¡Chocorazo! S.O.S por la democracia guajira

Tan tan tan… tan tan tan… Doblaron las campanas por el final del pasado debate electoral y de muchos candidatos y actores políticos en La Guajira. Ya van de paso las fiebres y calenturas que brotan con este tipo de procesos. Es el momento de los análisis y las reflexiones. En mi caso, quiero ocuparme de la gran sombra negra que enturbia los resultados dados a conocer oficialmente, y del entramado que amenaza con un doble tan tan a la propia democracia.

Las elecciones, voto popular, es el mecanismo que la democracia ha establecido para designar a los gobernantes. Estos ejercicios son la esencia de la democracia, los que legitiman la obtención y manejo del poder. Son parte de ese “Pacto Social” o “Contrato Social” del cual filosofaba Juan Jacobo Rousseau, sin los cuales no serían posibles la convivencia y supervivencia de sociedades. Por estas razones es tan importante velar por el establecimiento y cumplimiento de las reglas de juego que los Estados y las sociedades instituyen como regulación de estas materias. Así entonces, toda desviación, manipulación o defraudación del ejercicio electoral, atenta gravemente contra la credibilidad, la legitimidad y la respetabilidad que deben revestir a este proceso y sus resultantes elegidos.

Soy consciente de lo espinoso y atrevido que es hacer cuestionamientos a unos resultados electorales. Todos sabemos que a quienes osan hacerlo se le buscan motivaciones distintas a las objetivas, por mucha carga argumental que lo respalde. Son y serán siempre los riesgos de las poses divergentes. Lo políticamente correcto es aceptar que los informes finales de la Registraduría consignan la verdad de la voluntad popular.

¡Qué bella sería la democracia si todo fuera siempre así! Pero no. Tristemente la realidad es distinta. La voluntad humana, con sus virtudes y defectos, es parte del sistema.

En este, como en todos los ámbitos de la vida, rondan ángeles y demonios. Vaya usted a saber qué abunda más.

Lo cómodo sería asumir el viejo lema francés: “Dejar hacer, dejar pasar” (“laissez faire et laissez passer”). Así lo piensan muchos, unos por conveniencia y otros por resignación.

Pero eso sería aceptar que en la mentalidad y en el imaginario del pueblo guajiro se instale la premisa de que el poder territorial lo tendrá siempre el más ladino y tramposo, o el que mejor negocie o filtre entidades encargadas de manejar los comicios. Con mucho fundamento hablan los murmullos populares que desde altas instancias, en estas elecciones hubo manipulación de jurados y testigos, que se dieron transacciones de “paquetes”, que ocurrieron enmendaduras y cambios de formularios, que hubo manos de jaker y ajustes digitales. Se habla de votaciones extrañamente atípicas y fantasmales, de traslados y desapariciones de votos. Se runrunea sobre una danza de millones que untaron manos responsables de manejar el proceso eleccionario con una conectividad que extiende sus cables hasta Barranquilla y Bogotá. Son tantas las informaciones de irregularidades, que sumadas y llevadas a una investigación sería, sin duda alguna, constituirían un acervo de indicios suficientes para abrir causas penales y disciplinarias.

La Guajira no puede aceptar que el histórico “Registro de Padilla” que eligió a un presidente de Colombia con un bolígrafo, siga marcando el ADN político de esta tierra. La Guajira no puede aceptar que a sus actores políticos ya no se les llame dirigentes sino capos, un denominativo usado para denotar espíritus transgresores. La Guajira no puede seguir asimilando como asunto normal, tener como autoridades ejecutivas y voceros de la institucionalidad a personajes que exhiben credenciales deshonradas por el timo, así el politólogo Maquiavelo haya dicho que “todo el mundo ve lo que aparentas, pero pocos saben lo que eres”.