“Con un buen diálogo, se entiende la gente”

Por Rodrigo Alberto Daza Cárdenas

La necesidad del gran poder del diálogo honesto y transparente en el abordaje y allanamiento de situaciones difíciles y catalizador favorable en situaciones fáciles, hoy por hoy es más o tan importante como la vacuna del coronavirus.

La ausencia de ambos, del diálogo y la vacuna, está matando mucha gente, está acabando con muchos sueños, y mientras no se usen para imponer el bien o no se aplique para inactivar el mal de ese virus, seguirá el mundo descuadernado.

En el mundo, y en Colombia, que es lo que me interesa, siempre ha habido situaciones precisas, puntuales y extensas en su accionar, donde este tipo de diálogo ha sido por la validez de sus argumentos el vehículo de llegada a ese punto de encuentro para coronar salidas gloriosas y titánicas donde el panorama y la situación ameritaban coherencia y acuerdo, y no imposición de poder y supremacías.

Hoy en nuestro país es el mejor momento entre tantos mejores momentos que hemos tenido, para propiciar un ambiente dialógico y avanzar hacia ese punto de encuentro que se requiere para acabar con la polarización que está produciendo esta matazón fratricida, este desentendimiento entre la gente y esta generación de odios soterrados y públicos entre todos, pero fundamentalmente entre políticos, dirigentes de todo tipo de organizaciones sociales, políticas, culturales, comunales, etc., y en todo espacio que puedan presentarse diferencias conceptuales, de ideas, y hasta de gustos.

Este tipo de diálogo acaba con pecados de la democracia, como por ejemplo, usar diatribas, populismos y figuras cizañeras como “el que pega primero pega dos veces”, para hacer comprender al incauto o convencer a masas críticas “de que eres el que tienes la razón, o el que genera las mejores ideas y las mejores propuestas salvadoras, mesiánicas y definitivas, dueñas de la verdad verdadera”.

Parece que el Estado o sus instituciones responsables tienen miedo a hablarle o aplicarle contención y respeto a los medios de comunicación, redes sociales, periodistas o generadores de opinión, porque tenemos el fucú que es “censura o coartación de opinión o limitación de la libre expresión”. Pero muchos ciudadanos que no pertenecemos a esa clase privilegiada de hoy que se llaman periodistas, conductores de talk shows, de espacios de opinión y columnistas de oficio, reclamamos equidad, contundencia y legalidad. Sus derechos son protegidos por la Constitución, pero también es protegida por la constitución y las leyes la sana convivencia, no incitar, y como dice cualquier ciudadano del común: “no ser mala leche”. Y no es ético, según los propios códigos del buen periodista y del buen periodismo, ser un mercader de las opiniones sin pensar que su producto de entrega puede ser una flama en un ambiente contaminado de “vapores políticos muy combustibles”, porque solo piensa el negociante de opinión o defensor de bando, en sus ganancias y su popularidad.

Nos da dolor de patria a quienes seguimos medios de comunicación impresos, radiales, televisivos y digitales, redes sociales, blogs, generadores de opinión y ni qué decir de políticos y líderes, por el tratamiento y manejo que le dan a un hecho político, noticioso o incluso de farándula. El mencionado hecho deja al instante de ser lo importante o la esencia cuando comienzan a opinar sobre él porque enseguida se viene la andanada de odios, descalificaciones, bajezas, sentimientos pútridos, afloran frustraciones y resentimientos personales, sociales, regionales, en fin, inmediatamente se le cambia el sentido al hecho y se entra a propiciar división, sectorización dañina; no se miden para ponderar, sino que es un logro quien más obtiene adherentes a los insultos, vejámenes y satanizaciones casi al límite de la proposición homicida del que opina diferente.

Este país tiene tanta gente valiosa, erudita, competente e inteligente que en sus columnas y programas de opinión le echan mano a tantas ramas de la ciencia que se asombra uno cuando cogen una cita de un buen pensador, o parte de una teoría positiva y propositiva y la convierten en lanza envenenada para herir, para lesionar el nombre y honra de una persona y eso quizás porque no la tienen enfrente en esos momentos que escriben o disertan.

¿Hasta cuándo Colombia Buena vamos a estar en esta inmunda ágora de la maledicencia? ¿Colombianos, cuándo vamos a deshitlearizar y a despabloescobarizar nuestros pensamientos y vamos aprovechar nuestra inteligencia para hacer y proponer ideas y acciones buenas?

¿Qué nos dicen estas 2 masacres, la de Cali y Samaniego?

¿No las relacionan con esa hoguera que se ha propiciado por la verborrea incendiaria y polarizante que estamos usando para indicar que no estamos de acuerdo con otras personas u otras ideas?

Periodistas y opinadores colombianos: declárense en auto-cuarentena y aprovechen para renovar sus criterios de periodistas y salgan con otra misión: la de unir al país.

Demás colombianos, pongamos nuestro mejor esfuerzo y nuestra sagrada convicción, de que podemos hacer las cosas distintas y mejor para todos.