominó técnicas, teorías, pero tenía claro que la educación iba acompañada con el ser persona y reconocer en el otro la capacidad de Co-Crear experiencias, conocimientos y saberes.

Lo anterior le permitió crecer y vaya que lo hizo. Tanto el sector público como el privado fueron testigos del tesón que tenía este guajiro que le permitieron ser director del Sena en la regional Magdalena. Fue en éste cargo según lo comenta Miguel Ángel Jiménez, compañero durante muchos años en el Sena, que Carlos logró desplegar todo su potencial, generando un impacto social, económico, educativo y cultural en la Región. Lo anterior lo sustenta el lograr fundar la seccional Cesar y Guajira. Por otra parte, desarrolló por primera vez un proyecto con los pueblos ancestrales de etno formación con instructores nativos. Definitivamente Carlos Romero es el ejemplo claro de darle sentido y significado a la vida.

Carlos Romero es como el mar que lo vio crecer. Que siempre viene y va, pero con su oleaje lleva un mensaje a cada persona y de diferentes maneras. Y así como el mar es capaz de sacudir todo lo que lleva dentro con su mar de leva. Asimismo, Carlos era un mar de leva a la hora de emprender proyectos y de poner alma, vida y corazón en cada paso que daba. Y eso sí que lo sabe el deporte y la educación. En el deporte logró ser presidente del Unión Magdalena, equipo de la ciudad de Santa Marta. En su administración para destacar, hay que decir que lograron la contratación del paraguayo Adolfino Cañete; participante del mundial México 86 y que gracias a la gestión de Carlos que estuvo en ese mundial, logró que el paraguayo vistiera la camiseta del ciclón bananero.

Y en el plano educativo, me atrevería a expresar que puedo quedarme sin palabras para describir lo que significó su aporte como catedrático en la Universidad Autónoma del Caribe. Él fue forjador de generaciones en la región Caribe a través de su manera disruptiva e innovadora de dar sus clases. En conversaciones con su sobrina y estudiante, Marta Romero Senior, expresó lo siguiente de Carlos Romero: “Era impecable en su presentación. Sus clases se salieron de lo convencional. Él era capaz de bajar el cielo y uno lograba vivirlo. Definitivamente sus clases eran una experiencia de vida”. Lo anterior decantó en que fuera escogido por varios años como mejor profesor catedrático de la Universidad Autónoma del Caribe (Barranquilla, Colombia).