Coincidencias macondianas

No es raro que ocurran estas cosas en nuestros pueblos, donde se conservan tradiciones y la costumbre de plantar el arbolito de jazmín en el traspatio de la casa todavía persiste. Después de aproximarse a un siglo, cuando Gabo con su inventiva y ficción hizo del acostumbrado modo de vivir de la mayoría de los pueblos de la Costa, algo real y maravilloso, aún continúan como reflejo de ese acostumbrado modo de ser, sin rezagarse de lo que comenzó a ser moderno y a cuyo conglomerado llamó Macondo.  

Comenzaré por la historia verídica de Sarusta, quien todavía después de algún tiempo de conocer su pretendiente no sabía cómo se llamaba.  Quien durante este tiempo siempre trató y se entendió con su padre, y la madre mirándolo por las hendijas de la ventana y por debajo de la aldaba, mientras el padre se imaginaba que la presencia del galán sería por pretender a su primogénita. La visita comenzaba a las 6 de la tarde y durante 4 horas consecutivas permanecía inmóvil, en el asiento que su padre le destinó en el mismo sitio todos los días. Ella con mirada indiferente y con el comportamiento de los dípteros que fingen estar muertos, acolitaba la presencia de Naldo, dedicándose a los quehaceres familiares: aseo, preparación de alimentos y cuidados de los doce menores que parecen haber llegado en serie, dada a promiscuidad y la falta de planificación familiar en la época. 

En ocasiones no faltaban las miradas irónicas que en el fondo serían cómplices de sus apariencias, por no dar a entender lo que su intensión admitía, mientras su padre seguía patrocinando la presencia de su pretendiente.

  • Sería bueno que mañana usted adelante la visita para que hagamos claridad de sus intenciones con Sarusta, ya que después de tanto tiempo no sé qué puede pensar ella de usted.
  • ¡Ella lo sabe señor!, raro que después de un tiempo de conocerse no los vincule ni siquiera ninguna amistad superficial.

En esta relación solamente los unía la amistad con su padre, a pesar de que ya pensaba en su matrimonio. Todos los seres humanos en alguna ocasión hemos tenido una ilusión: soñar con una Dulcinea o un príncipe azul. El famoso jugador Garrincha vino a Colombia a integrar un plantel deportivo, con la ilusión de que Elsa Suárez, una modelo brasilera vendría detrás de él, la cual nunca llegó; no es raro encontrar casos similares o coincidencia como las que ocurren en Macondo, donde las costumbres tienen un común denominador. Que no hacen parte de la ficción sino una realidad. En ocasiones Sarusta y Naldo asistían a fiestas, ella a un lado, el padre en el centro y él al otro lado y ella bailaba con otros invitados pero en ninguna ocasión llegó a bailar con él a pesar de que en esa época el barato era muy usual. Así continuaron su relación hasta que se acordó el día de la boda sin dirigirse palabra alguna ni sensación de aprecio de parte de los dos. No fue un caso novelesco fue una realidad y contrajeron matrimonio más por la imposición del padre y la indiferencia de la madre, quien después de la boda permaneció tres días en ayuno en su habitación hermética.

Los familiares y los invitados asistieron más por curiosidad que por convicción y con dudas sobre el verdadero compromiso de la unión que sin coincidir con la boda de Isabel y Martín, quien antes de su matrimonio supuestamente contrajo por lo civil unas seudo-nupcias con su suegro. Sarusta prestó su servicio como docente y durante mucho tiempo fue la señorita del colegio de no muy buena aceptación por su apático y alimonado modo de ser. Naldo, de comportamiento y modales de un ser humano de la mejor aceptación, sin estar excepto de la perfidia y la condición de su congéneres, contribuyó con sus cualidades a interpolar las condiciones para un hogar feliz y la procreación de su unidad familiar.