¿Con qué peinado se baila la champeta?

Desde su surgimiento en Cartagena, la champeta fue fuertemente discriminada y subvalorada por las clases medias y altas. El origen de la palabra estuvo siempre unido al crimen y la violencia, pues remite al arma blanca o machetilla utilizada en las plazas de mercado (Giraldo, 2016). De eso se deriva la calificación despectiva de esa música, siempre relacionada con lo africano y con los barrios pobres marginales donde abunda la delincuencia. Cuando un cartagenero, elitista o no, asocia lo afro con la champeta hay que poner mucha atención.

Ahora, cuando se circunscribe la presentación personal de alguien con ese baile en un barrio de la periferia de Riohacha y el ítem es la textura o forma del peinado, y este es netamente africano, lo dicho tiene una alta carga explosiva racista. Peor aún si se le dice a una mujer bonita, pues el pelo como condición racial tiene mayor peso para las mujeres que para los hombres por el paradigma de la belleza como condición femenina en los roles tradicionales de género. Así es muy fácil ofender a una mujer.

Lo más grave es que lo dicho es en un contexto de relaciones laborales, en el cual una mujer inteligente y preparada se presenta a su primer día de trabajo y su jefe le dice que su pelo debería ser o estar liso, señalándole el de otra persona de diferente condición étnica.

La mayor indelicadeza del incidente es que se utiliza la metáfora de que ese peinado era para bailar champeta en el barrio 31 de Octubre de Riohacha, equivalente a decir: ese peinado de negros es para bailar música de negros en una barriada de negros.

Lo dicho de que solo se trató de una broma se cae por su propio peso ya que, la joven negra trató de decirle que era su cabello natural, que ella era una afrocolombiana más, pero él la trató de contestaría y se retiró enojado. Esa es la parte que el gerente hotelero oculta. Con esa posición dio a entender que el afro era inaceptable en ese hotel “conservador”; en otras palabras, o te alisas el cabello o acá no trabajas. Lo demás son simples excusas después de lo ocurrido, pues el caso retumbó a nivel nacional.

Lo que el señor gerente cartagenero “afrodescendiente”, como se autorreconoció posteriormente, no esperaba ni conocía era que la mujer pertenece al colectivo Mata é Pelo, grupo de mujeres afrocolombianas activistas que lideran la liberación del cabello alisado y propenden por lucir sus cabellos rizos naturales. Movimiento que se solidarizó inmediatamente y el hecho se hizo viral en redes sociales y posteriormente los medios nacionales dieron cuenta del lamentable hecho. De lo contrario hubiese pasado inadvertido, como ocurre en diferentes escenarios.

Decirle a alguien que tiene pinta de champetúo, especialmente a una mujer, es un error imperdonable; sobre todo si lo hace desde una posición jerárquica. Eso desde cualquier punto de vista es violencia simbólica (Bourdieu 1999). En todas las ciudades de la costa Caribe tiene una connotación peyorativa con asociaciones que van desde mal vestido, violento, drogadicto, plebe, entre otros. El estigma proviene de la consolidación de las pandillas en los barrios marginales de nuestras ciudades, paralelo a la difusión de la música champeta, como se ha dado en Riohacha.

Dos de las variables que identifican la identidad afro son el color de la piel y la textura del cabello. Siempre que se han querido ocultar o invisibilizarlos se manejan el blanqueamiento de la tez y el alisado del cabello; es decir, negar su existencia. En mi concepto lo ocurrido le apunta a eso, ya sea en forma consciente o inconsciente. Hay que resaltar la dignidad de la joven que a pesar de haber sufrido esa experiencia desagradable supo superar el incidente y lo más importante, comunicarlo con la frente en alto.