Casas, calles, parques y templo

En días pasados, nos referimos a las casas, como escenarios fundamentales para recuperar la cultura del encuentro, insistiendo en el origen histórico de la palabra, señalando que su etimolgía, revela su esencia, a saber: del vocablo latino focāris, derivado de focus, fuego en español.

Ahora nos ocupamos de la “calle”, reconociendo sus múltiples acepciones, pero sobre todo, dirigimos la mirada hacia la cultura del encuentro. Porque nuestras calles son más que “espacios geográficos variados, menos o más estrechos, enmarcados por construcciones que se encuentran en todo tipo de asentamientos y son usados para la circulación y otras actividades”, como sostiene el académico Amos Rapport. ¿Quién no posee un recuerdo nítido o tal vez fugaz de una vivencia en la calle?, es decir, recordamos no solo la calle, con sus detalles urbanísticos, ya sea una calle asfaltada, empedrada o destapada y polvorienta, sino que nos invaden imágenes, sabores, olores, sonidos, hacemos memoria de lo que ahí aconteció, son nuestras vivencias las que perduran al pasar o volver a esas calles.

O tal vez en la lejanía, podemos evocar dichas situaciones y recrearlas en nuestra mente, omitiendo si la situación fue agradable o incómoda, el punto central acá, es que las “calles”, hablan, comunican, conectan, es decir, propician el encuentro y su cultura alrededor del mismo. Las calles nos aportan y nos quitan, nos suman y nos restan, en ellas crecemos o decrecemos como personas, en ellas, convergen las memorias del ayer, las fuerzas vivas del presente y se abren los sueños del mañana. En las calles, va nuestra vida en cada paso al caminar. Nuestras emociones, razones inteligibles y convicciones espirituales más sublimes y ruines al tiempo, hacen parte del paisaje de la calle. Podríamos decir, entonces, que de las casas vamos a las calles, y que la sociedad se nutre de ambas: casas y calles. La sociedad se gesta en la familia y así mismo, esta se prolonga y alimenta en las calles.

Para algunos, las calles son escenarios intermedios, transitorios, pasajeros. Mientras que para otros, la calle es su casa, es su hábitat natural, su hogar, su fuego, su vivir y sobrevivir, está en la calle. Ese habitante de calle, tal vez un día, solo pasaba por ella, como uno más de nosotros, otro día volvió a ella por múltiples razones (decepción amorosa, drogas, alcohol, deudas, depresión, etc) y se internó en su espesura atrapado, cual ave enjaulada. Es una persona, es un ser humano, detrás de su apariencia, hay un rostro, nombre y apellido por descubrir; hay una voz y una palabra que escuchar. Ahí está un hijo de Dios por encontrar y amar.

Volvamos a las calles, hagamos un alto al caminar, miremos de nuevo a los ojos, tendamos la mano a quien lo necesite. También Jesús de Nazaret, Nuestro Divino Redentor, caminó por la calles polvorientas de Israel, llevando fe, esperanza y amor por doquier a todo niño, hombre o mujer. El vocablo latino callis, que se puede traducir como “senda, camino”, nos recuerda a los creyentes que Jesús es Callis, es el Camino, la Verdad y la Vida (Juan 14,6). Llegó el momento como dice el Papa Francisco de “Callejear la Fe”, es decir, de llevar el Amor de Dios a todos, es la hora de salir al encuentro de los demás y compartir las maravillas del Evangelio de Jesús de Nazaret.